¿TIENE FUTURO MÉXICO?

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Cándido Marquesán Millán

Tampoco están libres los priístas y el resto de los partidos minoritarios. Todo, en realidad digno de un reality show, ha desnudado, una vez más, las miserias de su clase política y que parece estar conduciendo al país a un camino sin retorno. Pocas veces unos políticos pueden caer tan bajo, al desconocer el significado de la palabra honorabilidad. El Congreso mexicano quedó envilecido, aquí y en todo el mundo. En la página electrónica de CNN aparece una amplia colección de decenas de fotografías que dan cuenta de tal desmadre y cuyo título lapidario es “Is the way argue in México”, “Así se discute en México”; y hasta en la página de Aljazeera English la cosa no fue mejor; “Democracia a la mejicana”, comparándola con países tan civilizados como Indonesia o Haití.

El episodio parece un síntoma razonable de que Méjico está en una situación explosiva, previa al borde una guerra civil. Cabe confiar en que el pueblo no siga el ejemplo de su clase política. No obstante, conviene indagar las causas de cómo ha podido llegarse hasta aquí.
Hace muchos años ya que la corrupción es una costumbre generalizada. En este contexto aparecieron las irregularidades en las que se vio incurso de pleno el gobierno de Vicente Fox para que ganase las elecciones Felipe Calderón. Todos los indicios señalan que hubo fraude. De hecho, el propio Tribunal Electoral así lo reconoció. Constató las irregularidades electorales y la intervención interesada del Gobierno y del Presidente de la República para influir en los resultados. El Tribunal, cabe pensar que de buena fe, para no generar una grave crisis institucional, se opuso al recuento de votos en pro de una transparencia, como exigía la ciudadanía Al dar por válida la elección, en lugar de anularla para repetir unos nuevos comicios, Felipe Calderón fue declarado Presidente sin borrar las sospechas de un posible fraude. Los magistrados cometieron un error grave de cálculo. Intentando evitar una crisis, lo que han conseguido es acrecentarla. No se apercibieron de que la crisis ya existía: de las instituciones, del sistema político, y de la misma sociedad. El fraude no fue más que el detonante.

López Obrador ha fracasado estrepitosamente en sus diferentes intentos de impedir el acceso a la Presidencia a Felipe Calderón. Cabe pensar que lo seguirá intentando, ya que su ego está dolido, el rencor grande y la ambición de poder inmensa. Debería recapacitar para no conducir a su partido y a él mismo a un abismo, del que será harto difícil salir en un futuro próximo. A estas alturas la realidad es la que es, de poco importa saber quién tuvo razón. Para López Obrador y los suyos el margen de maniobra es escaso, el futuro sombrío, ya que el camino escogido y seguido es de corto plazo.

Es cierto que Calderón recibió el poder a medianoche, a hurtadillas, rodeado de muchos militares y pocos civiles, aislado del pueblo de Méjico. Este espectáculo- transmitido por radio y televisión en vivo- fue privado en casa presidencial de Los Pinos. El juramento del cargo en el Palacio Legislativo fue tormentoso, con escasa presencia de Jefes de Estado, ya que muchos gobernantes declinaron la invitación. Mientras tanto López Obrador encabezaba una manifestación tumultuosa que culminó en el Auditorio Nacional. Mas a pesar de todo, lo incuestionable es que Felipe Calderón es el Presidente Constitucional, pero el más débil que nunca haya tenido Méjico. Y es así porque apenas obtuvo el 35,9 % de los votos; su partido no cuenta con mayorías absolutas en el Congreso; los gobernadores panistas son 9 de un total de 32 y sólo cuentan con el 17,95 % de los alcaldes. Debilidad política clara, pero ya tiene en sus manos la disponibilidad de todos los inmensos recursos del Estado, así como el mando de las Fuerzas Armadas, a las que acaba de obsequiar con fuertes incrementos salariales. Otra realidad indica que el mayor problema de Calderón, no es López Obrador con sus locuras y sus numerosos adeptos, sino combatir y someter el narcotráfico, redistribuir el reparto de la riqueza nacional, combatir y erradicar la pobreza, impulsar el desarrollo regional, reorientar las políticas sociales de salud, empleo y educación. Y, sobre todo, llevar a cabo una profunda reforma estatal, que abarque diferentes ámbitos: político-electoral, hacendística y fiscal, laboral, energética y de seguridad nacional. La tarea es complicada. Los obstáculos gigantescos. Un buen gobernante, con criterio y sentido común, cualidades de las que han carecido el Presidente Fox y la mayoría de los Presidentes que le han precedido, con la excepción de algunos como Lázaro Cárdenas, podría sacar a este país de esta larga travesía en el desierto, si es capaz de ilusionar a su pueblo en un proyecto común. Méjico tiene todo: población, juventud y recursos. Debería salir de este túnel. Se lo merece.