ALGUNAS NOTAS SOBRE EL DEBATE DE ZP Y RAJOY

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Cándido Marquesán Millán
Se ha hablado tanto del debate entre Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy, que decir algo nuevo resulta complicado. Tampoco es esa mi pretensión. Lo único que pretendo es escribir unas breves impresiones personales elaboradas a vuela pluma.
A la ciudadanía se le había escatimado durante 15 años el derecho a este debate, donde cada uno de los candidatos pudiera exponer sus puntos de vista sobre la política española, y ha tenido que ser un socialista, el actual Presidente del Gobierno, ZP el que lo haya permitido;  y tal como le iban las encuestas, con su realización tenía más a perder que a ganar. A pesar de ello, ha tirado para adelante, en todo un ejemplo de ejercicio democrático. Sin embargo, el Aznar, del año 2000 lleno de prepotencia y engreimiento, no le concedió esta misma posibilidad a Joaquín Almunia. Ni por supuesto Rajoy en el 2004 a Zapatero, convencido de que su victoria  era inapelable.
Entrando ya en el debate, pareció demasiado rígido. El tiempo impuesto, la temperatura, los planos de la cámara, la mesa, la moqueta, los gestos, el maquillaje (excesivo en el caso de ZP), el mismo locutor… todo tan encorsetado que ahogaba la espontaneidad de los candidatos. Todo  había sido tan medido y calculado por los asesores, que habrán trabajado en los días precedentes a destajo, que cada uno contestaba de acuerdo con el guión prefijado.
Otro aspecto a señalar es que Rodríguez Zapatero ejerció de  Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy de Mariano Rajoy. ZP mostró a lo largo de su actuación, menos relajada que de costumbre, un talante más correcto, más cercano, más educado y más dialogante. Por el contrario, Rajoy se mostró autoritario, despectivo y durísimo, guardándose en un cajón su discurso moderado de las últimas semanas  y desenterrando el hacha de guerra de toda la legislatura ahora terminada, sobre todo, en materia territorial, antiterrorista e incluso social (inmigración.). Su discurso fue bronco, acusó a ZP de mentiroso en varias ocasiones y de agredir a las víctimas del terrorismo. Más de lo mismo. Nada nuevo bajo el sol.
 
En cuanto al contenido, las novedades pocas, aunque era previsible. Cada uno se reafirmó en los planteamientos políticos ya conocidos. Pareció más un balance de legislatura.  ZP defendió el buen funcionamiento de la economía con la alta tasa de crecimiento, del empleo y el superávit de las cuentas públicas; todas las leyes sociales: dependencia, igualdad, violencia de género,  agilización de los trámites del divorcio; matrimonio de homosexuales, mejoras del salario interprofesional y de pensiones, así como el cheque-bebe y las ayudas al alquiler para las jóvenes; la política de reformas de los Estatutos de Autonomía, así como el intento de abordar el problema del terrorismo, quejándose amargamente de la oposición brutal del PP; una política exterior  basada en la paz y de ayudas al desarrollo; y una defensa de política inmigratoria realizada.
 
Rajoy no se apartó un ápice de su actuación durante la legislatura. Presentó una España al borde del abismo. La economía a la deriva, fijándose con una subida desorbitada de los precios de artículos básicos. En el tema territorial acusó al Gobierno de haber abierto el melón autonómico sin tener claros los objetivos. En el terrorismo de haberse vendido a los etarras. En el inmigratorio de haberse convertido España en un auténtico coladero para la llegada masiva e indiscriminada de población foránea, en la que estaban incluidas bandas de delincuentes internacionales. En definitiva, acusó a Zapatero de ser el peor Presidente de toda la historia de la democracia, que ha sido capaz de romper todos los acuerdos de la Transición democrática, por lo que una legislatura más de ZP, España no lo podría soportar.
 
Un aspecto a destacar del discurso de ZP fue su insistencia en las políticas sociales, que transmiten una preocupación por la defensa de todo un conjunto de valores: solidaridad, igualdad, justicia. A todo esto Rajoy no le dio valor alguno. Todavía más, en su visión de los inmigrantes se desprendió de una manera subliminal cierto tufillo de xenofobia y racismo, al presentar la llegada de la población foránea sólo desde una perspectiva negativa: saturación de los servicios públicos de sanidad y educación, delincuencia.
 
Dos visiones contrapuestas. Han sido tan grandes las diferencias, antes y ahora, que una colaboración entre ambas fuerzas políticas en estos momentos parece imposible.
 
Tiene su lógica que el gobierno defienda su gestión y que la oposición la critique. Lo que ya no lo parece tanto  el que la crítica haya sido tan despiadada y no se reconozca merito nada al Gobierno.
 
Las valoraciones desde una perspectiva electoral han sido variadas. Antes del debate, se dijo que uno de los dos arrebataría una importante cantidad de votos indecisos; otros que el pescado estaba ya vendido. Después del debate,  algunos han afirmado que los dos candidatos se marcharon con los mismos votos que trajeron y en el mismo tren que llegaron. Otros, entre los que me incluyo, que la misma celebración del cara a cara ha servido para acentuar la  bipolarización de la campaña electoral: Rajoy o Zapatero. Y siendo esta circunstancia así, cabe deducir que mientras el PSOE tiene mucho camino por recorrer en perjuicio de otras opciones de izquierda o del nacionalismo moderado, el Partido Popular tiene mucho más difícil encontrar un espacio para crecer, por lo que se detecta una consolidación de la curva ascendente del sufragio socialista que se había dibujado ya en los días previos al cara a cara.
No obstante, estamos expectantes ante el segundo debate. Tenemos derecho los ciudadanos.
 
Cándido Marquesán Millán

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