DESENTONO MEDIÁTICO Y REALIDAD SINDICAL

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Fernando Bolea Rubio

Cuando tanto tendrían que callar y hasta pedirles perdón por lo que les hicieron durante la represión franquista, la ultraderecha y la derecha política, económica y mediática a través de algunos de sus medios llevan un tiempo atacando ferozmente a los sindicatos, en una “ofensiva antisindical” que utiliza a los liberados sindicales o cualquier otro pretexto, como mecha de la hoguera. En sus periódicos más extremos se ha llegado a pedir la ilegalización de UGT y CCOO, han insinuado que sus líderes deberían estar presos y hasta han comparado a las centrales sindicales con grupos terroristas como las FARC y ETA.

¿Esto qué es? Que paciencia hay que tener con estos chicos. ¿Acaso piensan que la sociedad no sabe lo que han sido, son y si pudieran serían? Dan pena, la verdad. Gente así, avergüenzan al país. No son personas dignas. Son simples fanáticos interesados, que han iniciado su cruzada con el fin de desprestigiar y disminuir la fuerza e influencia sindical en la política por tres motivos principales. Uno, porque saben muy bien que eliminado el frente sindical, la izquierda se quedaría desvalida y le resultaría imposible ostentar el poder, quedando éste libre para los manejos y atropellos sociales y laborales propios de la derecha. Dos, debido a que va imponiendo el objetivo ultraliberal de acabar con el Estado de Bienestar, cuyos garantes son los sindicatos. Tres, que la clase trabajadora de todas las edades, así como las capas bajas y medias de la sociedad, se queden sin el apoyo sindical y político que lucha por su defensa y emancipación, tanto en los centros de trabajo como en todos los ámbitos de actuación.

Todo lo cual lleva a la conclusión, de que en España ya existe y del mismo estilo un movimiento ultra conservador con una doctrina fanática, como promueve recientemente en EEUU el Tea Party y la cadena Fox de TV. “¿Que haríamos sin Fox News? ¡Amamos nuestra Fox News!" , dice la intrépida republicana americana Sarah Palin. Aquí, citando a los medios implicados en la trama, los populares que lo deseen pueden exclamar lo mismo. De todas maneras pueden seguir dando vueltas al bombo, que el premio no lo van a obtener. No obstante, construyamos un muro dialéctico de contención adelantándoles de paso por la izquierda, dado que si ellos tienen medios poderosos, nosotros contamos con la fuerza del trabajo, la palabra y la verdad. Sin olvidar que como consumidores, cambiando de canal o de periódicos se les acabará el negocio y el mensaje manipulador.

No voy a defender la labor sindical, porque si no se defiende solo en algo se estará fallando. Sí diré que se deje de intoxicar a la gente contabilizando como liberados (sindicalistas a dedicación plena), a los delegados sindicales sin más. A estos últimos la legislación les autoriza para ejercer su función únicamente de entre 15 horas al mes (para empresas de hasta 100 trabajadores) y 40 (en compañías de más de 750). Sin embargo, ¿pueden atender correctamente 35 delegados de seis sindicatos y diferentes visiones, con 1.400 horas mensuales en total, a una plantilla de más de 7000 personas con tres turnos de trabajo e infinidad de colectivos y problemas, como ocurre por ejemplo en una fábrica de automoción? Como eso no es posible, en los convenios se negocia la mal llamada liberación de algunos de los delegados, partiendo del mínimo de una persona por cada sindicato que supera cierto porcentaje de representatividad, más el presidente y el secretario del Comité de Empresa en el caso de GM España, hasta un número bastante mayor en otras factorías y sectores.

Pero, siguiendo con las matemáticas. ¿Por qué no se mencionan los miles de personas de los departamentos de personal de las empresas, encargados, jefes y mandos mil, a los que hay que añadir la legión de abogados de los departamentos legales propios y externos, cuya función es defender los intereses de las empresas; en contraposición a los intereses de las trabajadoras y trabajadores. Las empresas sólo son entidades económicas, que el sindicalismo convierte además en sociales, configurándose dos partes: la económica y la social. De la última se encargan los sindicalistas, nadie más, aunque aun sigue habiendo colegas que piensan que lo malo es culpa de los sindicatos y lo bueno debido a la bondad de la dirección. No sé por que ocurre, pero como tendencia natural se quiere creer que la empresa en la que se está es buena y mejor que las demás. En general no se piensa que contratan a los trabajadores porque los necesitan para obtener beneficio de ellos, no por caridad. La actividad de los delegados y de los liberados es primordial.

Para mayor consideración del sindicalismo cabe añadir, que de la huelga general del 29-S, como de las anteriores, se debe extraer la satisfactoria conclusión de que en España existe una cultura sindical de tal magnitud que, cuando los gobiernos recortan los derechos de los trabajadores o son víctimas de sus políticas, los sindicatos salen en su apoyo y con tal convencimiento y firmeza que no dudan en enfrentarse incluso a sus propios partidos gobernantes, aun siendo los sindicalistas en muchos casos afiliados también a los mismos. En el movimiento sindical se sabe, que hacer una huelga general a un Gobierno socialdemócrata como se acaba de hacer, puede facilitar la llegada al Ejecutivo de la derecha cuyo efecto político sin duda sería peor; pero, defender en todo momento a los asalariados es la razón de ser y para eso se está.

Éste es un valor social que no se tiene en todos los países desarrollados y los trabajadores españoles sí, porque pocos sindicatos tienen voluntad y capacidad para convocar huelgas generales: en Alemania no se hacen así, en Francia son sectoriales. Distinción que tiene suma transcendencia y que viene a demostrar que el sindicalismo español es uno de los mejores del mundo, si no el mejor, por sus ideas, dedicación, frescura, objetivos, procedimientos y capacidad de negociación y movilización. Como demostró en 1988 con la huelga del 14-D, al paralizar totalmente el país cuando en ningún sitio se ha hecho una acción de tal tamaño, demostrando en el mundo la capacidad y el alto nivel de nuestro modelo.

En este contexto y como consecuencia de los mortíferos ataques mediáticos al uso, sorprende a algunas personas que el sindicalismo sea ahora tan criticado por otros sujetos de la sociedad. Pues bien, el sindicalismo, sus lideres y sus organizaciones han sido criticados siempre, desde que se acusaba infundadamente al llamado santo laico Pablo Iglesias de lucir un abrigo burgués, hasta la actualidad que se señala a Cándido Méndez como cliente de restaurantes de la misma clase social. A la derecha antigua que es numerosa no le gustan los sindicatos, ni a los empresarios anticuados, ni a los ejecutivos y asesores empresariales torpes. Como ha quedado dicho, el sindicalismo es defensa de intereses de una de las dos partes de la empresa, la de los trabajadores, hecho este que en la otra parte dirigente produce malestar y tensión que no siempre se oculta y se propaga, con animo de anular el prestigio personal de los representantes de los trabajadores. El coste de las mejoras salariales, sociales y de organización del trabajo que los delegados consiguen para la plantilla, lo pierde el empleador con mala cara. Aunque en realidad no pierde nada sino gana, debido a que si las personas son bien consideradas compensan con su aportación más de lo que reciben.

Siempre he simplificado la función sindical afirmando a los jóvenes, que cuando un sindicalista va por la calle, posiblemente el 50% de la gente que lo conoce se dice así mismo: “Mira, por allí va ese...” En realidad las ofensas no llegan a tanto, a pesar de que hay por la vida tipos insulsos. Es triste que se pueda pensar así, pero a los sindicalistas les importa un comino. Pasan por encima de las opiniones obtusas de mentes sucias y provocadoras. Ellos están muy satisfechos y seguros con la necesidad y honestidad de su labor.

Se llega a pensar que el desprestigio sindical orquestado cala con suma facilidad en una parte de la sociedad, de los empresarios y de los trabajadores, que también se suman demagógicamente a la critica fácil, a veces con una rabia desmedida e incomprensible. Si, es cierto, así es; pero debe ser más o menos el mismo porcentaje de enemigos de siempre, con la novedad de que en el presente, algunos son más activos al disponer de Internet. De este modo, se hacen más visibles criticando sin medida y con mala fe a los sindicatos al pie de los artículos alusivos en las ediciones digitales de los periódicos; en algunos casos, con una incultura visible al leer sus textos y amparados en la cobardía de los nombres falsos y el anonimato. Tal como lo hacen, es demencial. Que critiquen, que la crítica es necesaria y conveniente; pero que lo hagan bien, al menos con educación y en sentido constructivo. Así también, el propio sindicalismo se destruye un poco a sí mismo, con las críticas partidistas e inevitables entre los sindicatos como consecuencia de las campañas electorales –para algunos casi permanentes- de las elecciones sindicales.

Ser sindicalista es muy complicado, porque las críticas y las descalificaciones no acaban aquí. Surgen por la copa y por la raíz, ya que para ciertos trabajadores es más fácil criticar al sindicato que a la dirección de la empresa, al delegado sindical que al encargado. Todo, porque las personas no somos perfectas, el ser humano es egoísta y complejo. Y, fundamentalmente, por la falta de cultura sindical porque no en vano se llevan cuarenta años de retraso, por obra y gracia de los mismos oscuros jinetes mediáticos, que de nuevo cabalgan tratando de arrasar la hierba y el bienestar obrero; en esta ocasión, sin el apoyo de espadas y del crucifijo purificador. De lo último, no estoy nada seguro. A veces comparo la diferencia entre el retraso y la estimación sindical en España con otros países, cuando recorriendo unas líneas de montaje en Austria, bastantes trabajadores salieron de las cadenas para saludarnos y darnos las gracias por ser sus representantes.

Modernización

Ahora ha surgido un clamor general en el sentido de que los sindicatos se deben modernizar. Sin embargo, lo mismo que en misa se sigue tocando la campanilla, en el sindicalismo hay principios, resoluciones congresuales y costumbres de funcionamiento que nunca se deben cambiar. ¿Por qué, de que modernización se trata? ¿De que los sindicatos dejen de defender a los trabajadores?, lo cual nunca se hará. ¿De que no hagan huelgas generales ante las injusticias laborales y sociales gubernativas, para no molestar a los Gobiernos de turno, tanto de uno como de otro color y condición? ¿Qué se deje de hacer una acción sindical negociadora pero firme para no molestar a los mercados especulativos y culpables de la actual crisis; ni a su fan number one, el Gobernador del Banco de España? ¿Para que sean dóciles y así facilitar la inversión extranjera, debido a la implantación de salarios miserables y contratos vergonzosos, cuando siempre habrá otras zonas del mundo más precarias donde invertir? Modernos sí, pero miserias ninguna.

¿Pero, que se quiere en realidad? Yo pienso que el objetivo de muchísimos de los criticos es evidente, que los sindicatos mayoritarios españoles dejen de ser organizaciones de clase, para convertirse en simples sindicatos amarillos carentes de ideología. O mejor dicho, en sindicatos de derechas, en nada, dado que los amarillos eso es lo que son. ¿Sería eso modernizarse? Sería claudicación, no modernización. Nuestros mayores no dejaron la Unión General de Trabajadores a las actuales generaciones, para que ahora la conviertan en una herramienta estúpida carente de ideas y de principios.

El sindicalismo mayoritario español esta tan modernizado como lo pueden estar las empresas donde se ubica. Por lo tanto lo esta más en una gran fábrica sumamente competitiva, que en una pyme de poco tamaño y actividad. Hasta se puede decir que los sindicatos están más modernizados que las empresas donde operan, como en Aragón se puede demostrar empezando por la principal empresa industrial y siguiendo –incluyendo las patronales- por las demás. Que yo sepa, las empresas grandes o pequeñas competitivas de verdad, no se han quejado o afirmado que los sindicatos no están a la altura de los tiempos o de los cambios que exige la competencia empresarial local e internacional. Y si esto es así, que razón les queda a los comentaristas orientadores para sugerir modernidades sindicales con tanto énfasis, si no conocen lo suficiente lo que es y supone el hecho sindical, e incluso relativizan su análisis simplificando la realidad.

No obstante la mejora sindical ha de ser continua, sin perder la guía y el fundamento. Así diré, que la entrega y aportación personal a la innovación de la organización y del sindicalismo ha de ser permanente y cada día mayor. En el siglo XXI no sirven todas las directrices del XX. La evolución ha de ser constante y en beneficio común. Como ya se hace en España –siendo adalid en el sindicalismo europeo-, pactando sistemas de participación compensada y de flexibilidad antes inimaginables. Pero, que nadie vaya en mala dirección, porque se perderá en el camino... Y, su caída, hasta la patronal más moderna la aplaudirá.

 

Fernando Bolea Rubio.

Sindicalista

 

10.10.2010

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