EDUCACIÓN EN (LA) CRISIS

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Carmelo Marcén Albero

 

Parece que las cifras macroeconómicas de España consolidan su mejoría; buena noticia. Poco a poco irán fluyendo los recursos que se retiraron de cometidos sociales tan importantes como la educación, en donde la crisis se ha cebado año tras año; así, sin paliativos. Todo se razonó diciendo que había que detraer recursos para rescatar a nuestra economía de la bancarrota. Una y otra vez nuestros gestores educativos, los de aquí y los del Estado, se refugiaron en este argumento para explicar sus políticas restrictivas. Incluso llegaron a afirmar que con menos profesores y clases más masificadas se mejoraba la educación, porque se eliminaban despilfarros crónicos. Sería por esa creencia que en este periodo de incertidumbres se lanzaron a poner en marcha una reforma educativa integral para la educación obligatoria. Se acreditó como ineludible, habida cuenta de los malos resultados de nuestra educación en las evaluaciones de la OCDE. El axioma que justifica semejante aventura es tremendo: todo pulso social debe acomodarse a la mejora de las grandes cifras económicas; la educación también.

Mientras esto ocurría, otros defendíamos que educar es algo así como abrir puertas que conduzcan a caminos por los que los individuos transiten a distintos ritmos -a veces sin desviarse pero otras muchas con parones o circunvalaciones- hacia un objetivo más o menos común: aprender por sí mismos, para saber usar esas nuevas destrezas y capacidades, para encontrar algo nuevo en lo que creer. En este contexto se podrían mover tanto las sociedades como las familias, lo mismo las escuelas que los individuos. Cuando muchas puertas se cierran y solo se marca un camino, con muros alrededor construidos con los datos económicos que impiden desviarse, se corre el riesgo de que la fluidez social disminuya, de que algunas personas fracasen en su intento de llegar a la meta, porque solo los muy hábiles saben remontar las dificultades. Para la administración, las cifras de rezagados perjudican a nuestra imagen como país.

Nos cuesta decir que estos 4 años han sido perdidos; preferimos calificarlos como poco aprovechados, quizás porque se partió desde un posicionamiento poco hábil: utilizar la educación como escenario de batalla ideológica. Lo universal -la educación lo es- debe abordarse con una estrategia contraria: buscar concertaciones aunque se parta de posicionamientos dispares. La educación es un proceso activo que se construye poco a poco. En este contexto se descubren esperanzas, se sondean satisfacciones, se conciertan ilusiones, se evalúan progresos y se valora el funcionamiento global. Aunque ninguna de ellas sea calificada con sobresaliente, entre unas y otras se retroalimentan. El abordaje con que el Ministerio de Educación y la Consejería han encarado la necesaria mejora reflexiva de la educación obligatoria ha olvidado cualquier mecanismo de aproximación entre los sectores implicados. Ni siquiera escucharon las confidencias de los próximos que les sugerían una modificación del rumbo. La crisis vivencial -además de la referida a recursos- en la que han sumido a la educación tardará en restañarse. La atonía cumplidora domina hoy nuestros colegios e institutos; mal augurio, porque la escuela debe llenarse de complicidades. Su aportación más valiosa está en los recorridos individuales y colectivos, y no en la meta lograda.

La premura educativa no es buena táctica; la educación necesita pasos cortos, pero seguros. Lo contrario de lo sucedido en esta crisis global. En el viaje imaginario que la educación española ha emprendido se pisó el acelerador y a la vez se pusieron muchos obstáculos en el camino en forma de calificaciones. Los alumnos de esta década serán los más evaluados de la historia. ¿Para qué? Se supone que para mejorar su formación, pero echamos en falta la evaluación del sistema, esa que diga lo hecho bien y mal. ¡Cuesta tanto calificarse!, aunque sea a quien solamente piensa en evaluaciones. En este artículo no rellenaremos la casilla de la nota. Los actuales gestores educativos dejarán sus puestos. Como en las seis anteriores apuestas de reformas del sistema educativo español, nos legarán responsabilidades no resarcidas. Así funciona nuestra organización. A pesar de todo, mantenemos la esperanza; la escuela necesita muchas ilusiones.

 

CARMELO MARCÉN ALBERO

 

Publicado en Heraldo de Aragón el 2 de junio de 2015.

 

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