INVERSA MEMORIA

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José Benito Butera Aured

Este fin de semana, sábado y domingo, España ha acogido como huésped, al Sumo Pontífice; el país más laicista – según palabras del huésped – del mundo occidental; después de glosar la fe y religiosidad de la España de siglos pasados. Santa Teresa, San Ignacio de Loyola y San Juan de la Cruz – olvidó a Monseñor Escriba – luego, pasó al ataque. […] Pero es también verdad que en España nació una laicidad, un secularismo fuerte y agresivo, como vimos en los años treinta […] luego gloso el ideario católico sobre la familia – matrimonio homosexual, reforma del aborto – esto en conversación informal con los periodistas y antes de tomar tierra en España.

Obvió decir algo de la pederastia, de la acumulación de riquezas – entre ellas el nuevo templo expiatorio que ha consagrado – o el contencioso establecido con la sociedad civil de Aragón en relación con los bienes de la Franja – claro que de esto nadie le preguntaría; pero de esto es de lo que no quiero escribir; sino de esa agresividad de los años treinta, que según mi opinión se remonta a bastante antes.

El día doce de febrero de 1916, en el periódico Ideal de Argón, en sus habituales colaboraciones; Maria Domínguez nos relata un caso acaecido en su pueblo – Pozuelo de Aragón – que ella titula “Paciencia, señor cura, paciencia” y que en pocas palabras da dos ejemplos de actitud eclesial; luego le da al cura un consejo, que por lo expresivo del comportamiento del cura y los consejos que una agnóstica le da, es por lo que lo reproduzco literalmente.

El relato de lo sucedido es la muerte de dos vecinos pobres del pueblo, a los que el Ayuntamiento en colaboración con el cura en uno y con el médico en el otro caso, por medio de una colecta popular ayuda en su enfermedad que concluye con la vida de ambas personas nada más haber recaudado la benéfica voluntad de los vecinos.

En el primero de los casos expuestos, en los que ha participado en la colecta el cura, cuando muere el beneficiado al que se le había entregado por parte del clérigo tres de las pesetas recaudadas, para la atención del enfermo; una vez muerto este la viuda por persona interpuesta, pide que se le haga el entierro. El cura pregunta si va a tener caja el difunto a lo cual su interlocutora dice que sí, que la viuda está dispuesta a vender lo que haga falta para que sea enterrado con dignidad, y como la demanda es de gratuidad de la intervención clerical; el cura responde si hay caja también para el entierro; ante el argumento de que eso no puede ser ya que no tiene lo suficiente, el cura dice: Tengo la cobra en la mano; se le hará entierro de tercera clase, y se hizo.

Enterado el Ayuntamiento llamó al cura y le reconvino, pero él siguió imperturbable y se quedó con el dinero.

En el segundo caso que nos expone María Domínguez, la iniciativa partió del médico en un caso similar y el Ayuntamiento inició la cuestación, a la que se sumó el sacerdote y nos dice María […] ¡Con que regocijo veía depositar en la bandeja el óbolo de la caridad! ¡Qué de ilusiones no se forjaría su mente! Pero… ¡O mundo engañador! Esta vez no le hicieron depositario de la cantidad recogida […]

Cuando llegó el óbito una pariente mandó tocar las campanas al sacristán y que ella le pagaría; enterado el cura, prohibió que se tocasen, con el argumento de que si él no ganaba tampoco debía de ganar el sacristán. María se extiende en otras explicaciones de la actitud del cura y concluye su artículo con lo que sigue.

[…] Y ahora me permitiré la libertad de darle algunos consejos al reverendo padre:

1.º Que repase el Catecismo a ver si entre las obras de misericordia hay alguna que se relacione con estas palabras: «Enterrar a los muertos».

2.º Que tenga en cuenta que Jesús dijo a los suyos: No atesoréis riquezas para la tierra; atesorarlas, sí, para el cielo.

3.º Que la ira es un pecado feo.

4º Que tome una buena dosis de paciencia por si el caso se repitiera, lo cual no sería extraño. Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad.

5.’ Que cuando haga limosna no lo haga por vanidad ni esperando ser recompensado, sino por amor al prójimo

Y, finalmente, que confíe en Dios, que da ciento por uno a los que socorren a los necesitados, y cuando sea criticado tenga presente que Jesús dijo: «Haced bien a los que os aborrecen y rogad por los que os persiguen y calumnian.

Son consejos que me atrevo a darle para que pueda, recordándolos, sobrellevar esa prueba que Dios le envía. […]

Un mes después el sacerdote es objeto de otro escrito en el mismo periódico procedente de la misma pluma; ya que él se ha permitido criticar a la autora por la publicación del primero; y lo ha hecho desde el púlpito.

Estas actitudes de la clerecía, son las que se fueron ganando poco a poco la desafección de la feligresía, que al ir avanzando en cultura y también en bienestar, fue abandonado la idea del premio celestial, por la sumisión a los mandatos de la Iglesia, y cuando esta Iglesia, se vio acosada desde la ley, esto si es a partir de 1931 y de ello tenemos otro ejemplo. Qué quizás también participara en él Maria Domínguez y que el periódico El Socialista en su edición del día veintinueve de julio de 1932 dice que: el párroco de Gallur ha sido multado por el Gobernador con una multa de 100 pesetas, por hacer desde el púlpito propaganda política. Ese día entro de presidenta de la Gestora municipal de Gallur María Domínguez.

Quien se moleste en repasar periódicos de la época, entre otros el editado por UGT Vida Nueva; verá que los ataques a la Iglesia por parte de los entonces denominados individuos conscientes siempre tenían un fundamento para la crítica; sobre todo desde la visión actual de la sociedad de entonces.

Entonces la Iglesia faltando a su ideario y como tan explícitamente refleja María Domínguez, se alineo con lo más oscuro de la sociedad española e impuso como en los tiempos pretéritos su fe con las armas. Duró su hegemonía lo que duraron los que le apoyaron en la cruzada de reconquista, cuando de nuevo llegó la democracia la Iglesia comenzó el lento declive de su influencia, que es lo que de nuevo reivindica, aun no habiendo dejado nunca de imponer su ideario a la sociedad española, que parece comienza a decir ¡basta! Y esto es lo que molesta al Sumo Pontífice. No le molesta el alineamiento y el consentimiento, cuando no la acción directa de la jerarquía eclesiástica o de los simples curas de pueblo, que denunciaban primero y después, pretendían llevar al redil eclesial al denunciado cuando estaba delante del pelotón de fusilamiento. Esa memoria que a muchos nos enerva; al huésped le resbala ¿o quizás en el próximo viaje a España invierta de nuevo la memoria y entonces denuncie o pida perdón por las atrocidades de la Iglesia española de aquella época? Como tiene que ir pidiendo perdón en otros lugares por los pecados sexuales que sus huestes cometieron, cometen y cometerán. Son humanos y su ley dice que la carne es débil.