La anti-izquierda de la izquierda

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Fernando Bolea Rubio

Cuando en política no se tiene la medida exacta de las cosas, el fracaso es seguro y llega pronto. Como en Grecia acaba de ocurrir, con las andanzas del partido gobernante Syriza y de su primer ministro, Alexis Tsipras. Lo que allí ha pasado es bochornoso e inimitable, tanto en España como en cualquier parte del mundo. Al convocarse un referéndum en medio de una negociación, pidiendo el “no” en él; para después de conseguir en la consulta un “no” rotundo, tal como se pedía, firmar de inmediato -por su cuenta y riesgo y sin respetar la voluntad popular-, un acuerdo más malo que el existente antes de votar. Siendo lo peor, el que con todos los graves problemas y sufrimientos que los griegos padecen, se ha ido para atrás; cuando la izquierda está para avanzar y no retroceder. La población lo pasa muy mal y no se merece que le hayan hecho esto. Hasta el Nobel de economía, Paul Krugman, que tanto ha defendido la necesidad de una quita de la deuda griega, ha confesado que se siente “decepcionado” con Tsipras.

Los referéndums honestos se realizan al final de la negociación, pidiendo y defendiendo sus convocantes el “si” y nunca un “no” a lo negociado, para saber si los afectados aceptan o rechazan lo conseguido. En mi actividad sindical yo he convocado varios, pero siempre de este tenor. Otros piden “no” para quedar bien y con una falsa aureola de más reivindicativos o luchadores; aunque están deseando que salga “si” para posteriormente poder decir: Yo no quería hacerlo, sin embargo los griegos, los trabajadores o el sindicato tal tienen la culpa, porque al votar favorablemente me obligaron a firmar. Posiblemente, en la idea inicial del referéndum griego, se pudo pensar en estos términos. Si bien más tarde, cometieron el error táctico de pedir el “no”, quizá pensando que ante las necesidades de la población, más el efecto demoledor del “corralito” bancario, la población votaría “sí”, aun pidiendo ellos lo contrario. Librándose de asumir las culpas de no obtener en la negociación, lo que electoralmente habían prometido. 

De manera que, todo se pudo complicar al votarse “no” y el Gobierno tener que dar por bueno lo que antes había duramente criticado. De ser así sería una canallada, ya que a la gente no se le puede engañar. En los referéndum en la fabrica de GM en Zaragoza y en plan de broma, al caer la tarde algunos colegas de UGT les decían a los que pedían el “no”, mientras que nosotros solicitábamos el “sí”, que creían que ellos iban a ganar y más de uno se ponía blanco. Espero que en ese país, no se haya dado tamaña desfachatez. Alexis Tsipras declaro ayer, que se sentía muy orgulloso de haber llenado las plazas de banderas griegas. Posiblemente no lo este tanto, de que en el Parlamento -por responsabilidad de Estado- sea gracias a los votos de la oposición, el que pueda sacar adelante las medidas escabrosas por él aceptadas, por la división interna en su partido. Para él, ¿aún serán tan malos los socialistas de allí?

Syriza y Tsipras representan a la izquierda radical griega, habiendo ganado las elecciones con un programa populista e inalcanzable, queriendo romper -tal vez por pura ignorancia- el status quo de la política griega y europea, haciéndola girar hasta lo infinito de los paraísos izquierditas. Mas a la primera curva se han ido de la calzada y velozmente han vuelto a ella, para no equivocarse de nuevo. Hay partidos de izquierdas que yo los denomino “la anti-izquierda de la izquierda”. Agrupando en esa denominación, a toda aquella organización política de izquierda, que se ha quedado estancada en sus obsoletas ideas y no se supera asumiendo la realidad ideológica y política a día de hoy. Y a los partidos cuyo fin es ganar de cualquier manera, haciendo política demagógica e informal. A toda esa izquierda yo la llamo anti-izquierda, por el daño que le hacen a la izquierda actualizada y responsable.

Así, a todos aquellos que quieren aparentar ser más de izquierdas que los socialistas les diré, que el máximo giro hacia la izquierda no lo ha dado Syriza. Ni tampoco el descalabrado Movimiento Cinco Estrellas del cómico italiano Beppe Grillo. Ni mucho menos Podemos en España, al ser como alpiste para los canarios su juego de no ser, ni de izquierdas ni de derechas.  El que piense en esas simplezas, desconoce por completo la historia democrática de la izquierda. El gran salto a la izquierda lo dio el presidente socialista francés, François Mitterrand, en mayo de 1981. Todo lo que se dice ahora, son pequeñeces con aquello.

 Pero poco después, al ver como la economía francesa se le venia abajo, tuvo que cambiar su trayectoria a lo que ya entonces los mercados financieros permitían, por tener que hacer uso de ellos para poderse financiar. Tal como Joaquín Estefanía escribió (el día 20) en El País: “Mitterrand fue obligado, por la presión de los mercados, a abandonar la política keynesiana con la que había comenzado su mandato (incremento del salario mínimo, expansión de la demanda a través de la inversión pública, reducción de la jornada laboral, nacionalización de 36 grupos bancarios, incremento del déficit público, etcétera).

Y sigue recordando Joaquín: “Aquella rectificación hizo que, unos meses después, Felipe González tirase a la basura el programa electoral con el cual había ganado las elecciones con 11 millones de votos -muy parecido al de Mitterrand- e iniciase una vía de ajuste que duró varias legislaturas”. Lo que vivimos aquello, lo recordamos bien. Debiendo asegurar, dado que es verdad, el que hasta ese momento la línea ideológica del Partido Socialista Obrero Español era totalmente pura con los ideales del socialismo democratico más exigente, sin que yo tenga   criticas que hacerle.

Por todo ello se ha de saber que desde 1981, el mundo es otro y la izquierda europea también. Sí el Estado necesita financiación ajena, no caben ni nunca han cabido cambios rupturistas izquierdistas. Únicamente, políticas socialdemócratas que atiendan la pobreza, velando por el reparto de la riqueza, consiguiendo que la población tenga las mismas posibilidades, disponiendo de un buen Estado del bienestar. Con políticas de estimulo a la economía y en el mismo sentido, políticas keynesianas más o menos intensas, a las que la izquierda no ha de renunciar nunca. El mayor problema de Mitterrand fue, por la nacionalización de la banca. 

Debiéndose tener muy presente, el que fuera del centroizquierda, de la socialdemocracia... solo hay el desengaño griego, por haber confiado en políticos y partidos anti-izquierda.

 

24.07.2015                                                                        Fernando Bolea Rubio

                                                                                           Sindicalista

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