LA CRISIS QUE NOS CAMBIÓ

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José Ramón Villanueva Herrero

Resulta evidente que la crisis global iniciada en 2008 ha socavado los cimientos de nuestro modelo de Estado del Bienestar y esta devastación ha tenido un soporte ideológico, el neoliberalismo, que ha dado muestras de una codicia desmedida, abanderando así un agresivo fundamentalismo antisocial.

Este fenómeno ha sido analizado por Naomi Klein en su libro Doctrina del shock, obra en la que condena de forma contundente los abusos de lo que llama “capitalismo del desastre” y nos recuerda que fue Milton Friedman, el ideólogo de la “doctrina del shock”, el que aconsejó a los políticos que aprovecharan los momentos inmediatamente posteriores a una crisis, bien fuera ésta producido por ataques terroristas, desastres naturales u otras catástrofes, para aplicar políticas impopulares tales como restricciones de libertades, ajustes presupuestarios, privatizaciones, desregulaciones de precios o supresión de programas públicos de contenido social, antes de que la gente pudiera reaccionar, consejos que muchos de ellos cumplieron con su fervor neoliberal. Igual que ahora, más recientemente, el miedo al terrorismo internacional y a la inmigración está propiciando el cierre de fronteras en determinados países de la civilizada Unión Europea y dando origen a preocupantes rebrotes de xenofobia y racismo alentados desde sectores de la extrema derecha.

Hasta el Papa Francisco ha denunciado los efectos perversos del neoliberalismo al criticar “las ideologías que promueven la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera, negando el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común”, una tiranía que carece de ética, que exalta el dinero y el poder y que denigra la vida y dignidad de las personas.

Volviendo la vista atrás sentimos que durante la crisis se hicieron las cosas muy mal ya que, como Keynes dijo, “la expansión y no la recesión es el momento idóneo para la austeridad fiscal” y, en esta misma línea, Krugman recordaba que recortar el gasto público cuando la economía se halla en depresión, la deprime todavía más, razón por la cual la austeridad debe esperar a que se produzca una fuerte recuperación económica, y no al contrario, lo cual desmiente el falso mito de la “austeridad expansionista” defendido por las políticas conservadores como único camino para salir de la crisis.

Hemos sufrido una grave crisis gestionada por unos malos gobernantes, lo cual recuerda el texto de Tomás Moro en su célebre Utopia cuando decía que “quien no sabe regir a su pueblo sino despojándole de todas las comodidades de la existencia, no tiene ningún derecho a gobernar hombres libres, y es conveniente que se retire dada su ineptitud, pues toda incapacidad conduce al odio y al desprecio del pueblo”.

Y toda esta situación, esta avasalladora avance de las agresivas políticas antisociales del neoliberalismo coinciden con una profunda debilidad de la socialdemocracia a nivel internacional, desnortada y confusa tras perder gran parte del apoyo de los colectivos sociales que eran sus tradicionales apoyos electorales al no haber sido capaz de defender con firmeza y convicción una alternativa coherente y creíble frente al azote de la devastación neoliberal que hemos sufrido.

Por lo que se refiere a España, tal y como señalaba Noam Chomsky en la introducción del libro de Vicenç Navarro, Juan Torres y Alberto Garzón Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar en España, estamos asistiendo a lo que define como una “guerra de clases unilateral”, esto es, a la agresión de la clase capitalista hacia las clases media y trabajadora, las cuales resultan cada vez más proletarizadas.

Por su parte, Vicenç Navarro piensa que la única alternativa es que esta guerra (recuperando el concepto de lucha de clases) sea bilateral y que la mayoría de la ciudadanía, la que deriva sus rentas del trabajo se rebele por todos los medios, siempre y cuando no sean violentos, a fin de parar/revertir aquella agresión, y de ello hemos tenido claros ejemplos en las movilizaciones en defensa de la sanidad y la enseñanza pública o en la lucha de los pensionistas reclamando unas pensiones dignas.

Es por ello que, según Vicenç Navarro, nos hallamos en un momento terminal de aquella Transición “profundamente inmodélica, que nos dio una democracia profundamente limitada y un bienestar sumamente insuficiente”, por lo que resulta necesario caminar hacia una Segunda Transición que abra nuevos cauces hacia una democracia más completa y un mayor bienestar social. A partir de ahora, ya nada será igual a la realidad previa a 2008, a los tiempos anteriores a esta crisis que nos cambió. La duda es siempre la misma: si caminamos, con todas sus dudas e incertidumbres hacia un futuro más justo y equitativo o aceptamos resignadamente los designios de quienes pretenden hacer retroceder el reloj de la historia a las condiciones sociales y de explotación económica del s. XIX.

De nosotros depende.

 

José Ramón Villanueva Herrero (publicado en: El Periódico de Aragón, 20 enero 2019)

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    Hace unos días, Pedro Luis Angosto escribía que nos hallamos ante uno de los momentos más peligrosos de la historia de la Humanidad desde que acabó la II Guerra Mundial. Tras esta contundente afirmación aludía a los negativos efectos de la globalización, tanto en cuanto ha supuesto un brutal ataque a la democracia, así como al resurgir de actitudes xenófobas y fascistas que, utilizando temas tan sensibles como la migración, y bien que lo constatamos diariamente, están captando adeptos entre una población cada vez más temerosa ante una supuesta e imaginaria "invasión" de nuestra civilizada Europa. Así las cosas, la situación se agrava mientras la derecha democrática coquetea con algunos de los postulados de la ultraderecha fascista y la izquierda europea se halla desarbolada, incapaz de articular un programa social y solidario que recupere los valores esenciales de la democracia y que sirva de dique efectivo ante semejante ofensiva reaccionaria.

  • José Ramón Villanueva Herrero

    Muchas cosas han cambiado desde que Mustafá Kemal proclamara en 1923 la República de Turquía, instaurándose así un nuevo sistema político que ponía fin al caduco Imperio Otomano. Fue entonces cuando, mediante una serie de profundas reformas, se pretendió crear un nuevo estilo de ciudadano turco, republicano, nacionalista y secular similar al existente en otros países europeos. Estas reformas supusieron la adopción del alfabeto latino y el calendario gregoriano, los códigos legislativos europeos, se promovió la forma de vestir occidental y también, algo muy importante para un país de mayoría musulmana: la desaparición de la religión del ámbito educativo y de la judicatura. De este modo, la religión se puso bajo el control del Estado y en 1928 se suprimieron los artículos de la Constitución de 1924 que conferían al islam el título de religión oficial de Turquía. De igual modo, se emancipó el papel social de la mujer, caso inédito en el ámbito musulmán de la época, permitiendo su plena inserción en el sistema educativo y laboral, concediéndole además el derecho al voto en las elecciones municipales en 1930 y para las generales en 1931, antes que muchos países de Europa, incluido el caso de España, donde el derecho al sufragio femenino se lograría en 1933.