LA FORJA DE UN MITO - VIII

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José Benito Butera Aured

Juan Sancho García, nacido una década antes de que concluyera el siglo XIX, se forjó a si mismo, y esto se puede afirmar taxativamente si se mira con detenimiento las formas de vida de aquel siglo; Ejea aun siendo cabeza de la comarca, no escapaba a las formas de vida, ni a las dificultades de desarrollo personal que entonces estaban radicadas en una sociedad atrasada y rural, por eso su mérito es digno de admiración.

No sabemos con certeza su infancia, y ya no quedan parientes cercanos que nos lo puedan decir. Acaba de desaparecer la última de sus nietas que además era la depositaria de la memoria familiar; por eso hay que correr el riesgo de escribir cosas que puedan luego ser desmentidas; no obstante lo que si es cierto que en su madurez ya era una persona instruida. Otra circunstancia a tener en cuenta es su caligrafía que resulta clara y su pulso firme al realizarla, además y como ya deducí para otro socialista por medio del estudio caligráfico de su firma, la de Juan al igual que la de Isidoro, son demostrativas de dos hombres con similares cualidades. Ordenados, disciplinados, firmes y pragmáticos; además de equilibrados; que aceptan sus errores y sus aciertos; justos y medidos en sus acciones; con unos temperamentos, intensos y apasionados. Además su firma resulta de lo más explícita sobre su personalidad. Su nombre y apellido, con una rúbrica no envolvente demuestran que su autoestima es equilibrada, siendo sincero en sus relaciones, además de auténtico y equilibrado entre los roles social y propio.
Si del estudio de su caligrafía se desprende lo anteriormente plasmado; su comportamiento político, es tan diáfano como su caligrafía; la organización de los labradores, a los cuales pertenecía; sus convicciones políticas que mantuvo hasta el final de su vida; su acción reivindicativa, que empuñó como bandera y que mantuvo izada durante muchos años, hasta su muerte, que además, aquellos años resultaron de los más difíciles para semejante ejercicio; una dictadura caciquil ahogada por el nacimiento de un nuevo régimen que no pudo estabilizarse precisamente por las estructuras que arrastraba la sociedad desde siglos anteriores; son el marco en que Juan Sancho tuvo que forjarse a si mismo y esa forja seguramente provenía de muchas lecturas; además de los periódicos, seguro que Costa estaba entre sus autores; si en el artículo que reproduzco publicado en Vida Nueva, lo cita textualmente; no hay más que repasar todos los artículos que produjo en los dos periódicos que vengo reproduciendo para ver que sus preocupaciones se asemejaban a las de Costa; expresadas con otras palabras pero iguales en el fondo y con las mismas preocupaciones; la instrucción – escuela – la propiedad de la tierra y su reparto, para dar pan a todos – despensa – y la justicia social, además de la forma de producción reclamando regadíos para las Cinco Villas; que al igual que Costa opinaba que esa era la mejor forma de que la agricultura prosperase en las fértiles tierras cincovillanas y con esa prosperidad allegar los recursos necesarios para la subsistencia de todos aquellos que no poseían más que sus manos como capital.
Cuando se haya concluido la lectura de la crónica que Juan Sancho nos dejó en Vida Nueva, tendrá el lector una opinión suficiente para opinar si mi análisis es atinado o erróneo.                                 
 
COLONICEMOS PRIMERO ESPAÑA...
La vida en los pueblos rurales, en los que, se confina, la línea del ferrocarril, donde no hay carreteras, donde sólo existen sendas trazadas por el cotidiano ir y venir de personas y caballerías, es semejante a los aduares africanos.
Hay una porción de pueblos en la región de Cinco Villas, carente de tondo camino para comunicarse con Ejea, sede de la región, por tener estación de ferrocarril y ser cabeza de partido.
Aquí acuden, necesariamente, por cuestiones de juzgado, notariado, Registro de la propiedad, a facturar los cereales que exportan y retirar las mercancías de consumo que a su consignación vienen facturadas a   esta estación.
Como en los tiempos primitivos, así podemos observar hoy cómo estos sufridos trabajadores, con sus grandes recuas de borricos, transportan sus mercancías a lomo por caminos ariscos, berroqueños, empinados, el peligro inminente de caer a algún roquedal y desaparecer del reino de los vivos. La vida en estos villorrios es una verdadera delicia.
Hoy muchos, todavía, no conocen la luz eléctrica. Las calles no guardan simetría, son verdaderos despeñaderos, llenas de cieno por doquier.
¿Escuelas? Falta, mucha falta hacen en España, pero donde más se deja sentir es en los pueblos apartados de las vías de comunicación.
Hay pueblo que no tiene médico, o tienen uno para tres o cuatro aldeas.
Vive esta pobre gente bajo el imperio del principal rico del pueblo, quien, a modo de patrón, hace y deshace a su antojo; el manda y ordena, y el pueblo, sumiso y obediente continúa vegetando, año tras año, sin, rebelarse contra su opresor.
En época de elecciones, el candidato no recorre estos pueblos para recoger de labios de sus electores las impresiones, mejor dicho, peticiones que necesariamente habrían de plantearle, dada su precaria situación. Pero, ¿para qué? El rico del pueblo recoge todas las papeletas y se las remite, recibiendo en una carta del diputado electo en la que se ofrece a defender sus privilegios y todo cuanto se le encomiende, en los centros oficiales, aunque sea contra la ley escrita y contra la ley natural.
Los habitantes de estos villorrios desconocen completamente los goces del espíritu.
Es un caso excepcional tener visitas de gente de fuera, como no sea la del agente impositivo que, con cara de tigre y hechos de hurón, se presenta a cobrarles, con apremio los pagos del Fisco.
¿No merecían estos abnegados y sufridos obreros que, en vez de cobrarles el Gobierno los indemnizara por su penoso vivir?
Qué de extraño sería que estos trabajadores se rebelasen de hacer pagos al Estado, y mientras no tuvieran todo lo necesario que demostrase que vivían en un país civilizado?
Bien decía el gran Costa; “Colonicemos, pero hemos de comenzar de los Pirineos para abajo”.
Si por casualidad el Estado se decide a hacer alguna carretera, la subasta se hace a bajo precio que no hay contratista que se decida a suscribir la contrata; y muchas veces, después de suscrita abandonan el concurso, perdiendo la fianza, como ha sucedido con la carretera de Erla, último trozo carretera Ayerbe Ejea. (Ahora sale otra vez a subasta). ¿Y qué diremos de la carretera Farasdués Ejea?
Este pueblo, eminentemente agrícola, dista doce kilómetros de Ejea, hace tres años comenzó la construcción y todavía no se vislumbra el día de su terminación. ¿Causa? Que el contratista, sin duda, en ciertas esferas sociales tiene su influencia y consigue una prórroga de dos años para su terminación.
Ello obedece a que dicho contratista sólo deja ir trabajar en, épocas de necesidad, o sea cuando la clase jornalera se ve acuciada por el hambre. Es natural. Por nueve y diez horas de trabajo abona cuatro pesetas a los niños y cinco a los hombres.
Confinando con Ribas, barrio de Ejea, entre la carretera de Farasdués, propiedad Estado, con la de Ríbas-Ejea, propiedad de la Diputación mediante un puente que atraviesa el río llamado de Luesia. Hace un año que dicho puente se halla terminado y todavía no dejan, circular a los carros teniendo necesidad por esa causa, de cruzar el río a vado, con e1 inminente peligro de perecer personas y caballerías, arrastrados por la corriente del agua, o a consecuencia de un vuelco.
Esto trae consigo, como es lógico, que en ciertas épocas del año, Farasdues y Ribas tienen que suspender el tráfico con Ejea, haciendo que las mercancías de consumo se encarezcan de tal modo, que, ricos y pobres todos deberían poner lo medios precisos para evitarlo.
¿Qué hacen el Ayuntamiento de Farasdues y el de Ejea para evitarlo? ¿Pon qué ambos no solicitan de la Jefatura de Obras Públicas o de quien corresponda, la libre circulación por el puente de referencia, y se acelere la terminación de la carretera?
¿No es vergonzoso que con los medios mecánicos que hoy existen para construir ocho kilómetros de carretera hayan transcurrido tres años, y lo que te rondará, si no se ponen los medios?
Quisiera yo que estas cuartillas sirvan de acicate para que los Ayuntamientos interesados, la Unión General de Trabajadores de Farasdués y el pueblo en general eleven al Poder público su clamor, su petición justificadísima, para que la carretera quede terminada cuanto antes y abierta a la circulación, pues es innegable que cada día que transcurre supone un grave perjuicio y una vergüenza para todos aquellos que consienten anomalías de tal magnitud.
JUAN SANCHO GARCIA.
Vida Nueva nº 17 página 3, 24 de agosto de 1930.
 

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