LA IZQUIERDA EUROPEA ADORMECIDA

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Cándido Marquesán Millán

                   

Estamos contemplando en las últimas fechas, todo un conjunto de acontecimientos que me producen gran desasosiego y malestar. Un gran incremento de los precios de alimentos básicos, del petróleo y del euribor.

 

Los alimentos suben, se nos dice, porque se dedican cada vez más tierras a la producción de biocombustibles, las sequías, la reducción de las tierras de cultivo, y porque en la India y China, como consecuencia de su elevación del nivel de vida, están cambiando sus hábitos de consumo, por lo que consumen más alimentos… Al haber más demanda es lógico que suban los precios. Sin negar lo que de cierto pueda haber en lo anterior, lo que se nos oculta es que grandes sumas de capital especulativo se han refugiado en los mercados mundiales de materias primas.

 

            La subida del petróleo nos señalan los argumentos de siempre: que si la guerra de Irak, que si un conflicto tribal en Nigeria, que si los indios y los chinos consumen más por haberse incorporado al desarrollo. No puede negarse que si el oro negro sube es porque hay una demanda creciente, una oferta estancada y una depreciación del dólar importante. Lo que no se nos dice o se nos oculta es que el petróleo se ha convertido en un valor refugio, parecido al de las materias primas. El dólar ya no es negocio, por lo que con el petróleo especulan los fondos de pensiones, los países productores, inversores y el propio sistema financiero que busca colocar el dinero en productos con futuro rentable.

Por lo que hace referencia a la subida continua e inmisericorde del euribor, desde el Banco Central Europeo y determinados medios de comunicación, se nos dice que es para contener la inflación, ya que si el dinero fuera barato y abundante, se consumiría más, y ello conllevaría la elevación de los precios y perderíamos competitividad. Que millones de españoles tengan que pagar cada vez más por su hipoteca parece que le preocupa poco a Jean Claude Trinchet.

 Estos tres ejemplos analizados someramente, todos ellos tienen en común, el que los grandes perjudicados son la mayoría de la población; mientras que los grandes beneficiados son unos pocos, una élite financiera y empresarial. Por ende, desde los primeros se está produciendo un trasvase impresionante de rentas a los segundos. En el caso de los alimentos, las grandes beneficiadas son las multinacionales Nestlé, Quaker, General Foods, compañías que monopolizan el negocio de alimentos. Cargill controla un tercio del mercado mundial de granos. De las subidas vertiginosas del precio del petróleo,  quienes se benefician son las grandes compañías petrolíferas: Exxon Mobil, Chevron, BP, Total y Royan Dutch Shell. Tampoco deberíamos olvidarnos de Repsol y Cepsa. Además de las compañías petroleras estatales controladas por los gobiernos de los países ricos en petróleo, que administran 90% del petróleo mundial. De las 20 mayores compañías petroleras (en términos de reservas de gas y petróleo), 16 son compañías estatales. Aramco, la compañía de Arabia Saudita, tiene más de 10 veces las reservas de Exxon. En cuanto a la subida continua del euribor, los grandes beneficiados son las entidades bancarias. Este fin de semana el Sr. Botín acaba de afirmar que el Banco de Santander este año aspiraba a tener “sólo” unos beneficios de 10.000 millones de euros.

 Podrá argumentarse que todo esto es absolutamente legal, lo que ya no lo parece que sea muy ético.

Por si todavía no fuera bastante, nuestros eurodiputados nos obsequian con la posibilidad de que los trabajadores europeos puedan tener una jornada laboral de 65 horas semanales; y a su vez, con la directiva de la vergüenza, por la que todo emigrante ilegal podrá ser tratado como un delincuente y ser encerrado en una cárcel hasta 18 meses. Esta no es mi Europa. Europa no puede, no debe construirse con criterios estrictamente economicistas y en el miedo, sino que debe ser una Europa social, basada en el respeto escrupuloso a los derechos humanos. Y luego, los Sarkozy, Berlusconi, Merkel…. se sorprenden por el “no” de los irlandeses al Tratado de Lisboa.

Pienso que todos estos hechos mencionados son de tanta gravedad, como para que desde la izquierda europea, política y sindical, se produzca una respuesta contundente. Sin embargo parece que está dormida. Desde las corrientes neoliberales, durante varias décadas, se ha estado sembrando la idea, para que la interiorice la clase trabajadora, de que ya se ha acabado esa concepción de la historia, por la que cada generación tendría que vivir inexorablemente mejor que la anterior.  Hoy, muchos trabajadores no sólo han renunciado ya a mejorar su situación, por lo que se sienten satisfechos con mantenerse como están, e incluso, a renunciar a parte de las conquistas sociales que con tanto esfuerzo consiguieron los que les precedieron. Todavía más, a muchos trabajadores europeos nos quieren convencer, de que la culpa es de los “otros”: los empresarios asiáticos que producen a bajo precio porque pagan salarios de miseria o de los inmigrantes que nos quitan nuestros puestos de trabajo. La construcción de un enemigo exterior viene muy bien para ocultar el hecho de que los intereses de los inmigrantes y de los trabajadores europeos son los mismos. Y así se evita que surja una conciencia de clase. Divide y vencerás.

La situación me parece grave. Como colofón de todo lo expuesto, resultan muy ilustrativas las palabras del gran historiador Joseph Fontana: “Desde 1789 hasta el hundimiento del sistema soviético las clases dominantes europeas han convivido con unos fantasmas que atormentaban frecuentemente su sueño: jacobinos, carbonarios, anarquistas, bolcheviques…, revolucionarios capaces de ponerse al frente de las masas para destruir el orden social vigente. Este miedo les llevó a hacer concesiones que hoy, cuando no hay ninguna amenaza que les desvele—todo lo que puede suceder son explosiones puntuales de descontento, fáciles de controlar---, no necesitan mantener.”

 

Publicado en “El Diario de Teruel” 30 de junio de 2008; Extremaduraaldía, El independiente de canarias.

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