LOS OLVIDADOS DE COLOMBIA

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Cándido Marquesán Millán

Acabo de llegar de visita profesional de Colombia, país lleno de contrastes; con una naturaleza riquísima y una gente en su gran mayoría acogedora y hospitalaria, mas aquejada por el cáncer de una guerra larga y que parece inacabable.

            Contemplar los entornos llenos de exuberante vegetación de Bogotá, Medellín, Cartagena de Indias o Popayán es un auténtico privilegio. Igualmente poder charlar con sus gentes muy preparadas y con un dominio de la lengua extraordinario. Su población predominante joven es su gran potencial. Tiene un gran dinamismo económico. Es un país donde pueden contemplarse a la vez manifestaciones de gran riqueza y de gran miseria. En Bogotá o Medellín podemos visitar barrios lujosísimos y dotados de establecimientos comerciales con productos de las mejores marcas, y a la vez otros de población desplazada que viven en condiciones infrahumanas.

            Está inmerso en un conflicto armado, en el que no se vislumbra final alguno. Es muy complejo, ya que se entremezclan los grupos guerrilleros, las fuerzas paramilitares, los narcotraficantes, los políticos corruptos. Como hace ya mucho tiempo que la sociedad colombiana es consciente de que la salida de este negro túnel es imposible, ha tenido que adaptarse a esta situación. Resulta sorprendente que ante la existencia de un conflicto armado de tal magnitud la sociedad siga funcionando.

No quiero fijarme en los orígenes, ni el desarrollo de este conflicto armado. Solo pretendo hacerlo en una de sus secuelas más graves y que está pasando desapercibida fuera de Colombia. Me estoy refiriendo a la población desplazada,  que fue y sigue siendo obligada a abandonar sus tierras, sus viviendas, sus medios de subsistencia, por la violencia y las amenazas de guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes, incluso por oscuros personajes deseosos de quedarse con sus propiedades, y que tiene que ubicarse en las afueras de las grandes ciudades de su propio país en habitáculos indignos, auténticas chabolas. Su diferencia con los refugiados radica básicamente en que los primeros no salen de sus países de origen o residencia, mientras que los segundos buscan la protección en otros Estados.  En las montañas que circundan la ciudad de Bogotá, podemos contemplar llenos de desplazados los barrios de Suba o Soacha. En Medellín, el del Pacífico. O en Cartagena de Indias, el de Nelson Mandela y El Hoyo. Contemplar la situación -sin alcantarillado, ni agua corriente, ni servicios sanitarios y con deficientes atenciones educativas- en que viven estas casi 4 millones de personas es una experiencia difícil de olvidar. Sus calles empinadas están llenas de niños/as mendicantes, con olores nauseabundos al agolparse en compartimentos descubiertos las basuras, con casas construidas de planchas de hojalata que no protegen de las inclemencias meteorológicas, y con grandes problemas de seguridad pública, ya que la policía no se atreve a adentrarse estos lugares.

            Ante el problema  de los desplazados en Colombia no solo no se vislumbra solución alguna, sino que cada vez se agrava. Recientemente el alcalde de Bogotá señalaba que en su ciudad cada día se suman 200 personas desplazadas, y que las autoridades municipales se ven desbordadas.

            El Centro de Control de Desplazamientos Internos acaba de presentar en la sede de ACNUR en Ginebra unas estadísticas alarmantes sobre el crecimiento de la población desplazada en todo el planeta. Los principales países afectados por este drama son los siguientes: Sudán con 5,8 millones, Colombia con 3,940.164, Irak con 2,7, R.D. Congo con 1,4 y Somalia con 1.

            Según este Informe, Colombia fue durante 2007 el único país de América con un crecimiento del problema de desplazamiento interno, donde la población desplazada sigue sufriendo una crisis de falta de protección. “En Colombia se da una contradicción. El país tiene una de las legislaciones más avanzadas a favor de los desplazados y de respeto de los principios internacionales, pero se da una falta de aplicación de la legislación”, acaba de afirmar la secretaria general del Consejo Noruego de los Refugiados, Elisabeth Rasmusson.

            El documento constata que el conflicto interno de Colombia ha forzado a un promedio de 200.000 personas a huir de sus casas cada año en las dos últimas décadas, cifra que se elevó a 320.000 en el 2007.

            Los desplazados internos, son los más pobres entre los pobres, y junto a los refugiados serán los más perjudicados por la crisis económica. El Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, Antonio Guterres, dijo que la situación será, aún si cabe, mucho más grave de lo que reflejan los datos; si tenemos en cuenta la actual desaceleración económica global y la subida de los precios de los alimentos manifestada en la XXX Conferencia Regional de la FAO.

            Los Gobiernos no sólo no brindan a esta población desplazada la atención adecuada, sino que además la tratan como si ella fuera la culpable de desplazamiento. Como tampoco se preocupan, como deberían hacerlo, de desarrollar planes para facilitar el pronto retorno de los desplazados o, en caso de no poder hacerse, para la reubicación de estas personas en otras zonas de sus países, en las que estén en condiciones similares a las que tenían entes de tener que dejarlo todo atrás. Su tragedia no tiene el poder político que tienen otros dramas colombianos. No existe un consenso internacional en su favor. Los líderes de otras naciones los ignoran. No hay en su apoyo manifestaciones multitudinarias, ni velitas en las ventanas. Su drama no es analizado ni denunciado a diario por los medios. No tienen nombre. No tienen familias importantes que los respalden, ni tienen amigos en el Congreso. Su pobreza les condena.

 

Publicado en “Diario de Teruel”

 

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