PATRIOTISMO REPUBLICANO

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De un tiempo a esta parte estamos asistiendo a cómo las derechas españolistas, aprovechando la tensa situación política generada por el conflicto catalán, intentan monopolizar el sentimiento patriótico de una manera excluyente y como ariete político frente a sus adversarios, con un airear de banderas y voceríos patrioteros que a nada conducen.

El añorado político vasco Mario Onaindía Natxiondo (1948-2003), en su libro La construcción de la nación española. Republicanismo y nacionalismo en la Ilustración (2002), nos ofrece algunas claves para distinguir el verdadero significado de los conceptos de “patriotismo” y “nacionalismo”, tan manidos como instrumentalizados con harta frecuencia.

De entrada, Onaindía nos recordaba que la idea de “patria” procede del latín “terra patria”, el cual constituye “uno de los conceptos fundamentales de la tradición republicana”, entendiendo por tal su acepción latina, la “res publica”, esto es el bien común, concepto éste que, nos advierte, será tomado por el nacionalismo para otorgarle un sentido muy distinto.

Aunque el lenguaje corriente considera sinónimos “patriotismo” y “nacionalismo”, éstos deben de diferenciarse ya que, “para los patriotas de inspiración republicana, el valor principal es la República y la forma libre que ésta permite, en cambio, los nacionalistas consideran que los valores primordiales son la unidad espiritual y cultural del pueblo, dejando en segundo término u olvidando totalmente la lealtad hacia las instituciones que garantizan las libertades”.

En consecuencia, ello implica actitudes personales distintas ya que, mientras el patriotismo “trata de producir un tipo de ciudadano libre que tiene su esfera de seguridad garantizada por las leyes y por tanto trata de defenderlas porque constituyen una barrera que salvaguarda la seguridad individual”, el nacionalismo busca una cohesión social que “genera un individuo que trata de fundirse con la comunidad, de manera acrítica y renunciando a su esfera de autonomía individual” un nacionalismo, además, obsesionado con la “exaltación estatal de la raza, la lengua y la historia”, esta última siempre concebida (y mitificada) a la medida de intereses políticos concretos. Frente a ello, para Onaindía, el auténtico patriotismo republicano “no necesita unidad cultural, moral o religiosa; exige otro tipo de unidad, la unidad política, sustentada por el nexo con la idea de República, que consiste en la defensa de la ley, que garantiza la libertad”. De este modo, el concepto de “patria” sería sinónimo de “república” (res publica) y esta, de “bien común”.

En esta misma línea, Cicerón, en su Tratado de las leyes, ya diferenciaba entre la atracción que se siente hacia la tierra nativa, por ejemplo, la que mueve a Ulises a volver a su Ítaca, del sentimiento que experimenta el ciudadano hacia su patria, entendida ésta como las instituciones que garantizan su libertad, haya nacido o no en ella. Y es que, por encima de bandera o símbolos, como señalaba John Milton, la patria sería el lugar en donde una persona se siente libre.

Esa misma idea de asociar el concepto de “patria” y de “libertad” lo hallamos también en Diderot, para quien el patriotismo es el afecto que el pueblo siente por su patria, entendida ésta no como la tierra natal, sino como una comunidad de hombres libres que viven juntos por el bien común.

Estos mismos planteamientos son los que articulan el llamado “patriotismo constitucional” de Jünger Habermas, que considera a la patria como el lugar donde el ciudadano goza de libertad, allí donde existen unas instituciones y un marco legal que la garantizan. Ello excluye, de facto, todo tipo de patrioterismo propio de mentes e ideologías reaccionarias, tan proclives a apropiarse en exclusiva del concepto de “patria” tras vaciarlo de todos los valores de libertad, justicia y convivencia pacífica en la diversidad que le son propios.

Por todo lo dicho, el patriotismo republicano confronta con la actitud de quienes siempre han pretendido imponer su supuesto “patriotismo”, más bien patrioterismo, por cualquier medio, incluso recurriendo a la violencia: por ello resultan tan rechazables y peligrosos quienes se sienten herederos de los que en el pasado quisieron edificar “su España” matando españoles a lo largo de nuestra agitada y sangrante historia, una reflexión que resulta especialmente oportuna en estos días en que se recuerda el 80º aniversario del final de la Guerra de España de 1936-1939.

Tampoco responde a un auténtico espíritu patriótico abierto e integrador la posición de quienes quieren reafirmar la imagen de una España integrista a costa de negar la aportación a nuestra secular historia colectiva de las comunidades musulmanas o judías a las que la cultura hispánica tanto debe, así como la de quienes hoy en día tampoco aceptan los valores positivos derivados de la inmigración y de la riqueza y diversidad que aporta a nuestra sociedad, cada vez más multicultural y multiétnica.

Consecuentemente, resultan rechazables las evocaciones nostálgicas a Covadonga, a la Reconquista o a Lepanto, aireadas altaneramente por las derechas, evocaciones fuera de lugar en el marco del necesario patriotismo constitucional y democrático de tradición republicana que precisa nuestra sociedad.

 

José Ramón Villanueva Herrero (publicado en: El Periódico de Aragón, 12 abril 2019)