RECORDEMOS GURS

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José Ramón Villanueva Herrero

La hecatombe humanitaria que supone la llegada de miles de inmigrantes a Europa en su desesperado intento de huir de las guerras y la represión que azotan sus países de origen, en su anhelo por construir un futuro, una nueva vida en esta Europa, tan próspera como en ocasiones insolidaria, nos trae a la memoria, inevitablemente, la historia de lo que supuso el exilio republicano español, aquel drama de derrota y sufrimiento, muchas de cuyas páginas se escribieron en tierras de Francia, como fue la historia del Campo de Gurs.

Tras la caída de Cataluña en poder de las tropas franquistas en febrero de 1939, una marea humana de miles de republicanos españoles buscó refugio en Francia, donde nuestros compatriotas quedaron hacinados en improvisados campos en la costa del Rosellón como Argèles, Barcarès o Saint-Cyprien. Ante  la desastrosa situación sanitaria en la que se hallaban los exiliados allí retenidos, las autoridades francesas decidieron crear 6 nuevos “Campos de Acogida”, siendo uno de ellos el de Gurs, situado en este pequeño pueblo del Béarn, cercano a la frontera pirenaica aragonesa.

El Campo de Gurs,  construido sobre una landa cenagosa estaba formado por 428 barracones de madera agrupados en 13 manzanas (“ilôts”). Cada barracón medía 24 x 6 m. y albergaba a 60 refugiados por lo que su capacidad total era de 18.500 internos, razón por la que, en 1939 se convirtió en la tercera mayor población del Departamento de Bajos Pirineos (actualmente, Pirineos Atlánticos) después de Pau, la capital, y de la ciudad de Bayona.

Los primeros internados llegaron a Gurs en abril de 1939 y, durante ese año pasaron por él un total de 24.530 combatientes republicanos, cifra que el historiador Claude Laharie desglosa así: gudaris vascos (6.555), aviadores republicanos (5.397), brigadistas internacionales de 53 países distintos (6.808) y otros soldados republicanos (5.770), de ellos una buena parte de origen aragonés.

Los “gursiens”, los internados en este campo, entre el barro y las alambradas, dada su condición de “rojos españoles”, fueron vistos con recelo y hostilidad por buena parte de la población bearnesa. No obstante,  en agosto-septiembre de 1939, la mayoría de los republicanos habían dejado Gurs por diversas razones: unos 6.000 fueron repatriados a España, donde la mayoría padecieron consejos de guerra, siendo ejecutados o condenados a largos años de cárcel.  Otros  encontraron trabajo en empresas y granjas del  Béarn pero, la mayor parte, tras estallar la guerra entre Francia y Alemania (3 septiembre 1939), se integraron en las Compagnies de Travalleurs Étrangères (CTE) como personal auxiliar para la realización de obras de fortificación. Otros muchos, se alistaron en el ejército francés para combatir al nazismo: tanto unos como otros, caerían prisioneros de las tropas hitlerianas tras la rápida ocupación de Francia, siendo deportados al campo de exterminio nazi de Mauthausen. Finalmente, otros  se integraron en el maquis: para estos guerrilleros la guerra mundial había empezado en realidad en 1936 y no cesaría hasta la caída del nazismo y de la dictadura franquista.

Tras la rendición de Francia (22 junio 1940), el país galo fue dividido en una zona ocupada por Alemania y otra, llamada “zona libre”, en la que se estableció el régimen fascista de Vichy, aliado de los nazis y presidido por el mariscal Pétain. De este modo, Gurs pasó a depender de Vichy y se convirtió en un campo de prisioneros donde el régimen petainista internó a quienes consideraba la “anti-Francia”: resistentes, militantes de izquierda y judíos. Así, entre 1940-1943 pasaron por Gurs 18.185 judíos (entre ellos, la filósofa Hannah Arendt) y, de ellos, 3.907 fueron enviados al campo de exterminio de Auschwitz y, el resto, transferidos a otros campos para su posterior deportación.

Tras la liberación del Béarn en agosto de 1944 y hasta su cierre definitivo en 1945, Gurs pasó a tener nuevos inquilinos pero esta vez eran prisioneros alemanes, colaboracionistas  y miembros del pronazi Partido Popular Francés (PPF).

En la actualidad, Gurs es un Memorial nacional de la República Francesa en homenaje a las víctimas de las persecuciones racistas y antisemitas y de los crímenes contra la Humanidad cometidos por el régimen de Vichy. Emociona de forma especial la visita al cementerio judío de Gurs, donde 1.073 tumbas idénticas hermanan a todos los que allí sufrieron y murieron. En uno de sus lados, un memorial honra a los republicanos españoles y a los brigadistas internacionales de los cuales una lápida conmemorativa nos recuerda que, “Pagaron con su vida su combate por la libertad y la democracia”. Todas sus tumbas están adornadas con cintas tricolores y una flor, junto al silencioso respeto de los que las visitamos. Entre ellas, se hallan las de algunos aragoneses, como la del zaragozano Gregorio Luna Fernández o la del ansotano Francisco Pérez-Cativiela.

Rememorando la historia  de Gurs, resulta muy oportuna la frase de Artur London cuando decía que “se recuerda para preparar un futuro más justo, más fraternal y sin guerras”. Ahora, cuando el germen de la xenofobia y el fascismo se incuba de nuevo en Europa, cuando el Frente Nacional amenaza los valores de la República Francesa, la memoria de Gurs y el recuerdo de tanto sufrimiento debe impulsarnos a ser más solidarios con quienes ahora, como ocurrió en 1939, se ven obligados a abandonar su país en busca de un futuro mejor. Gurs es un lugar que apela a nuestra memoria y a nuestra conciencia, al deber moral de recordar lo allí sucedido, especialmente a las jóvenes generaciones,  para inmunizarnos ante cualquier actitud intolerante, xenófoba o racista, las cuales, por desgracia, se están extendiendo peligrosamente en estos tiempos  de profunda crisis global.

La lección y el recuerdo de Gurs, a un lado y otro del Pirineo, sigue siendo un legado moral que nos insta a evitar que surjan nuevas alambradas y odios que vuelvan a aprisionar y oprimir a cualquier persona por razones políticas, de raza, religión, condición social o económica.

 

José Ramón Villanueva Herrero

 

(publicado en El Periódico de Aragón, 7 febrero 2016)

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