SOCIALDEMOCRACIA Y ESTADO DEL BIENESTAR

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José Ramón Villanueva Herrero

El pasado 14 de marzo se cumplieron 125 años de la muerte de Karl Marx (1818-1883). La importancia de la figura de Marx es fundamental en el desarrollo de  la historia contemporánea puesto que del tronco común del pensamiento marxista se fueron derivando a lo largo del tiempo diversas formulaciones teóricas y prácticas políticas que irían desde la más estricta ortodoxia comunista hasta los modelos reformistas de la socialdemocracia.

El modelo socialdemócrata, influido por las ideas de Eduard Bernstein (1850-1932),  recogidas en su obra Los principios del Socialismo y las tareas de la Socialdemocracia (1899), defiende, frente a los cambios violentos, bruscos y revolucionarios, la necesidad de que el socialismo avance por el camino de lograr reformas parciales e inmediatas por medio de la actividad política democrática. Es por ello que el revisionismo marxista de Bernstein, referente ideológico de la moderna socialdemocracia, considera esencial la aceptación de la democracia como medio y como fin de la política socialista. De este modo, a diferencia de lo propugnado por las teorías comunistas, la socialdemocracia renuncia a la violencia insurreccional, rechaza la dictadura del proletariado (que Bernstein definía como “atavismo político”) y circunscribe la lucha política al marco de la democracia entendiendo por tal una pedagogía de la convivencia, la renuncia a las prácticas violentas, la necesidad de la búsqueda de acuerdos entre los grupos políticos y el respeto debido al diferente.

La socialdemocracia rompió así desde finales del s. XIX con la idea de que el socialismo sólo sería posible mediante la implantación violenta (revolucionaria) de una dictadura que centralizase el poder en la vanguardia del proletariado. Frente a ello, la socialdemocracia afirma que todo proceso de cambio debe de tener una esencia absolutamente democrática así como que debe de llevarse a cabo paralelamente una descentralización federal del poder político, acompañado de un fortalecimiento de los poderes locales (municipios). Consecuentemente, frente a los dogmatismos totalitarios soviéticos y el auge de los fascismos en el primer tercio del s. XX, la socialdemocracia defendía una política que, desde la legalidad democrática, impulsase reformas concretas sobre las que cimentar el cambio social. Esto es precisamente lo que hizo a partir de 1936 el Partido Socialdemócrata Sueco (SSA) lo cual permitió que este país nórdico, hasta entonces uno de los más pobres de Europa, se transformase en uno de los más prósperos, cimentase de forma sólida lo que hemos dado en llamar el Estado de Bienestar… y todo ello sin asaltar ningún “Palacio de Invierno”.

Mientras este proceso se iniciaba en Suecia, en el resto de Europa, sumida en la tragedia de la II Guerra Mundial, fue preciso que acabase esta sangrienta contienda para, una vez derrotadas las potencias fascistas, establecer lo que ha dado en llamarse el “pacto socialdemócrata”. Dicho pacto, decisivo para el desarrollo europeo, supuso la aceptación de cuatro ideas básicas: fomento del pleno empleo estable; economía mixta en la cual coexisten un sector público empresarial compatible con el libre mercado; consolidación del Estado de Bienestar, concepto socialdemócrata basado en una amplia red de servicios públicos estatales (educación, sanidad y sistema de pensiones) y, también, una fiscalidad progresiva basada en la primacía de los impuestos directos.

El modelo socialdemócrata de desarrollo, eje central de política de los países más avanzados del mundo del cual los países nórdicos son un claro ejemplo, empezó a ser cuestionado por el neoliberalismo como consecuencia de las crisis de la década de 1980 y el fenómeno de la globalización. Fueron los años en que algunos países privatizaron sus sectores públicos empresariales, se desregularon las relaciones laborales y la flexibilización de éstas acabaron con el ideal del pleno empleo estable. Y sin embargo, tras la caída del muro de Berlín en 1989 y el fracaso estrepitoso de los regímenes comunistas de Europa del Este, ha quedado de manifiesto que el reformismo socialdemócrata es el único referente ideológico y político capaz de mantener viva la utopía de la transformación progresiva de la sociedad con criterios de justicia, libertad e igualdad. Por ello, la socialdemocracia se ha convertido en el bastión que, desde la defensa del Estado de Bienestar solidario por ella creado, debe hacer frente a la galopante globalización neoliberal carente de valores, que reemplaza al ciudadano por el mero consumidor, exclusivamente interesada en convertir a la Humanidad en un mercado global al servicio de los intereses de un capitalismo siempre insaciable

La socialdemocracia del siglo XXI tiene que dar un nuevo impulso a los principios y a las políticas reformistas que, de forma gradual supongan mejoras esenciales en las condiciones de vida de los sectores sociales más desfavorecidos, idea ésta que destacó Zapatero en la noche del 9 de marzo tras la victoria electoral socialista: “Gobernaré para todos, pero pensando antes que nadie en los que no tienen de todo”. La política socialdemócrata, de la cual España se ha convertido en un referente internacional, viene avalada por la importante gestión desarrollada por Zapatero en la pasada legislatura: ampliación de derechos y libertades a diversos colectivos ciudadanos, diálogo social fluido y eficaz con empresarios y sindicatos, consolidación del Estado de Bienestar con la Ley de Dependencia, y una política internacional basada en el diálogo entre civilizaciones, la paz y la cooperación solidaria.

El modelo socialdemócrata español, heredero del gradualismo propio del pensamiento de Pablo Iglesias, ha demostrado su vigencia y eficacia, ha reafirmado los valores esenciales del socialismo para, mediante el paciente trabajo diario, seguir caminando hacia la utopía, hacia la transformación de nuestra realidad social, para construir un mundo más libre, justo y solidario, para que éste sea algún día la patria común de la Humanidad emancipada. En estos tiempos en que la globalización neoliberal y los conflictos entre civilizaciones generan incertidumbres y riesgos, el modelo socialdemócrata es la alternativa creíble y práctica para construir un modelo social y de desarrollo más justo en un mundo más habitable. Ciertamente, como afirmaba Nicolás Redondo, “para cambiar el mundo es absolutamente necesario el socialismo”. Toda una verdad, todo un reto de futuro.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(Diario de Teruel, 23 marzo 2008)

 

 

 

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