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    Nuevos ricos
 

Por: Pilar de la Vega

Pues este país va regular. Éramos los más ricos y, de repente, la crisis nos está haciendo salir de esa burbuja. España era uno de los 10 países del mundo en los que el número de ricos --personas con un patrimonio superior al millón de dólares (819.672 euros o 136 millones de pesetas) en activos financieros líquidos-- creció más durante el 2004. Ocupó el décimo lugar y junto al Reino Unido encabezó el avance de los nuevos ricos en Europa. El incremento de millonarios en España se explica por un mayor crecimiento de la economía, por la evolución de los mercados financieros locales y por el boom inmobiliario. Por ello se volvió a poner de moda la célebre frase del exministro Carlos Solchaga, que tanto se ha repetido y tanto le han criticado. A mediados de los ochenta, proclamó: “España era el país en el que más fácil era hacerse rico en poco tiempo”.
 

La ebullición del mercado inmobiliario y la varita mágica de las recalificaciones de terrenos rústicos a urbanos ha dado luz a una generación de nuevos ricos que en los últimos años han cosechado fortunas imponentes. Personajes de todos conocidos y ampliamente citados en la prensa han jugado las cartas necesarias para convertirse en los dueños del suelo: bien conectados con los ayuntamientos y con el apoyo del sector financiero, han sabido encontrar oro donde otros sólo veían huertas y eriales. El auténtico negocio lo han hecho los propietarios de suelo. Algunas de estas aventuras empresariales están hoy en los tribunales. España, país de reciente ingreso en el selecto club de las naciones opulentas, ha tenido comportamientos típicos de los nuevos ricos, que han contribuido mucho a esta crisis. Hay una gran contradicción entre el mundo real de la gente en paro y el mundo de lo frívolo e intrascendente con el que se nos martillea desde algunos medios de comunicación audiovisual: la superabundancia al alcance ilusorio de todos. Hay una gran contradicción entre la pálida decencia de la gente corriente y los bronceados privilegios de esa aristocracia política, financiera y televisiva del nuevo milenio. The Economist lo decía recientemente hablando de España: “the party is over”, “señores, nuevos ricos, en España la fiesta se ha acabado”.

Pero no parece que sea así en nuestra ciudad. Nos proponen una fiesta continua hasta el 2022. Tengo la sensación que no hemos aprendido nada de lo que nos ha sucedido y que pensamos que todo sigue igual. Porque dichas propuestas son perpetuar el modelo económico existente, basado de nuevo en el ladrillo. Pero la realidad tozuda nos demuestra, que es una falsa ilusión. Basta con pasearse por la ciudad y ver el número de instalaciones previstas que o bien no se han terminado o no se sabe qué hacer con ellas. Quizá sería un buen momento para  recordar lo que  pasó con las fastuosas ropas de aquel rey del cuento de Andersen. Hasta que un niño inocente exclamó: "¡El rey está desnudo!". De verdad alguien cree que en estos tiempos tan difíciles, vencidos por una tremenda crisis y por un sombrío escepticismo, la ciudadanía está dispuesta a festejar sueños.

Sueños que a tenor de las experiencias vividas  nos han costado muy caros, dado que nuestras Instituciones se han comportado, en algunos casos, como nuevos ricos. En este áspero y desconcertante presente presidido por el óxido de las ideologías y el despego hacia la cosa pública es necesario tener una especial sensibilidad social, y gobernar con una gran austeridad y pensando en las personas. Qué dificil es entender cómo a determinadas horas y días se puede colapsar el tráfico en nuestra ciudad, debido a la existencia de un excesivo número de coches oficiales aparcados junto a la sede de dos partidos políticos que están muy cercanas entre sí.

La izquierda sólo puede ganar si hay un clima en el que las ideas jueguen un papel importante y haya un alto nivel de exigencias que se dirigan a la política. Y así poder situarnos y concretar en nuestras políticas cómo se aplica la idea de la igualdad, en una sociedad del siglo XXI.

Quienes pensamos que el presente es reformable, modificable, quienes hemos tenido en nuestro corazón una pulsión de reformas, de reformismo sano por hacer una sociedad más justa, más cohesionada, una justicia social en libertad, hemos de saber determinar como desarrollarla en este momento.

Una aplicación que en mi opinión significa como mínimo: en primer lugar, la protección de los desiguales ; en segundo lugar, el establecimiento de políticas igualitarias en materia de derechos básicos de los ciudadanos y , por último, la capacitación individual de los ciudadanos para acceder a una vida digna.  
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