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    El problema de España
 

Por: Cándido Marquesán

En los libros de Historia de España es frecuente que aparezca la idea siguiente: "En el inicio del siglo XX, España tenía cuatro grandes problemas: el religioso, el militar, el agrario y el catalán".
 

                       

Hoy,  transcurrida una década ya del siglo XXI, los tres primeros han desaparecido prácticamente, pero permanece con plena fuerza  el cuarto, que ha  condicionado  el devenir de la vida pública española de la última centuria y también en los momentos actuales, tal como acabamos de constatar con la reciente  sentencia emitida por el Tribunal Constitucional sobre el Estatut de Catalunya, por lo que debería ser designado  en lugar del problema  catalán, como el problema español.  La prueba de ello está en la circunstancia,  de que cuando España se ve libre de las ataduras de la dictadura el problema clave,  que debe resolver la clase política a la hora de redactar la Constitución, es el de la estructura territorial del Estado. Así sucedió en los tiempos de  la II República, tras la dictadura Primo de Rivera, y con la llegada de la Transición, tras la dictadura de Franco. Mas lo cierto es que ni los políticos republicanos ni los de la actual democracia han sabido resolver este problema, lo que ha propiciado el que numerosos politólogos hablen de su carácter irresoluble. 

 

Y para encontrar algo de luz en esta cuestión, parece muy recurrente el acudir a la historiografía. Según César Molinas,  Bobbitt  ha analizado el papel de la guerra contra otros pueblos o naciones en la formación de los Estados-nación modernos. Francia, por ejemplo, se ha hecho francesa matando alemanes. España ha sido diferente. Nuestras guerras en los últimos dos siglos han sido guerras civiles, divisivas en vez de cohesivas. España se ha hecho española matando españoles. El resultado es un Estado-nación a medio cocer, mucho menos cohesionado que el francés, o el alemán, o el británico. Por ende en nuestro país suscita más adhesión la selección de fútbol que la bandera nacional.

 

 Según Álvarez Junco la revolución liberal decimonónica sirvió para modernizar, uniformizar y centralizar el aparato estatal español, aunque fracasó a la hora de nacionalizar a las masas. El Estado español del siglo XIX no se preocupó por crear esas escuelas públicas donde habían de “fabricarse españoles”, como dice Pierre Vilar. Dejó que dominaran los colegios religiosos, más preocupados por fabricar católicos. En la Francia de la Tercera República  la enseñanza estatal obligatoria fabricó franceses. Como también el servicio militar universal sirvió para el mismo objetivo. En España ocurrió todo lo contrario, ya que existían exenciones, y las clases ricas mediante el pago de una cuota se excusaban de este servicio. En consecuencia el ejército nunca cumplió en España el papel unificador que tuvo en otros Estados europeos.

 

Además para fomentar los sentimientos nacionales, son claves los símbolos: banderas, himnos, ceremonias conmemorativas, monumentos… En Francia se acepta sin discusión: su bandera, su himno La Marsellesa”, su fiesta nacional “El 14 de Julio”. En España ni el himno nacional, ni la bandera, ni la fiesta nacional son aceptadas por todos. Durante 40 años del siglo XX ha sido el 18 de julio, fecha de un golpe militar. Tampoco se impulsó la construcción de monumentos que honrasen los valores, héroes o glorias nacionales.

 

            El régimen franquista sí que se preocupó por nacionalizar a las masas, por españolizarlas. Se hizo con aquella horrenda asignatura de Formación del Espíritu Nacional. Mas esa nacionalización era tan agresiva como grosera; ya que era forzada, brutal y basada en la anulación y aplastamiento de media España. Tal como ha señalado Sebastián Balfour, la identidad unicultural impuesta por el franquismo erosionó profundamente la legitimidad del nacionalismo español. El franquismo contaminó los símbolos de la nación y el debate en torno a ella con connotaciones totalitarias. Como consecuencia, el nacionalismo español ha tenido que soportar una purga implícita y ocultarse bajo muchos disfraces diferentes.

Con la democracia, no se ha hecho nada o muy poco por nacionalizar, por fabricar españoles. En cambio, desde algunas Autonomías se han nacionalizado a las masas, mas no para fabricar españoles.

Este problema español lo vieron ya con claridad ilustres españoles: Ortega y Gasset y Azaña. Y  como hoy no se ha diluido, el deber del político es intentar resolverlo. Tal ha sido la pretensión de Rodríguez Zapatero, poniendo en marcha una política territorial de compatibilizar la unidad con la diversidad, de reformas estatutarias con el intento de profundizar el Estado de las Autonomías, iniciada con la reforma del Estatuto catalán, sin que hayan faltado tensiones, propiciadas fundamentalmente desde el PP. El devenir de la historia hará la valoración pertinente sobre este proceso. Lo incuestionable es que en buena parte de las CCAA, hoy tienen unos Estatutos con muchas más competencias que nunca, sin que sea necesaria una reforma constitucional, lo que ha llevado a algunos historiadores a hablar del segundo Estado de las Autonomías. Por lo que concierne a Catalunya, tal como acaba de señalar ZP:  Hoy, tras la sentencia del Tribunal, Catalunya cuenta con el más alto grado de autogobierno que jamás haya conocido.  

 Otra opción es negar el problema. Negarlo es de ilusos,  de insensatos o de malintencionados. Para los dirigentes del PP no existe problema alguno. Y si existe lo ha creado artificialmente la actuación irresponsable del Presidente del Gobierno, al despertar entre la clase política catalana unas expectativas infundadas. Aznar acaba de celebrar que con la sentencia del Tribunal Constitucional el debate sobre la nación catalana "ya ha sido zanjado. Pues no. El problema es más complejo. Léase el artículo de Artur Mas El espejo roto recientemente publicado en La Vanguardia  o la presencia de más de un millón de catalanes en la manifestación reciente celebrada en las calles de Barcelona.

Y todavía para algunos no existe el problema de España. Hace falta estar ciegos.

 

 

 

Publicado en El Periódico de Aragón, 12 de julio de 2010.

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