Murió la verdad

Enviado por cmarquesanm el Sáb, 16/01/2021 - 11:42
Goya

Del historiador Timothy Snyder es el libro Sobre la tiranía. Veinte lecciones que aprender del siglo XX. Sería recomendable su lectura hoy en colegios e institutos, ya que muchos jóvenes se inclinan por partidos políticos que desprecian la democracia. Un ejemplo. la diputada Macarena Olona, en relación a los exmilitares del chat que estaban dispuestos a fusilar a 26 millones de españoles dijo «por supuesto que son nuestra gente». La democracia es algo muy serio. ¿Esos jóvenes saben qué es una dictadura?

Solo me fijaré en la lección décima, «Cree en la verdad». Sus reflexiones nos ayudan a entender muchas de las cosas que nos están ocurriendo y los peligros futuros, como consecuencia de nuestra renuncia a la verdad. Y acertó de pleno, como acabamos de ver en el asalto al Capitolio. Si nada es verdad, todo es espectáculo.

No deberíamos olvidar que la posverdad es la antesala del fascismo. Y tener claro que nos sometemos a la tiranía al renunciar a la diferencia entre lo que queremos oír y lo que oímos realmente.

Snyder aduce, según han señalado estudiosos del totalitarismo, como Víctor Kemplerer, que la verdad puede morir de cuatro maneras. En su actuación política,Trump todas las ha usado. Un paradigma de la perversión de la democracia y que ha sido imitado con auténtico frenesí por otros políticos. Por supuesto, también en España. Estos políticos no serían posibles si detrás no hubiera un soporte electoral. Sus 3.656.979 votantes españoles deberían reflexionar en profundidad. ¿Quieren ver escenas en el Congreso de Diputados como las vistas en el Capitolio? Y también PP y Cs, que han pactado con esos políticos.

La primera, es la hostilidad declarada a la realidad verificable, que supone presentar las mentiras como si fueran hechos. En la campaña presidencial de Trump de 2016, de sus declaraciones se descubrió que el 78% eran falsas, una proporción tan elevada que da que pensar que las afirmaciones verdaderas fueran producto de descuidos. Degradar el mundo tal como es supone crear un mundo-ficticio. La verdad queda relegada al olvido al ser un arma inservible para dañar o intimidar, como también para ganar votos.

La segunda es el encantamiento chamánico, como señalaba Klemperer. El estilo fascista usa la repetición constante, con el objetivo de hacer plausible lo ficticio y deseable lo criminal. El uso sistemático de insultos como «la deshonesta Hillary» trasladaba a la candidata demócrata características más propias de él. Mediante la repetición constante a través de Twitter transformaba a los individuos en determinados estereotipos que asumía parte del electorado. En España, Sánchez, Iglesias e Illa han sido calificados de asesinos y criminales. Y algunos medios se regocijan con tales epítetos y los realzan.

La tercera es el pensamiento mágico. O lo que es lo mismo, la aceptación perversa y descarada de las contradicciones. Trump prometía bajar impuestos a todos, acabar con la deuda pública e incrementar el gasto en políticas sociales y en defensa. Tales propuestas se contradecían y eran imposibles de llevarse a cabo. Esto era la cuadratura del círculo. Aceptar tales falsedades supone una renuncia absoluta de la razón. En España ocurre lo mismo. Nada hay más que consultar algunas propuestas para combatir la pandemia, sus secuelas sociales y económicas. Ayudas a todos, con rebajas de impuestos generalizada, sin presupuestos y sin aumentar la deuda pública.

La cuarta es la fe depositada en quienes no la merecen. Esto está relacionado con las declaraciones autosuficientes que hacía Trump: «Solo yo puedo resolverlo» o «yo soy vuestra voz». Si la fe baja de los cielos a la tierra, no hay lugar para las pequeñas verdades de nuestro razonamiento y nuestra experiencia. Lo que le atemorizaba a Klemperer es que esa táctica se hizo permanente en tiempos del nazismo. Si la verdad provenía de una especie de oráculo celeste en lugar de los hechos comprobables, las pruebas, los datos empíricos se convierten en irrelevantes. Al final de la guerra, un trabajador le dijo a Klemperer que «comprender no sirve de nada, hay que tener fe. Yo creo en el Führer».

Sigue diciéndonos Snyder: Ahora parece que estamos preocupados por la posverdad, como si fuera una novedad. Ya denunció George Orwell hace 70 años en su obra 1984, que el mundo en el que se vivió bajo los regímenes nazi y estalinista era ficticio, porque todo en él era interpretado a través de una ideología oficial, cuya verdad no sólo necesitaba ser instaurada mediante los mecanismos de poder, sino que, además, se trataba de una verdad siempre dinámica, que se iba acoplando a la realidad de acuerdo a las necesidades políticas de sus dirigentes. Esta relación entre el lenguaje y la política queda perfectamente plasmada en el concepto de doble-pensar: la capacidad de sostener dos creencias contradictorias, simultáneamente, en la mente de una sola persona y aceptar ambas; decir mentiras al mismo tiempo que se cree genuinamente en ellas; olvidar cualquier acontecimiento que resulte inconveniente; retractarse de alguna cosa dicha cuando se necesite (de un modo sutil y plausible, claro está); así como negar la existencia de una realidad objetiva, a la vez que se tiene en cuenta la realidad que se niega. Francisco de Goya en la serie de 82 grabados Los desastres de la Guerra, en el nº 79 Murió la verdad ya hizo también la misma denuncia que Orwell.

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