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¿Y si hubiera una huelga de las empleadas del servicio doméstico y de los abuelos?

Cándido Marquesán Millán

Entre los artículos leídos este verano hay uno, que me ha impactado especialmente, titulado Manos invisibles, de Ángeles González-Sinde publicado en El Periódico de Cataluña y El Periódico de Aragón. Expone que unos 700.000 trabajadores, en su gran mayoría mujeres, de ellas un 80% inmigrantes, se dedican a barrer, fregar, cocinar, lavar, tender, planchar, cuidar niños y ancianos–, una tarea que nunca fue reconocida. La sociedad española se sostiene gracias a estas extranjeras que se ocupan de nuestros hijos, de nuestros mayores y de nuestras casas. Tengo la costumbre de pasear en Zaragoza por la Gran Vía y el Paseo San Francisco y puedo observar cómo rumanas, ucranianas, colombianas, ecuatorianas llevan en sus coches de ruedas a nuestros ancianos. Muchas de ellas con sueldos miserables, la mitad sin estar dadas de alta en la Seguridad Social, con horarios, a veces, de 24 horas. El gobierno no tiene ningún interés en regular sus condiciones de trabajo equiparándolas con las de cualquier trabajador.

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