¿GALGOS O PODENCOS?

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Antonio Coscollar Santaliestra

¿Ha dado comienzo una nueva Edad Media? Ha tenido éxito entre nosotros la expresión, traída del inglés, siglos oscuros. Desde hace décadas algunos historiadores nos recuerdan que no fueron tan oscuros, tal vez porque ya sospechaban entonces que antes o después volveríamos a ellos. Sin embargo, quienes se niegan a considerar que los europeos también somos bárbaros, mantienen sin pudor que la Edad Media sigue siendo una época tenebrosa, para que podamos destacar con el tenue fulgor de las luciérnagas, en las que solo reparamos cuando brillan en la oscuridad.

Los aragoneses, entre el resto de europeos, tratando de escapar de las calamidades y las amenazas de los siglos oscuros (se suele contar a los escolares) nos organizamos en tres estamentos. Uno se dedicaba a rezar para conjurar los maleficios; el segundo proveía a los primeros para que estos ayudaran a los segundos a aceptar la frustración de no permitirles echar la culpa a nadie más que a sí mismos (que en eso consiste también ser portador de un pecado original); el tercero surgió para proteger de las injusticias a los dos anteriores ‑la nobleza-. Nobleza que hoy (con las mismas ansias de perpetuarse) controla nuestros parlamentos y que, con excepciones que han pagado cara su osadía, tratan de dinamitar la división de poderes.

Como si entonces no fuera suficiente, vuelven ceñudos y amenazadores los pueblos germanos. Carlos V convocaba Cortes cuando quería proveerse de recursos para sus campañas electorales europeas. Con el espíritu sumiso de entonces, las Cortes actuales modifican la Constitución a la medida de nuestros adversarios, olvidando que el valor de una cultura se mide no solo por lo que quiere modificar sino por lo que anhela conservar.

Qué lástima que los españoles, y con ellos los aragoneses, no hayamos adoptado las mejores costumbres inglesas. Cuando nos vienen mal dadas solemos tomarla con nuestros iguales, sean éstos judíos o moriscos, rojos o azules. Los ingleses, sin embargo, se unieron frente un enemigo común y de ese modo cayó Carlos II y también cayó Cromwell.

Nuestro siglo XIX terminó para algunos historiadores en 1978, cuando fue proclamada la actual Constitución, pues piensan que el general Franco protagonizó el último de los pronunciamientos militares del XIX, guerra civil y posguerra incluidas.

No deja de sorprender que el fascismo arraigara con fuerza en aquellos países donde la unidad nacional siguió siendo un problema durante el siglo XIX, a saber, Alemania, Italia y España. En España, en lugar de hablar con claridad para alcanzar una solución viable, seguimos (¿seguiremos?) discutiendo hasta hacer de los asuntos de Estado causa de confrontación. En el XVIII, Tomás de Iriarte ya lo vio venir e hizo sonar esa flauta en su fábula de las dos liebres. Y si es cierto que Hispania significa tierra de conejos, la coplilla nos viene al pelo:

Por entre unas matas

seguido de perros

(no diré corría)

volaba un conejo.

 

De su madriguera

salió un compañero,

y le dijo: «Tente,

amigo, ¿qué es esto?»

 

«¿Qué ha de ser? responde.

Sin aliento llego...

Dos pícaros galgos

me vienen siguiendo.»

 

«Sí, replica el otro,

por allí los veo...

Pero no son galgos.»

«Pues ¿qué son?» -«¡Podencos!»

 

«¡Qué! ¿Podencos dices?»

«Sí, como mi abuelo.»

«Galgos y muy galgos:

bien visto lo tengo.»

 

«Son Podencos: vaya,

que no entiendes de eso.»

«Son galgos, te digo.»

«Digo que podencos.»

 

En esta disputa

llegando los perros,

pillan descuidados

a mis dos conejos.

 

Los que por cuestiones

de poco momento

dejan lo que importa,

 

llévense este ejemplo.

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