¿Y si hubiera una huelga de las empleadas del servicio doméstico y de los abuelos?

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Cándido Marquesán Millán

Entre los artículos leídos este verano hay uno, que me ha impactado especialmente, titulado Manos invisibles, de Ángeles González-Sinde publicado en El Periódico de Cataluña y El Periódico de Aragón. Expone que unos 700.000 trabajadores, en su gran mayoría mujeres, de ellas un 80% inmigrantes, se dedican a barrer, fregar, cocinar, lavar, tender, planchar, cuidar niños y ancianos–, una tarea que nunca fue reconocida. La sociedad española se sostiene gracias a estas extranjeras que se ocupan de nuestros hijos, de nuestros mayores y de nuestras casas. Tengo la costumbre de pasear en Zaragoza por la Gran Vía y el Paseo San Francisco y puedo observar cómo rumanas, ucranianas, colombianas, ecuatorianas llevan en sus coches de ruedas a nuestros ancianos. Muchas de ellas con sueldos miserables, la mitad sin estar dadas de alta en la Seguridad Social, con horarios, a veces, de 24 horas. El gobierno no tiene ningún interés en regular sus condiciones de trabajo equiparándolas con las de cualquier trabajador. Si lo hiciera, tendría un grave problema: el de cubrir un vacío absoluto de servicios que no ofrece y debería hacerlo. Un dato en España, apenas el 8% de los niños de entre 0 y 3 años tienen plaza en una guardería pública. Según el Observatorio Estatal para la Dependencia a 30 de junio de 2017, el número de dependientes reconocidos por el Sistema de Autonomía personal y Atención a la Dependencia (SAAD) es de 1.217.355 y las personas atendidas son 898.243, por lo que 319.112 están a la espera de recibir las prestaciones a las que tienen derecho. Si todas esas inmigrantes son imprescindibles, ¿por qué son invisibles? Quizá lo sean, según Ángeles González-Sinde, porque no suelen hablar de sí mismas. Por las características de su empleo, el asociacionismo y la afiliación sindical son bajos, y por tanto carecen de instrumentos sociales para reivindicarse y tener voz. Un dato nos servirá para darnos cuenta del papel clave desempeñado por ellas “Si hubiera una huelga del servicio doméstico, el 46% de los trabajadores no podrían ir al trabajo”. Estas líneas van especialmente dedicadas a esas auténticas cabezas cuadradas de nativos españoles, plenas de racismo y xenofobia, que abundan cada vez más en esta España nuestra. Estado de opinión al que contribuyen la clase política. Recuerdo un folleto xenófobo, editado por el líder del PP en la ciudad de Badalona, Xavier García Albiol, en el que se estableció una relación directa de la inseguridad con inmigración e incluyó, entre otras, la fotografía de una pancarta con la frase: No queremos rumanos. En febrero de 2008, don Miguel Arias Cañete disertó sobre las tensiones generadas en nuestra sistema de salud, con las urgencias colapsadas, porque los inmigrantes habían descubierto que para hacerse una mamografía en Ecuador debían pagar el salario de 9 meses y aquí, en urgencias, se la hacen en un cuarto de hora; y con la descalificación de los camareros sudamericanos, que ya no son como los de antes, a los que les podía pedir un cortado, una tostada con crema y una de boquerones con vinagre, y te lo traían todo con gran eficacia. O las palabras del edil del PP de Ciudad Real: “Cuando vas a Hacienda solo ves españoles; en Urgencias, solo extranjeros”. Lo que por otra parte es falso. La Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria en un estudio realizado en 2008 recogió los datos aportados por sus socios, para concluir que el 57,75% de la población española había acudido al menos una vez a los servicios de atención primaria, frente a solo el 12,7% de la población inmigrante.

 

Ahora quiero fijarme en otro colectivo, el de los abuelos/as, a los que también se les podría aplicar el título de Manos Invisibles, por los trabajos que realizan. No obstante, me parece conveniente antes de hablar de esos invisibles trabajos hacer breve introducción.

Los medios de comunicación y los políticos nos dicen que España tiene un grave problema: el envejecimiento de su población. Es cierto tal hecho demográfico. Según el Instituto Nacional de Estadística, la esperanza de vida en 2015 llegó a 82,7 años, siendo de 80,3 en 2005. En los hombres 79,9 y en las mujeres 85,4. La población mayor de 65 asciende a casi 8,7 millones a 1 de enero de 2016; de estos 8,3 españoles y unos 350.000 extranjeros. Cara el futuro la esperanza de vida seguirá incrementándose, y alcanzará en 2031 los 83,2 en los varones y los 87,7 en las mujeres. En 2065, de mantenerse la tendencia, la esperanza de vida podría alcanzar los 88,6 en los varones y 91,6 en las mujeres.

Tal incremento de la esperanza de vida supone que los españoles vivimos cada vez más, lo que entiendo es bueno. Lo malo sería que viviéramos cada vez menos. No obstante, a algunos parece que no les importa, como dijo un alto dignatario japonés: ¿por qué no se mueren los viejos? Los políticos, periodistas, economistas y académicos, cuando hablan del problema del envejecimiento de la población española lo relacionan con el mantenimiento de las pensiones públicas, ya que cada vez habrá menos trabajadores y con sueldos más bajos, por lo que se reducirán las cotizaciones. Y al repetirlo de una manera machacona, con aviesas intenciones “Este mes ha habido que sacar no “sé cuantos millones del Fondo de Reserva de la Seguridad Social para pagar la extra” o “Para la próxima ya no hay suficiente”, va calando en la sociedad española la idea de que los jubilados están poniendo en quiebra las finanzas del Estado, de que están “robando” al Estado porque tienen la manía de querer cobrar la pensión, algo que asumen muchos jubilados y cada vez más sectores de la sociedad. ¿Por qué no publican todos los meses los costos en rescates de autopistas, en armamento o en la corrupción? Es una práctica del sistema neoliberal, el enfrentar a diferentes sectores de la sociedad: al parado con el inmigrante porque le “quitan” el puesto de trabajo, a los jóvenes con esos sueldos miserables con los jubilados porque tienen una pensión “asegurada”, por cierto, para casi 5 millones de ellos, su pensión es inferior al salario mínimo interprofesional (SMI), es decir, menos de los 707,6 euros.

Malos tiempos en los que hay que demostrar y defender lo obvio. Los jubilados actuales cobran una pensión, porque a lo largo de su vida laboral han hecho sus cotizaciones, las establecidas por ley cara a una futura jubilación, de acuerdo con un sistema de reparto. Por tanto, no es un privilegio es un derecho. Con las cotizaciones de los trabajadores actuales se pagan las pensiones de hoy. Con las de los pensionistas actuales, cuando trabajaban se sostuvieron las pensiones pasadas. Esto es así, y se sustenta en una solidaridad intergeneracional. Esto es lo que hace una sociedad grande. Ni que decir tiene que esa solidaridad se está fracturando con sus secuelas gravísimas.

Por otra parte, hay otra obviedad desapercibida para muchos no sé si despistados o malintencionados. Los jubilados pagan sus impuestos como los demás ciudadanos: IVA, sucesiones, el IRPF de su pensión. Sobre este impuesto merece la pena detenerse.

  1. La pensión no es un rendimiento del trabajo.

  2. Las pensiones actuales se fueron generando durante la vida laboral que con el cobro de los salarios fueron sometidas ya al I.R.P.F. Es decir, ya tributaron por el impuesto.

  3. Por lo tanto, al ser sometidas en la actualidad al I.R.P.F. están siendo gravadas nuevamente por el mismo impuesto, cayendo claramente en la figura de "doble imposición", que se debe corregir haciendo que la pensión quede excluida del I.R.P.F.

  4. La pensión podría tener cabida como rendimiento de capital mobiliario, con una fiscalidad mucho menor y que va disminuyendo progresivamente con la edad del jubilado.

Y hay otra obviedad. Ahora es el momento de hablar de esos trabajos invisibles de los abuelos. Muchos jubilados, no están pasivos. No se limitan a sacar al perro, a ir a comprar el pan, o tumbarse en el sofá a ver la caja tonta. Llevan a cabo labores muy importantes. Una de ellas, el cuidado de sus nietos, y a veces a sus padres mayores. En España, un 55% de los abuelos cuidan de sus nietos regularmente, y el 30% diariamente. A esos despistados o malintencionados les recomiendo que se den una vuelta por el barrio zaragozano de Valdespartera con muchas parejas jóvenes, y verán cuántos abuelos cuidan a sus nietos. Desde llevarlos y recogerlos al colegio, darles de comer, acompañarlos a las actividades deportivas, cuidarlos cuando están enfermos, etc. Y durante las vacaciones durante gran parte del día. No es descabellado afirmar que si los abuelos se declarasen en huelga se paralizaba el país. Están realizado un trabajo de cuidados, que si se contabilizase en el PIB supondría un porcentaje importante. Los abuelos, como las empleadas del servicio doméstico están supliendo y cubriendo las enormes carencias de unas políticas familiares orientadas a la conciliación familiar y laboral. Según numerosos estudios, tener acceso a los abuelos como proveedores de cuidado de los niños beneficia a las mujeres, ya que aumenta la probabilidad de tener un trabajo a tiempo completo o a tiempo parcial y la de tener hijos. Por ello, los abuelos contribuyen tanto al aumento de la población activa como a su rejuvenecimiento por el incremento de la natalidad. Y por último, un porcentaje no pequeño de las pensiones sirve para ayudar a los hijos parados o con trabajos precarios.

 

(Publicado en nuevatribuna.es el 2 de septiembre de 2017)

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