CABAÑERO TRAS LA CINCOMARZADA

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José Ramón Villanueva Herrero

  Acabamos de celebrar en la fiesta de la “Cincomarzada”, fecha que recuerda la heroica defensa de los zaragozanos ante el ataque que sufrió la capital de Aragón  en la madrugada del 5 de marzo de 1838 por parte de las tropas carlistas comandadas por Juan Cabañero y Esponera, destacado combatiente y defensor de la monarquía absoluta durante la I Guerra Carlista (1833-1840) natural de la localidad bajoaragonesa de Urrea de Gaén.

La fiesta cívico-política de la Cincomarzada se ha celebrado en Zaragoza desde 1839, excepción hecha del paréntesis que supuso la dictadura franquista en que fue suprimida, resurgiendo con fuerza tras la recuperación de la democracia. Hoy, como ayer, junto a su carácter festivo y popular, mantiene un hondo significado político y reivindicativo dado que conmemora la victoria de las fuerzas liberal-progresistas sobre el oscurantismo de la reacción carlista.

Tras este hecho de armas, mientras Zaragoza adquirió el título de “Siempre Heroica”, el fracaso de Cabañero,  en su propósito de apoderarse de la ciudad en un ataque por sorpresa y de madrugada, truncó  su hasta entonces brillante trayectoria militar en las filas carlistas. Tras la derrota sufrida, se retiró con las tropas que pudo salvar del desastre a Cantavieja, cuartel general del carlismo insurrecto en Aragón, donde fue agriamente reprendido por Cabrera el cual perdió la confianza en Cabañero y, por ello, cayó en desgracia en el seno del bando carlista. Esta fue la razón por la cual solicitó su traslado al Ejército del Norte y, de este modo, combatió en tierras de Navarra a las órdenes del general Maroto.

En aquella guerra civil, sangrienta y cruel que ya se prolongaba por espacio de 6 años, diversos sectores del carlismo combatiente pensaban en llegar a una transacción, a una paz negociada que pusiera fin a tanto sufrimiento. Así se llegó al célebre Convenio de Vergara del 31 de agosto de 1839 que, con el simbólico abrazo entre los generales Espartero y Maroto, puso fin a la guerra en tierras vasco-navarras. Cabañero, al igual que las tropas de Maroto, se acogió a las condiciones de la paz, abandonó las filas carlistas y pasó a ser un militar “convenido”, nombre con el que eran conocidos quienes aceptaron el Convenio de Vergara y, por ello, reconoció la legitimidad de la monarquía liberal a la cual habían combatido hasta entonces.

Sin embargo, Cabrera se negó a aceptar la paz y continuó la guerra en sus bastiones del Maestrazgo. Por ello, en esta última fase de la guerra, Cabañero, estando a las órdenes de Espartero, fue enviado al frente de Aragón. No obstante, para poner fin al enfrentamiento, Cabañero intentó que sus antiguos compañeros de armas aceptasen la paz honrosa de Vergara mediante una proclama titulada “Alocución de Cabañero a los aragoneses que se encuentran con las armas en la mano bajo el dominio de Cabrera” mediante la cual les instaba a que siguieran su ejemplo y abandonasen la postura intransigente de Cabrera, partidario de continuar la guerra con todas sus consecuencias. Esta alocución produjo en “el tigre del Maestrazgo”, en el irreductible Cabrera, una furibunda reacción que, refiriéndose al militar urreano como “el infame Cabañero”, el cual, pasado a las filas liberales, lo define como “capitán de bandidos” y, en pleno delirio, Cabrera advierte a sus leales en una proclama dirigida a “los habitantes y al Ejército de los Reynos de Aragón, Valencia y Murcia” que, “si entre vosotros circulasen las palabras venenosas de la paz y la fraternidad, abominad de ellas y avisadme”, lo cual refleja con toda crudeza el carácter, la verdadera personalidad del excesivamente mitificado jefe carlista. Este odio tuvo una consecuencia trágica: el fusilamiento del hijo de Cabañero:  Mariano, que así se llamaba, tenía 18 años, servía en las tropas carlistas a las órdenes directas de Cabrera y fue éste quien mandó fusilarlo en las proximidades de Morella. Además, el encono hacia el “convenido” Cabañero hizo que en algunos pueblos aragoneses, todavía bajo control carlista, se hicieran efigies de paja de él, las cuales fueron quemadas públicamente después cual si de un auto de fe inquisitorial se tratara.

Pero la guerra continuaba en el Maestrazgo y en ella Cabañero, a las órdenes de Espartero, participó activamente y, por ello,  durante los primeros meses de 1840, intervino en la toma sucesiva de los bastiones carlistas de Segura de Baños, Castellote y Morella.

La guerra carlista terminó finalmente pero Cabañero nunca se libró de los recelos que determinados sectores del liberalismo progresista tenían hacia su persona así como del visceral odio que le tenían sus antiguos compañeros carlistas, lo hallamos participando en diversos hechos de armas. No obstante, su actividad militar continuó y, durante la Regencia de Espartero combatió en tierras pirenaicas la sublevación de O´Donnell (octubre 1841). Igualmente,  ya durante el reinado de Isabel II, en la llamada “Guerra dels Matiners” (1848), un nuevo levantamiento carlista en tierras del Bajo Aragón-Maestrazgo, Cabañero, desde su base de operaciones en Peñarroya de Tastavíns volvió a batirse contra los partidas carlistas y, finalmente en 1849, bajo el férreo gobierno del general Narváez, fue nombrado Comandante General de la provincia de Teruel.

Cabañero, el antiguo carlista que fracasó ante Zaragoza un histórico 5 de marzo, murió en Albalate del Arzobispo un 3 de mayo de 1850. Muchas dudas, recelos y odios suscitó a lo largo de su vida pero parece clara su evolución política, la cual  le llevó desde las filas del carlismo insurrecto y combativo a las del liberalismo moderado. Por encima de lo cuestionada que pudiera ser la figura de Juan Cabañero, lo cierto es que tantas incomprensiones y, sobre todo, el asesinato de su hijo por orden directa de Cabrera, fueron el elevado precio que tuvo que pagar por haber sido un militar “convenido”.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 5 marzo 2017)

 

 

 

 

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