DOS DENOMINACIONES INAPROPIADAS

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José Ramón Villanueva Herrero

Mucho se ha hablado y escrito en estos pasados días con motivo del 80º aniversario del inicio de la guerra de 1936-1939, una tragedia colectiva que ha marcado la historia, la memoria y la conciencia de varias generaciones de españoles. Se han recordado personas y sucesos relacionados con este triste aniversario, algo que sigue siendo necesario, pues se trata de una deuda pendiente de nuestra democracia para con las víctimas del régimen genocida que fue el franquismo.

Hoy quisiera recordar las reflexiones que Charles y Henry Farreny plantearon en su conferencia titulada «El uso de las denominaciones “Guerra Civil Española” y “nacionales”: examen crítico a través de las posguerras española y europea» que tuvo lugar el 4 de abril de 2014, organizada por el Seminario Complutense Historia, Cultura y Memoria, en colaboración con la Fundación Pablo Iglesias. Y es que, estas denominaciones tienen una innegable carga ideológica y, por ello, son partidarias, no son objetivas, algo que resulta necesario desvelar para poder hablar de estas cuestiones con exactitud, lo cual es un deber cívico, político y pedagógico. Se trata, pues, para dichos autores, de expresiones “insatisfactorias”, que han prosperado en la sociedad española dado que “los vencedores de la guerra y sus herederos han dominado fuertemente y marcado duramente la educación y la cultura tanto como la política”.

En primer lugar, sobre la denominación “guerra civil”, resulta obvio que nuestra contienda lo fue si nos atenemos a la definición de la Real Academia Española de la Lengua (“la que tienen entre sí los habitantes de un mismo pueblo o nación”) pero, también resulta innegable que la presencia de numerosas fuerzas extranjeras la convirtió, desde el inicio, en una “guerra internacional”. Así lo evidencia la participación, en las filas de los rebeldes,  de 90.000 combatientes marroquíes de las tropas coloniales, 16.000 soldados de la Legión Cóndor hitleriana, los 120.000 italianos de la CTV enviados por Mussolini o los 20.000 viriatos que aportó la dictadura portuguesa de Oliveira de  Salazar, mientras que las fuerzas leales a la República contaron con  el apoyo de dos millares de asesores soviéticos y de los 35.000 brigadistas internacionales llegados de más de 50 países con objeto de combatir al fascismo. Por ello, como señalaba el historiador H. R. Southworth, “la guerra civil de España fue, desde la primera semana, una guerra internacional”. En consecuencia, la denominación “guerra civil” elude una parte importante de la realidad: la guerra desarrollada contra militares extranjeros en suelo español y, con ello, se oculta el importante papel de las tropas extranjeras nazi-fascistas para derrocar a la República, lo cual supone una “representación truncada de la realidad” por parte de los vencedores que, al enfatizar la dimensión fratricida de la guerra, pretendían, de forma intencionada, ocultar el carácter internacional de la misma.

Además de lo dicho, en el extranjero, sobre todo en Francia, se divulgó la denominación “guerra civil” dado que ésta convenía a los partidarios de la No Intervención para justificarla, para disimular sus propias responsabilidades en la derrota de la República, esto es, el vergonzante abandono por parte de las democracias de la causa legítima de la República española acosada por los fascismos.

Por lo que se refiere a la denominación “nacionales” o “nacionalistas”, tampoco caracterizan correctamente a los partidarios de la sublevación dado que, como hemos indicado, hubo muchos extranjeros que no eran “nacionales” (ciudadanos españoles) y resulta insuficiente a la hora de distinguir entre partidarios y adversarios del golpe militar pues olvida que la gran mayoría de los republicanos eran nacionales, esto es, ciudadanos de España, y tenían fuertes sentimientos patrióticos inspirados por los ideales de la libertad y la justicia social. Además, el uso intencionado de la denominación “nacionales” por parte del régimen y de la historiografía conservadora o filofascista les ha servido para encubrir los objetivos y actos antirrepublicanos de los rebeldes, razón por la cual, cuando éstos se llamaban en sus actos y proclamas “nacionales”, condición que negaban a los republicanos que también amaban a España, los facciosos no por ello eran “patriotas”, como se empeñaban en proclamar hasta  la saciedad, sino, simplemente, “enemigos de la democracia” republicana. Así, los defensores del término “nacionales” pretendían dar a los vencedores una “respetabilidad patriótica” a expensas de los republicanos a la vez que ocultaban los objetivos dictatoriales del franquismo. Además, en el extranjero, su empleo sirvió a los partidarios de la No Intervención para “ignorar” la política liberticida de inspiración fascista de los sublevados.

Además de lo dicho, tampoco resulta adecuada la denominación “nacionalista” puesto que obvia el hecho de que amplios sectores políticos y sociales de Cataluña y Euskadi, que también defendieron la causa republicana,  se sentían “nacionalistas”, al margen del monopolio excluyente que de este término hicieron uso  los rebeldes.

A modo de conclusión, las denominaciones “Guerra Civil Española” y “nacionales”, independientemente de sus orígenes, distorsionan la realidad histórica pues son ideológicamente tendenciosas. Pese a reconocer los autores que “la propaganda ha sido tan intensa durante tres generaciones que se ha vuelto difícil abandonar los términos tradicionales”, consideran que lo correcto sería reemplazar la denominación “Guerra Civil Española” por la de “Guerra de España de 1936 -1939” y la de “nacionales” por la de “antirrepublicanos”, “opositores a la República” y, por mi parte, también considero que serían de uso correcto otras alternativas como “sublevados”, “rebeldes”, “fascistas” o “liberticidas”. Por todo lo dicho, es necesario nombrar correctamente la guerra de España de 1936-1939 y a las fuerzas involucradas y por ello, es conveniente el uso de las denominaciones alternativas propuestas,  pues ellas, además de correctas, estimulan en pensamiento crítico de nuestro pasado traumático.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en El Periódico de Aragón, 2 agosto 2016)

 

 

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