EL FINAL DE UNA ÉPOCA

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Desde que en el 2008 estalló la crisis global ya nada es igual en nuestras vidas: cambios profundos y retrocesos graves han sacudido la economía, el sistema político y, en consecuencia, nuestra sociedad. Tenemos la sensación de que lo que hasta entonces era nuestro modelo de vida ha entrado en un declive (¿irreversible?) que está resquebrajando el Estado del Bienestar, y esta situación de desencanto y pesimismo parece mostrarnos un futuro incierto ante lo que hasta ahora eran nuestras evidencias y seguridades, azotadas éstas por un triple vendaval.

Un primer vendaval tambaleó la economía e impuso una implacable austeridad, un austericidio que, en opinión de Sian Jones ha provocado “un crimen social masivo”, unos recortes que se ensañaron de forma especial con los sectores más débiles de la sociedad y cuyos efectos siguen siendo patentes.

Por otra parte, el mercado laboral no ofrece un futuro digno a nuestros jóvenes, las condiciones laborales parecen retrotraernos al s. XIX y los salarios se deterioran hasta el punto de que ha aparecido la figura del “trabajador pobre”, de aquel que pese a tener un empleo, se halla en el límite de la subsistencia dado que, en acertada expresión de Iñaki Gabilondo, los salarios se han “jibarizado”.

Pese a que desde instancias gubernamentales se diga que “estamos saliendo de la crisis”, lo cierto es que la recuperación no llega a todos los hogares dado que esta crisis ha dejado profundas cicatrices, una fractura social que ha supuesto que la pobreza se haya cronoficado, que el empleo que se crea sea muy precario y que exista una lacerante falta de oportunidades para el futuro de la juventud, hasta el punto de que ya hemos asumido que, lamentablemente, nuestros hijos vivirán peor que nosotros. Por todo ello, se ha producido un vaciado de rentas de la clase media-baja a la alta, un fenómeno inverso de redistribución de la riqueza en beneficio de los poderosos de siempre.

Un segundo vendaval, consecuencia del anterior, es el que ha producido un profundo y grave descrédito de las instituciones y de la clase política a la hora de enfrentarse a la crisis global dado que éstas no han sabido estar a la altura que las circunstancias requerían. Ello ha supuesto, como señalaba Carlos Taibo, una “pérdida de legitimidad” de nuestros representantes políticos ya que, “la mayoría de las decisiones importantes quedan en manos de poderosas corporaciones financieras” y es por ello que no hay más que recordar la actuación de la Troika o la imposición de la reforma del artículo 135 de nuestra Constitución.

Es por ello que Arcadi Oliveres aluda a que vivimos en una democracia formal cada vez más vacía de contenido con atisbos de lo que ha dado en llamarse “fascismo social”, como lo es el hecho de conceder miles de millones a la banca a cambio de recortarlos de la educación, la salud, la dependencia, la vivienda o de obras públicas. Obviamente nos hallamos ante un déficit democrático, o una “democracia de baja intensidad”, como diría Boaventura de Sousa Santos ya que las decisiones importantes no las toman los gobiernos elegidos por la ciudadanía, sino los poderes económicos dominantes.

Esta situación coincide con que, tras la caída del Muro de Berlín y el fracaso del llamado “socialismo real”, asistimos, como señalaba Jesús Sanz, a una “crisis de las utopías emancipadoras, lo cual se evidencia en una ausencia de un relato consolidado alternativo y es que, “otro mundo es posible” … pero todavía no hemos llegado a precisar cuál es la ansiada alternativa. Sin embargo, también es cierto que las consecuencias de la crisis global de 2008 han hecho que esté más vivo que nunca el debate en torno a las alternativas al sistema actual.

Todas estas circunstancias han dado lugar a un tercer vendaval, el de la rebelión social, una rebelión indignada de los sectores que han padecido con mayor crudeza los efectos de la crisis y de ello son ejemplo la defensa de la defensa de la sanidad pública o las pensiones. Por ello, esta rebelión, sobre todo a partir del 15-M, ha abierto el camino para cambiar la situación actual, la cual pasa, necesariamente, por el impulso de una democracia más participativa dado que, como señalaba Amador Fernández Savater, el malestar sirve de combustible para la acción y actúa como energía de transformación social. Ciertamente, nos hallamos, tras estas tres tempestades, ante unos vientos de cambio en un mundo en rápida transformación…pero no sabemos hacia dónde nos conducirán. Esa incertidumbre es el sino de nuestros tiempos.

José Ramón Villanueva Herrero (publicado en: El Periódico de Aragón, 20 septiembre 2018)

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