Frente a la visceralidad, hay que recuperar la sensatez en la cuestión catalana

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Cándido Marquesán Millán

Que estamos inmersos los españoles en un callejón sin salida a nivel político es una obviedad. El primero y de más enjundia es el catalán, aunque también es español. ¿Cómo es posible que hayamos llegado a esta situación en la que el 47% de los votantes en el 27-S en Cataluña manifestaron claramente sus preferencias independentistas? En repetidas ocasiones he citado las causas: la ineptitud, el abuso del anticatalanismo con fines electorales, la prepotencia el autismo político de Rajoy, etc. Por la otra, la crisis económica ha propiciado el independentismo, del que algunas fuerzas políticas se han servido para ocultar sus vergüenzas; otras no, ya que siempre se manifestaron por la independencia. Algo totalmente legítimo. Saber de dónde venimos y por qué hemos llegado hasta aquí es necesario, mas también hay que buscar una solución razonable. Así no se puede seguir. Con el inmovilismo recurriendo al TC. y con la ruptura de la legalidad no hay salida. Habrá que reconstruir el diálogo de alguna manera, que para eso existe la política, con mayúsculas.

Estamos observando estos días previos a la formación del Gobierno del Reino de España que Pedro Sánchez, con la oposición encarnizada de Susana Díaz y de los barones, está tendiendo puentes hacia fuerzas políticas catalanas independentistas. Véase el haber ofrecido una reforma federal de nuestra Carta Magna al nuevo presidente de la Generalitat Carles Puigdemont, así como ceder unos senadores socialistas a ERC y   Demcràcia y Llibertat para que puedan formar grupo en el Senado. ¿Cuál es la propuesta de Rajoy? Más de lo mismo. Así en los próximos  años más independentistas. Evidentemente la propuesta de Sánchez parece hoy insuficiente, pero es una propuesta. En cuanto a Podemos en su programa llevaba el referéndum, que algún día habrá que hacerlo, lo que no significa ser partidario de la independencia, como manifiestan de una manera retorcida determinadas fuerzas políticas y toda la Brunete mediática. Insisto, algo hay que hacer.

A la hora de acercarme a la cuestión catalana, procuro informarme en medios de comunicación de aquí y de allá. De no ser así, la opinión tiene que ser sesgada. Es claro. Hace unas semanas estuve de viaje en Cuenca, y pude observar que en los kioscos mayoritariamente se vendían La Razón, ABC y El Mundo. ¿Cómo será la opinión de los conquenses respecto al tema catalán si leen las editoriales de Marhuenda? Este fin de semana he estado en Torredembarra, provincia de Tarragona, y he visto que mayoritariamente son El Periódico de Cataluña, La Vanguardia y también Ara. Obviamente la visión cambia. Por eso, yo recomiendo leer de aquí y de allá. Es lo que tengo la costumbre de hacer.

Y de un periódico de allá acabo de leer comentarios muy equilibrados y llenos de sentido común. El artículo Ganar tiempo de Juan-José López Burniol  termina asÍ:  El objetivo de esta investidura al límite ha sido eludir las urnas y ganar tiempo ­para negociar una salida honrosa al conflicto, aunque esto no se reconocerá ­nunca. Porque el discurso del president Puigdemont ha sido abrupto en la forma pero abierto en su contenido. Ha admi­tido que se va a “iniciar el proceso para dotar a Catalunya de las herramientas indispensables que le den capacidad de respuesta a las necesidades del presente y a las esperanzas del futuro”. Por lo que cabe interpretar que la disponi­bilidad de estas herramientas no pasa necesariamente por la independencia, ni por ­sacar las instituciones catalanas de la ­legalidad, como también se desprende de su discurso. Ante esta situación, el futuro gobierno de España tiene la inicia­tiva. No bastará un gobierno fuerte. Habrá de ser también prudente, es decir, mostrar espíritu de concordia, voluntad de pacto y predisposición transaccional. ­Ambas partes habrán de ceder. La única al­ternativa a la transacción es el enfren­tamiento.

Y con igual sensatez  es el artículo de allá de título explícito Recuperar la amistad y la concordia de César Molinas, autor de un libro encomiable Qué hacer con España y que todos los españoles, especialmente esos que dicen amar tanto a España deberían leer. Ahí van las siguientes líneas para reflexionar: Las elecciones del 27-S resultaron en otro empate de impotencias mal disimulado por la investidura in extremis de Puigdemont. Es urgente recuperar la amistad y la concordia en Catalunya. ¿Cómo? Pues como siempre, con renuncias y concesiones mutuas que permitan articular un consenso para reparar la avería democrática generada en los últimos años. Esto quiere decir, en primer lugar, que debe incorporarse a los principios compartidos del demos que el independentismo es una opción política legítima. En segundo lugar debe incorporarse también que la independencia no puede conseguirse por métodos insurreccionales sino que, en su caso, requeriría de la articulación de amplios consensos tanto en Catalunya como en el resto de España. No pueden cambiarse los principios compartidos con la mitad más uno de los votos sino que deberían exigirse mayorías muy cualificadas, como las que se piden para cambiar el actual Estatut, por ejemplo. En tercer lugar debe incorporarse la legitimidad de optar por cualquier otro encaje institucional de Catalunya en España, con las mismas condiciones de procedimiento. Conseguir este consenso requerirá esfuerzos prolongados, pero cuanto más se tarde en empezar más se tardará en conseguirlo.

Tal como están ya los acontecimientos pienso que en un día no muy lejano habrá que hacer un referéndum en Cataluña. Cuanto más tarde se haga peor para el mantenimiento de la unidad de España.  Me inclino por la opción muy bien expresada por Javier Cercas en una entrevista con Josep Ramoneda en la revista de la Maleta de Portbou. Señala que la cuestión de la independencia se está llevando a cabo de la peor manera posible; sin mayoría, sin respetar la ley y enfrentándose a alguien mucho más poderoso, con el agravante de que está fracturando gravemente la sociedad catalana. Existe un instrumento legal, como fue la Ley de Claridad canadiense, que sirvió para resolver el problema de Quebec, un instrumento que si una mayoría de catalanes clara, inequívoca y continuadamente optan por la independencia en las elecciones, habría que cambiar el art. 2 de la Constitución, que expresa la indisolubilidad de España. En democracia no hay nada indisoluble. Si en un territorio hay una nación, como en Cataluña, y una mayoría de gente quiere irse, algo se habrá hecho mal y hay que dar alguna respuesta al problema. La solución es la Ley de Claridad de Canadá. Sigue afirmando Cercas, la soberanía de España es de todos. Si es de todos decidimos todos. Por eso, los estados democráticos no reconocen el derecho de autodeterminación. Mas, la sentencia del Tribunal Supremo canadiense, en la que se basa la Ley de Claridad, si en una parte de un territorio hay una mayoría clara y continuada que quiere irse, lo que no puede hacer un Estado es obviar esta reclamación. Hacerlo es injusto y peligroso. ¿La solución? La soberanía que es de todos prestársela un día a los ciudadanos de Quebec para que decidan. Y si deciden marcharse, se negocia con el Estado, hasta que se alcance un acuerdo, que deberán ratificar toda la nación, Canadá o España.

Termina señalando con buen criterio Cercas que la declaración unilateral de independencia no va a ningún sitio. La única fuerza del independentismo está en los votos, por lo que deben seguir acumulando capital electoral hasta una cifra que obligue a tenerla en cuenta el gobierno de España. Obviamente, esta Ley de Claridad, no la quieren la mayoría de los políticos españoles, porque eso supondría cuestionar la sacrosanta unidad de España; y tampoco los independentistas catalanes, porque saben que no tienen suficiente fuerza electoral.

 

Cándido Marquesán Millán
Publicado en "nuevatribuna.es" el 18 de enero de 2016
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