LA UNIÓN EUROPEA EN LA TORMENTA

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Villanueva Herrero, José Ramón

      En un reciente artículo, y para definir la situación actual de la Unión Europea (UE), el periodista Ramón Lobo empleaba en acertado símil de compararla con “un barco de lujo de gran tonelaje y movimiento lento” cuyo rumbo no es fácil cambiar dado que tiene “27 capitanes en el puente de mando, cada uno con sus intereses nacionales e ideas sobre el futuro de Europa”.

     El barco de la UE, ahora azotado por la tempestad del Covid-19, una situación que algunos han comparado con las secuelas de la II Guerra Mundial, tenía ya, antes de entrar en la actual tormenta que lo zarandea sin piedad, dos profundas brechas abiertas en su casco y que amenazan su línea de flotación: el brexit y la involución antidemocrática de algunos de sus estados miembros como es el caso de Hungría. En este último caso, resulta lamentable la tímida respuesta de la UE ante las decisiones últimamente tomadas por el primer ministro Víktor Orbán de aprovechar la coyuntura propiciada por la pandemia sanitaria para reforzar su régimen autoritario, algo de lo que ya advirtió Dacian Ciolos, el líder de los liberales europeos al señalar que “los acontecimientos en Hungría son una alerta roja para la democracia liberal en Europa y más allá” porque “luchar contra el Covid 19 puede requerir algunas medidas excepcionales pero no debe llevar de ninguna manera al cierre de la democracia y a pisotear el Estado de derecho”. Y, ante esta situación resulta lamentable el silencio de los líderes europeos ante las medidas tomadas por Orbán, lo cual está alentando actitudes involucionistas en otros países como es el caso de la Polonia de Andrzej Duda, a la vez que reforzará el crecimiento de la extrema derecha en nuestras democracias occidentales.

    Ciertamente, la UE se halla ante un inmenso desafío que exige la necesidad de reafirmarse en los valores y principios que le dan razón de ser y, para ello, hoy más que nunca se precisa en el puesto de mando del navío de la UE que estén al timón auténticos estadistas de la talla de Robert Schuman, Konrad Adenauer o Alcide de Gásperi, los añorados padres fundadores de la idea moderna de Europa, y no políticos mediocres aferrados a intereses nacionalistas e insolidarios.

      Pero la realidad es dura e implacable en este embravecido mar en que las olas agitan con fuerza el barco de la UE, en un momento en la cual, en palabras de Juan Manuel Lasierra nos hallamos ante “un panorama social y económico desolador”, porque como señalaba Eliseo Oliveras, “Europa afronta dividida un decisivo reto político, sanitario, socioeconómico y geoestratégico”. Así las cosas, Jacques Delors, quien fuera presidente de la Comisión Europea entre 1985-1995, nos advierte con tono dramático de que la división y la falta de solidaridad son “un peligro mortal” para la UE.

       Tampoco favorece la singladura del barco de la UE en estos tiempos “virus-lentos” el actual escenario multipolar en el cual el peso político de Europa no se corresponde con su potencial económico y en el cual China cada vez está adquiriendo un papel más dominante en las relaciones internacionales, lo cual es favorecido por el aislacionismo en el cual pretende refugiarse la política de EE.UU. impulsada por Donald Trump. Es por ello que hoy más que nunca hace falta “mucha Europa” para suplir la falta de liderazgo de los EE.UU como ha quedado patente en la actual gestión mundial de la pandemia y para evitar que ese vacío sea ocupado no sólo por la China emergente sino por la Rusia de Putin, lo cual requiere que la UE cuente, de verdad, con una auténtica política exterior y de defensa común.

    Pero no sólo es este el único reto al que se enfrenta el futuro de la UE. Hechos recientes han demostrado la urgencia de implantar una armonización fiscal que incluya a países tan privilegiados como insolidarios como Holanda y que avancemos hacia una UE federal de verdad, una UE de los ciudadanos más social y solidaria y menos mercantilista y reducida a la simple libertad de circulación de mercancías como pretenden los opulentos (e insolidarios) países del norte de Europa, una Europa social que, además, acabe de una vez por todas con los paraísos fiscales existentes en el interior de la UE, tal y como ahora ocurre en Holanda, Luxemburgo e Irlanda.

      Así las cosas, bueno sería recordar el texto del Preámbulo de la Constitución Europea (no ratificada) en la que se declara que ésta se inspira en “la herencia cultural, religiosa y humanista de Europa, a partir de la cual se han desarrollado los valores universales de los derechos inviolables e inalienables de la persona humana, la democracia, la igualdad, la libertad y el Estado de Derecho”.

     Siendo conscientes de que la solidaridad europea se debe demostrar en los momentos difíciles como los actuales, y recordando lo que en su día supuso el Acuerdo de Londres sobre la deuda alemana de 1953, mediante el cual se anuló el 62,6 % de las deudas a la entonces República Federal Alemana por parte de los 25 países acreedores, la prueba definitiva que evite el naufragio del ideal europeo  será la forma con la cual los 27 capitanes  aborden desde el puesto de mando el inmenso plan de reconstrucción que inevitablemente requiere la UE para superar el maremoto sanitario, económico y social que ha supuesto el Covid-19 en nuestras sociedades, en nuestras vidas y esperanzas de futuro. Veremos.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 17 julio 2020)

 

 

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REPRESALIADOS POR EL FRANQUISMO EN ARAGÓN

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ACHON GALLIFA ISIDORO ZARAGOZA
ALADREN MONTERDE BERNARDO ZARAGOZA
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ARNEDO CALVO JUAN TARAZONA
AZORIN IZQUIERDO FRANCISCO MONFORTE DE MOYUELA

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  • Para comprender completamente la trascendencia y las distintas, y hasta cierto imprevisibles, derivaciones del covid-19 pueden servirnos como imagen muy expresiva las ondas concéntricas generadas por una piedra arrojada a un estanque, que he podido conocer en el artículo de Jeremy Farrar, The worst of covid-19 may still be to come (Lo peor de covid-19 aún puede estar por venir) en el Financial Times.

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