LECTURAS ¿UTÓPICAS?

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 El humanista Tomás Moro escribió en 1516 su Libro del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía, en una época en que las viejas ideas del Medievo quedaban superadas por el pensamiento del Renacimiento. En esta obra, de gran trascendencia y difusión en Occidente, próxima a cumplir su 5º centenario, Moro,  desde sus profundas convicciones cristianas, asumió un claro compromiso social, algo que, entonces como ahora, resulta imprescindible para dignificar la vida, mejorar el presente y conquistar un futuro digno.

Releyendo las páginas de  Utopía, hallamos a un Tomás Moro que siempre al lado de los pobres, que se enfrentó a los poderosos de su época, incluido su rey Enrique VIII, lo cual sería motivo de su posterior ejecución y por lo que fue canonizado por la Iglesia católica. Y es que Moro, dejó patente su defensa de los humildes, de quienes son explotados por los ricos, y se opuso con firmeza a aquellos que les pagan lo menos posible y sacan de ellos el mayor rendimiento, de aquellos poderosos que han amasado injustamente sus fortunas, de aquellos que “en nombre del bien público”, salvaguardan sus privilegios y su posición social por medio de las leyes que les son propicias. Leyendo esto en las páginas de Utopía parecen venir a nuestra mente los efectos de la devastación social causados por la actual crisis global. Por eso, parecen premonitorias las afirmaciones de Moro de que “la avaricia irracional de unos cuantos, lo que parecía una gran prosperidad”, debido a la codicia insaciable, “degenerará en su ruina”, al igual que ocurrió, en nuestra sociedad actual,  con el espejismo de las pasadas burbujas inmobiliarias o bursátiles. Entonces, como ahora, la verdadera culpable de esta situación, como bien señaló Moro, era la codicia humana, “las malas artes de los ricos, que realizan sus negocios bajo pretexto y en nombre de la comunidad” y, por ello, ¡qué decir de los escándalos financiero-bancarios y del repetido mantra de la necesidad de salvar el sistema financiero a costa de los recursos públicos!. Estas malas artes, de ayer y de hoy, como apuntaba el pensador inglés, son las que hacen que los poderosos “inventen todas las trampas posibles, tanto para almacenar la mayor riqueza adquirida ilícitamente”, como también “para obtener al menor precio posible las obras a costa de los sudores de los pobres”. Y la injusticia social, entonces como ahora, adquiere rango de ley puesto que, como bien señalaba Moro, “estas perversas intenciones las dictan los ricos como ley en nombre de la sociedad”.

Frente a esta situación, Moro apunta ideas tendentes a un reparto más justo de la riqueza en la isla de Utopía. Es por ello que considera que “los pobres son más merecedores de las riquezas que los acaudalados, pues estos son codiciosos, injustos, indignos y negligentes” (el paralelismo con la realidad actual es evidente). Consecuentemente, la crítica social de Moro le lleva a rechazar el poder de los nobles, banqueros y aduladores a los que considera “gente parásita, aduladora y frívola”, mientras que exalta a los trabajadores, a los que considera el sustento real de la sociedad y del Estado. Por ello, como humanista cristiano que era, se indigna ante las injusticias  de su época, por lo que clama con energía: “¿Qué añadiré de los ricos que recortan cada día un poco más los salarios de los pobres, no sólo fraudulentamente, sino amparados por las leyes?”.Frente a ellos, su concepto de riqueza, no sólo se basaba en criterios de justicia social, sino también en la importancia que concede a la ética personal, siempre tan necesaria, y, por ello, se pregunta: “¿Quién puede ser más rico que el que tiene la conciencia limpia, libre de preocupaciones?”.

Además de esta crítica social, en la Utopía de Moro también hallamos propuestas concretas, tan novedosas en su época como de candente actualidad en la nuestra. Este es el caso, por ejemplo,  de su defensa de la jornada laboral de 6 horas por considerarla “suficiente para proporcionar lo necesario bienestar” siempre y cuando “las clases ociosas” que él identifica con la nobleza y el clero, las cuales “vegetan en la pereza y el abandono”, fueran obligadas “a trabajar en algo de utilidad e interés común”. Esta sería la versión renacentista del ideal de “trabajar menos, para trabajar todos” en nuestro actual escaso mercado de trabajo.

Otra idea novedosa de su Utopía sería la defensa de la sanidad en esa isla imaginaria. Por ello, los gestores-recortadores  de nuestro sistema público de sanidad deberían releer a Moro cuando dice que “los utópicos tienen una especial consideración para sus enfermos, a los que cuidan en hospitales públicos” en los cuales, “los enfermos, aunque sean muchos, nunca tienen  que sufrir escaseces ni privaciones”. Y más aún, en relación a trato que reciben los pacientes, añade que “no se ahorra nada de lo que pueda ser bueno para lograr su curación, sean alimentos o medicinas” y a los que “les dan todo lo que precisen para aliviar su dolencia”. Tomen nota nuestros responsables políticos de estas afirmaciones, escritas hace cinco siglos, para casos tan flagrantes como el drama actual de los enfermos afectados por la Hepatitis C.

Todas estas tareas deberían de ser asumidas y aplicadas por los gobernantes, tanto de Utopía, como de nuestra sociedad contemporánea, por gobernantes honestos y eficaces. El compromiso ético y social de Moro le hizo rechazar la ineptitud de quienes ostentaban el poder y responsabilidades públicas. Por ello, no dudó en afirmar, con total contundencia, algo de lo que también deberían tomar nota primero, y aplicar después, nuestros gobernantes: “Quien no sabe regir a su pueblo sino despojándole de todas las comodidades de la existencia, no tiene ningún derecho a gobernar hombres libres y es conveniente que se retire dada su ineptitud, pues toda incapacidad conduce al odio y al desprecio del pueblo”.

Este es el legado, plenamente vigente, del pensamiento y compromiso social de aquel gran humanista que se llamó Tomás Moro. Merece la pena releer su obra, su Utopía, para hacerla realidad.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 30 abril 2015)

 

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