Los políticos de verdad ponen la democracia y al país por delante de sus partidos

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Marquesán Millán, Cándido

La historia nos enseña que las democracias mueren por medio de golpes militares. Durante la Guerra Fría las de Chile, Argentina, Brasil, Ghana, Grecia, Guatemala, Nigeria, Pakistán, Perú, Tailandia, Turquía y Uruguay así terminaron.  Y ahora mismo, según todos los indicios, la de Bolivia de Evo Morales.

Mas, hay otros modos para derribar una democracia, menos cruentos pero igual de expeditivos. Pueden morir a manos de líderes electos, que subvierten el proceso mismo que les llevó al poder. Algunos lo hicieron de una vez, como Hitler al incendiar el Reichstag en 1933. Pero, lo más frecuente, es que las democracias se deterioren lentamente. Con un golpe de Estado clásico, como en el Chile de Pinochet, la muerte de la democracia es inmediata y visible. El presidente asesinado y la Constitución suspendida. Por la vía electoral no ocurre nada de esto. No hay tanques en las calles. La Constitución e instituciones democráticas siguen vigentes. La población sigue votando. Mas, los autócratas electos, como Trump, Erdogan, Orban, Putin mantienen en apariencia la democracia, pero la van eviscerando. Muchas de las medidas que pervierten la democracia son «legales», al ser aprobadas por el poder legislativo y los tribunales. Incluso, las presentan para mejorar la democracia, asegurar la independencia del poder judicial, combatir la corrupción o perfeccionar las elecciones. La prensa sigue publicando, pero está comprada o presionada se autocensura. Los ciudadanos critican al gobierno. La población no se apercibe de lo que ocurre y cree disfrutar de democracia. Como no hay un hecho puntual, ni un golpe ni una ley marcial en el que el régimen cruce las líneas rojas para convertirse en dictadura, no aparecen las alarmas entre la población. Quienes advierten los abusos son acusados de alarmistas. Para la gran mayoría el deterioro de la democracia es imperceptible.

Ante este peligro, las democracias deben establecer mecanismos para evitar la llegada al poder de personas autoritarias, que puedan destruir la democracia. Es importante la reacción de la sociedad, pero la respuesta más importante debe surgir de las élites políticas y, sobre todo, de los partidos políticos para que actúen de filtro. En definitiva, los partidos políticos son o deben ser los guardianes de la democracia. Pero no es fácil reconocer a esos políticos autoritarios, porque estos camuflan sus intenciones y se presentan como perfectos demócratas. Viktor Orban se inició como demócrata liberal y en su primer mandato entre 1998-2002 gobernó democráticamente. Su cambio autocrático fue por sorpresa en el 2010.

Cuando los extremistas se presentan como serios contrincantes electorales, los partidos democráticos deben hacer un frente común para derrotarlos, aparcar sus diferencias ideológicas y así salvar la democracia

¿Cómo identificar a los políticos autoritarios? Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en su libro Cómo mueren las democracias, tomando como referencia el libro de Juan Linz, publicado en 1978, La quiebra de las democracias, han establecido cuatro señales de aviso de comportamientos para identificar a una persona autoritaria. 1) Rechazo o débil aceptación, con palabras o acciones, de las reglas del juego democrático. (Suspender la Constitución, prohibir algunos partidos políticos, restringir los derechos políticos o civiles…) 2) Rechazo de la legitimidad de sus oponentes. (Calificarlos como subversivos o una amenaza para la democracia, y por ello negarles su participación política…) 3) Tolerancia o fomento de la violencia. (Tener lazos con bandas armadas, apoyar la violencia de sus partidarios, elogiar actos violentos, tanto pasados, como ocurridos en otros lugares…) 4) Predisposición a restringir las libertades civiles de la oposición, incluidos los medios de comunicación. (Apoyar leyes para limitar el derecho de manifestación, críticas al Gobierno o elogiar medidas represivas de otros gobiernos…) Un político que cumpliera uno de estos criterios es todo un síntoma de preocupación.

Mas, mantener a los políticos autoritarios al margen del poder es más fácil decirlo que hacerlo. Las democracias no ilegalizan partidos ni candidatos. La responsabilidad de cribado es obra de los partidos políticos y sus líderes. Los partidos democráticos para ese distanciamiento pueden hacerlo de diferentes maneras. Mantener a los líderes en potencia autoritarios fuera de las listas electorales, aunque esto les suponga pérdida de votos. Escardar de raíz a los extremistas que están en sus filas. Eludir toda alianza con partidos y candidatos antidemocráticos, ya que en ocasiones los partidos democráticos se sienten tentados de alinearse con extremistas de su flanco ideológico para ganar votos. Un inciso, hoy esta cuestión en España es muy posible. Adoptar medidas para aislar sistemáticamente a los extremistas, en lugar de legitimarlos. En los años 30 los políticos conservadores alemanes participando en mítines conjuntos con Hitler, lo legitimaron. Por último, cuando los extremistas se presentan como serios contrincantes electorales, los partidos democráticos deben hacer un frente común para derrotarlos, aparcar sus diferencias ideológicas y así salvar la democracia. En circunstancias excepcionales los líderes políticos de verdad ponen la democracia y al país por delante de sus partidos. Como aconteció en Bélgica y Finlandia en los años 20 y 30, donde sus líderes políticos se unieron y salvaron la democracia, al menos hasta la invasión nazi.

En Bélgica, en las elecciones generales de 1936, dos partidos de extrema derecha, el Partido Rexista y el Partido Nacionalista flamenco o Vlaams Nationaal Verbond (VNV), subieron casi al 20% y cuestionaban el predominio de los tres grandes partidos: el Partido Católico (PC), de centroderecha; los socialistas y el Partido Liberal. Era claro el pulso del líder del Partido Rexista, León Degrelle, que se había alejado de la extrema derecha del PC, a cuyos líderes acusaba de corruptos. Los partidos democráticos reaccionaron. El PC apoyó como primer ministro al católico Paul Van Zeeland y tenía dos opciones para gobernar. Una, la alianza con los socialistas, en la línea del Frente Popular francés, que tanto Van Zeeland como otros dirigentes católicos habían aspirado a evitar. La segunda, una alianza del ala derechista con fuerzas antisocialistas entre las cuales el Partido Rexista y el VNV. No era una decisión fácil; la segunda la respaldaban los tradicionalistas que pretendían desbaratar el gabinete de Van Zeeland apelando a las bases católicas, organizando una Marcha sobre Bruselas y forzando unas elecciones extraordinarias en las que el líder rexista Degrelle se enfrentaría a Van Zeeland. Pero los parlamentarios del PC adoptaron una postura clara: no respaldar el plan de los tradicionalistas y aliarse con los liberales y los socialistas en apoyo a Van Zeeland. Tal postura la propició el rey Leopoldo III y la responsabilidad del Partido Socialista, que aun siendo el más votado en las elecciones de 1936, al advertir que no tenía apoyos suficientes en el Parlamento, en lugar de convocar nuevos comicios, participó en un Gobierno liderado por Van Zeeland, e integrado por católicos conservadores y socialistas, y excluyendo a los partidos antisistema.

En Finlandia, el movimiento de extrema derecha Lapua irrumpió en la política en 1929, amenazando la frágil democracia e intentando destruir el comunismo. Amenazaba con actos violentos si no se cumplían sus demandas y atacaba a políticos de los partidos mayoritarios, al acusarlos de colaboradores de los socialistas. Al principio, los políticos de Unión Agraria de centroderecha, el partido gobernante, flirtearon con Lapua, cuyo anticomunismo les parecía útil. En 1930, Svinhufvud, un conservador, fue primer ministro y les dio dos ministerios, lo que no impidió que siguiera mostrándose extremista. Con los comunistas prohibidos, su punto de mira fue el Partido Socialdemócrata. Matones de Lapua secuestraron a más de mil socialdemócratas. Organizó una marcha sobre Helsinki y apoyó un intento de golpe de Estado para quitar el Gobierno. Tales actos llevaron a que los partidos conservadores rompieran con Lapua. Y finalmente la Unión Agraria, el liberal Partido del Progreso y el Partido Popular Sueco establecieron con los socialdemócratas el Frente de la Legalidad para defender la democracia.

A nuestros políticos, periodistas y sociedad en general española les recomendaría la lectura de Tony Judt, en concreto su libro Sobre el olvidado siglo XX, donde nos advierte profundamente compungido que de todas las ilusiones contemporáneas, la más peligrosa es aquella sobre la que se sustentan todas las demás: la idea de que vivimos en una época sin precedentes, única e irrepetible y que el pasado no tiene nada que enseñarnos.

 

Nueva Tribuna 12 noviembre de 2019

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