PEDIR PERDÓN

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Villanueva Herrero, José Ramón

      El pasado 1 de septiembre se recordaba el 80º aniversario del inicio de la II Guerra Mundial, la mayor tragedia sufrida por el conjunto de la humanidad en nuestra historia reciente. Con tal motivo, el presidente de Alemania, Franck Walter Steinheimer, pidió perdón a Polonia por el daño causado a dicho país por lo que calificó acertadamente como “guerra de destrucción masiva” iniciada en 1939 por los delirios expansionistas de Hitler y del nazismo.

     Siempre he pensado que el hecho de pedir perdón, de reconocer los errores cometidos ennoblece a quien lo solicita, bien sean éstos, personas, instituciones o Estados, pues lleva aparejado un propósito sincero de enmendar pasadas (y funestas) acciones, razón por la cual debería ser más frecuente y habitual en nuestras conciencias y en el funcionamiento de las sociedades que nos preciamos de regirnos por valores éticos y democráticos.

     Recordando este hecho, vuelve a mi memoria la polémica suscitada en el pasado mes de marzo tras la carta enviada por Andrés Manuel López Obrador, el Presidente de México, al rey Felipe VI para que se disculpase por los excesos cometidos por los españoles durante la conquista del país azteca. De este modo, de no mediar la disculpa solicitada, López Obrador no participaría en ninguno de los actos conmemorativos de los 500 años de la conquista española de México, efemérides que tendrá lugar en el 2021. Ante esta carta, lejos de todo análisis sosegado de lo que supuso la conquista del continente americano, palabra ésta de afilados significados, y en concreto del antiguo imperio azteca, resulta lamentable constatar las reacciones que ésta suscitó tanto en los ámbitos diplomáticos como políticos de España. Excepción hecha de la postura de Unidas Podemos, partidarios de la necesidad de “un proceso de recuperación de memoria democrática y colonial”, se ha evidenciado una reacción propia de un mal entendido orgullo patrio. Especialmente significativo es el caso del PP y de Pablo Casado, el cual, que sepamos no tiene acreditado ningún máster de Historia de América, que calificó la posición de López Obrador de “auténtica afrenta a España”, pues el dirigente conservador, ya en octubre de 2018, había afirmado que “la Hispanidad” había sido “la etapa más brillante del hombre junto con el imperio romano” y, ello le llevó a la conclusión de que, refiriéndose a España, “ninguna nación ha hecho tanto por la Humanidad”, expresiones propias de un patrioterismo exaltado y acrítico que desdibuja intencionadamente la realidad el hecho histórico de la conquista y colonización de América, el cual no debe ser magnificado y cuyos aspectos negativos, tampoco deben de ser ignorados. Y lo mismo podemos decir de las declaraciones de otros políticos como Josep Borrell, que se negó a presentar “extemporáneas disculpas”, Rivera que habló de “ofensa intolerable” o Abascal que arremetió contra el “socialismo indigenista” de López Obrador.

      Es innegable que la conquista y posterior colonización de América por parte de España tuvo sus luces y también sus sombras, las cuales deben ser enfocadas desde una actitud autocrítica, lejos de todo prejuicio nacionalista y, por ello, la búsqueda de la objetividad nos debe alejar tanto de la tentación de caer en divulgar “una leyenda rosa” que no fue tal, como de otra leyenda de “tintes negros”, como señalaba recientemente Juan Eslava Galán en su libro La conquista de América contada para escépticos, pues ninguna de ellas responde a la realidad de los hechos.

     Y dicho esto, sigo pensando que la postura de López Obrador no sólo es sensata sino también honesta, puesto que en relación con esta polémica propuso crear “un grupo de trabajo para hacer una relatoría de lo sucedido y, a partir de ahí, de manera humilde, aceptar nuestros errores, pedir perdón y reconciliarnos”. Ojalá esta misma voluntad fuera la misma a la hora de afrontar de manera “humilde y sincera”, como pedía López Obrador, otras épocas y acontecimientos históricos dolorosos y controvertidos. Y más aún, esta actitud serviría para reforzar los lazos entre España y México, ya que, sin pretender “caer en ninguna confrontación” el presidente azteca consideraba que se trata en definitiva de “un planteamiento que pensamos conveniente para hermanar más a nuestros pueblos, para actuar con humildad, no con prepotencia”.

     El pedir perdón no es algo tan extraño y hay ejemplos recientes. Así ocurrió cuando Francia ofreció públicamente disculpas a Argelia por las torturas y desapariciones llevadas a cabo por ella durante la guerra de independencia del país norteafricano (1954-1962), cuando Holanda lo hizo por la reprobable actitud de sus tropas que dejaron indefensa la ciudad de Srebrenica en 1995 y propiciaron la masacre de 8.000 musulmanes por parte de las milicias serbias, cuando Alemania pidió perdón en el año 2000 ante el Parlamento de Israel por el genocidio contra los judíos cometido por el III Reich durante la II Guerra Mundial o cuando el Papa Francisco lo hizo por los agravios cometidos por la Iglesia durante la conquista de América durante su viaje a Bolivia en 2015.

     Por todo ello, España no debería desoír la justa petición de López Obrador pues ello, ciertamente, dignificaría la relación histórica entre dos países hermanos. Y ya puestos a pedir perdón, en este año en que se recuerda el 80º aniversario del final de la Guerra de España de 1936-1939, no estaría de más que Francia tuviese algún gesto de disculpa por el trato vejatorio al que las autoridades galas sometieron a la inmensa marea del exilio republicano español que allí buscó refugio huyendo de la barbarie fascista. Ello también sería un gesto de justicia histórica.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 4 septiembre 2019)

 

 

 

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