PROCESOS SOCIALES LIBERADORES

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José Ramón Villanueva Herrero

En este año que está a punto de concluir, se han recordado dos acontecimientos de transcendental importancia para el devenir de la historia mundial: el quinto centenario de la reforma protestante iniciada por Martín Lutero en 1517, y el centenario de la Revolución Rusa de octubre de 1917. Junto a ellos, también es digno de mencionar el centenario del nacimiento de Oscar Arnulfo Romero (1917-1980), obispo de San Salvador, decidido defensor de los derechos humanos y de la justicia social, razón por la que fue asesinado el 24 de marzo de 1980 por los Escuadrones de la Muerte de la extrema derecha salvadoreña.

El obispo Oscar Romero solía decir que “una Iglesia que no se une a los pobres, a fin de hablar desde el lado de los pobres, en contra de las injusticias que se cometen con ellos, no es una verdadera Iglesia de Jesucristo”, en plena coherencia con el verdadero mensaje cristiano, por lo que se granjeó el odio de la oligarquía reaccionaria de El Salvador, la misma que había saqueado vidas y haciendas, la misma que había monopolizado el poder desde siempre en su país. Por estas razones Romero criticaba con firmeza “la idolatría de la violencia y de un tipo de justicia absolutizada, dentro del sistema capitalista, de la propiedad privada, que justifica el poder político de los regímenes de seguridad nacional”, críticas éstas que propiciaron su posterior asesinato. De igual modo, Óscar Romero, nos recordaba la necesidad de dignificar la política (“la gran política”, decía) para luchar por el bien común, para “escuchar el clamor de los oprimidos”, sin olvidar tampoco la defensa de modelos de producción más justos y sostenibles.

Romero, como Ignacio Ellacuría, que sería asesinado junto a otros 5 jesuitas y dos mujeres el 16 de noviembre de 1989 en la Universidad Centroamericana de San Salvador, son el testimonio de todos aquellos cristianos que, en América Latina “luchan por la verdad, la paz y la justicia” y que murieron asesinados por su compromiso social cristiano. Nos vienen a la memoria de forma especial el recuerdo de estos crímenes en estos días en que el juez de la Audiencia Nacional Manuel García Castelló ha iniciado el procesamiento del excoronel salvadoreño Inocente Montano, responsable de dichos asesinatos tras ser extraditado a España desde los EE.UU.

Por otra parte, mucho se ha hablado de los cambios políticos y de los movimientos progresistas que en estos últimos años se han producido en América Latina, dentro de lo que ha dado en llamarse “Socialismo del siglo XXI”, cuya pujanza y aires de renovación de la izquierda contrasta con el grave declive de la socialdemocracia en Europa. No obstante, en fechas recientes asistimos a retrocesos en lo que había sido un exitoso ciclo progresista en América Latina como los ocurridos tras la muerte de Hugo Chávez, reemplazado con escasa fortuna por Nicolás Maduro, la defenestración del Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil tras los gobiernos de Lula da Silva y Dilma Rousseff, o la reciente derrota de la izquierda en las elecciones presidenciales de Chile y, pese a ello, siguen siendo modelos que han propiciado importantes cambios y transformaciones sociales que no siempre han sido valorados en su justa medida desde este lado del Atlántico

En este “Socialismo del siglo XXI” es destacable el hecho de que cuenta con el apoyo de los sectores cristianos progresistas vinculados a la Teología de la Liberación. Como señala el teólogo brasileño Marcelo Barros, “en este camino a un nuevo tipo de Socialismo, un elemento característico es la participación de grupos espirituales, cristianos y de otras tradiciones religiosas, comprometidos con la transformación social del mundo”. En este sentido, hay que recordar la participación, desde los años 60, de los cristianos progresistas en lo que ha dado en llamarse “procesos sociales liberadores”: ahí está el ejemplo de Helder Cámara, Pedro Casaldáliga, Jon Sobrino, Leonardo Boff o los ya citados Oscar Romero e Ignacio Ellacuría, compromiso social que éstos dos últimos pagaron con su vida. Tampoco olvidamos a Frey Betto, dominico brasileño que ejerció una importante influencia en las políticas sociales desarrolladas por Lula, así como diversos ecos de la teología de la liberación que se perciben en algunos aspectos de la acción política desarrollada por Evo Morales en Bolivia, Fernando Lugo en Paraguay, Rafael Correa en Ecuador o el mismo Hugo Chávez en Venezuela.

Como señalaba el sociólogo marxista Lucien Goldman, las ideas socialistas y el cristianismo que defiende la Teología de la Liberación en América Latina tienen en común “su rechazo al individualismo y la superación de la cultura burguesa, así como la búsqueda de valores transindividuales”. En esta misma línea, Michael Lowly señalaba que, desde los orígenes del cristianismo, muchos creyentes comprendieron que el mensaje evangélico exigía “el combate histórico en pro de una comunidad humana más libre, igualitaria y fraterna”. Por ello, a partir del s. XIX muchos cristianos entendieron, entendemos, que ese futuro comunitario era el socialismo. Por lo dicho, el citado Marco Barros alude a “una espiritualidad socialista para el s. XXI”, retomando las ideas de Ignacio Ellacuría en defensa de los humildes, de los explotados, de lo que él llamaba “el pueblo crucificado”. Esta teología se fundamenta pues en asociar la imagen del Cristo crucificado a la del pueblo crucificado, metáfora central de la teología de la liberación: la un pueblo sufriente, golpeado por las injusticias y la opresión de los poderosos, como lo recuerda la historia de la trágica matanza ocurrida en la localidad chilena de Santa María de Iquique en 1907 y que inmortalizó en una célebre Cantata la música del grupo Quilapayún.

A modo de conclusión, el Socialismo del Siglo XXI y los movimientos cristianos progresistas de América Latina afines a la Teología de la Liberación parecen unir sus fuerzas para hacer realidad el noble ideal de Simón Bolívar, el cual soñaba con “unir a todos los pueblos de esta inmensa patria grande y poder hacer bien al mundo todo”.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 24 diciembre 2017)

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    Hace unos días, Pedro Luis Angosto escribía que nos hallamos ante uno de los momentos más peligrosos de la historia de la Humanidad desde que acabó la II Guerra Mundial. Tras esta contundente afirmación aludía a los negativos efectos de la globalización, tanto en cuanto ha supuesto un brutal ataque a la democracia, así como al resurgir de actitudes xenófobas y fascistas que, utilizando temas tan sensibles como la migración, y bien que lo constatamos diariamente, están captando adeptos entre una población cada vez más temerosa ante una supuesta e imaginaria "invasión" de nuestra civilizada Europa. Así las cosas, la situación se agrava mientras la derecha democrática coquetea con algunos de los postulados de la ultraderecha fascista y la izquierda europea se halla desarbolada, incapaz de articular un programa social y solidario que recupere los valores esenciales de la democracia y que sirva de dique efectivo ante semejante ofensiva reaccionaria.

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