Una Constitución de granito

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Marquesán Millán, Cándido

Tom Burns Marañón en su libro De la fruta madura a la manzana podrida. El laberinto de la Transición española del 2015 nos indica que «la Transición fue la caída del árbol de la fruta madura», los cambios sociales, económicos y culturales hacían inevitable la llegada de la democracia, y hoy «la mercancía --la fruta, la manzana-- está podrida». Las causas de tal situación son los hiperliderazgos políticos, la corrupción, una ley electoral injusta y una Constitución esculpida en granito, por el miedo al cambio de la clase política, que ha imposibilitado su mejora y adaptación a los nuevos tiempos.

Plantear una reforma constitucional no significa ser un irresponsable ni un antisistema, como señala el pensamiento político dominante. Al contrario, puede servir para apuntalar nuestra maltrecha democracia. En 40 años no se ha hecho ningún cambio constitucional importante orientado a mejorar la calidad de nuestra democracia. Nuestra Constitución es la que impone más barreras para la su reforma. Y además, es el país de Europa con menos reformas. Solo dos, derecho a voto a los europeos en la municipales y la del artículo 135, que no fue para mejorar nuestra democracia.

Todos los países democráticos revisan periódicamente sus constituciones. La belga de 1831, tras casi un centenar de reformas, fue objeto de un texto refundido en 1994, que ya ha conocido nuevas actualizaciones. La austriaca de 1929 en unas setenta ocasiones. Las reformas consumadas de la italiana de 1947 son innumerables. La francesa de 1958 ha superado ya la veintena de reformas. La Constitución europea con mayor aureola entre los constitucionalistas españoles, la Ley Fundamental de Bonn de 1949, ha sido revisada en cincuenta y siete ocasiones.

Oscar Alzaga en su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, de marzo de 2010, señaló «la Constitución del 78 demanda consensos de futuro para ir adecuándose a la realidad social cambiante y asegurar su permanente lozanía. Lleva más de treinta años sin mejora. Es demasiado tiempo «sin pensar en grande», para decirlo en palabras de D. José Ortega». Para el profesor Rubio Llorente «sólo una Constitución reformable es democráticamente legítima». Y Stefano Rodotá en su libro El derecho a tener derechos nos recuerda el art. 28 de la Constitución francesa de 1793, el cual especifica «Un pueblo tiene siempre el derecho de revisar, reformar y cambiar su Constitución. Ninguna generación puede atar con sus leyes a las generaciones futuras».

Un mantra se repite en todos los foros oficiales: «Todos los españoles votamos la Constitución». Los que votaron a favor de ella son muchos menos que los que no pudieron hacerlo. Sobre un censo de 26.632.180 votaron 17.873.271. Se abstuvieron 8.758.909 personas (32,89%). De los 17 millones largos que votaron, 1.400.000 votaron no, y 600.000 en blanco. 15.706.078 votaron a favor. A fines de 2017, el censo electoral es de 36.520.913. Si ninguno de los 15 millones de votantes de la Constitución del 78 hubiera fallecido, estos serían el 43% con derecho a voto. Pero eso es imposible: la vida eterna no la garantiza ninguna Constitución. Como conclusión los que votaron, tienen hoy 58 años o más. Si las fuerzas políticas siguen unos cuantos años reacios a su reforma, podría darse la situación de que la gran mayoría de los que la votaron, tristemente nos hayan dejado. Es un dato para reflexionar.

Además en estos 40 años trascurridos desde 1978 se han producido grandes cambios políticos, sociales, económicos, culturales y religiosos. Hoy es otra España. Solo por citar algunos: la inmigración, la entrada en la UE, la globalización, el mayor protagonismo de las mujeres, una sociedad más secularizada, mayor cultura republicana, etc. Los políticos de verdad, son aquellos que saben captar los cambios que se suceden inexorablemente en una determinada sociedad, y además saben encauzarlos políticamente y plasmarlos jurídicamente. ¿En España esos políticos de verdad dónde están?

Menciono algunos cambios en nuestra Carta Magna. Modificación del Título VIII, para una delimitación clara de las competencias del Estado y de las Comunidades Autónomas. Incorporación de los principios genéricos del modelo de financiación, la solidaridad interterritorial, la corresponsabilidad y la autonomía financiera. Desaparición del Senado o conversión en una auténtica cámara de representación territorial. Blindaje de los derechos sociales, como educación, sanidad, pensiones, trabajo, así como el agua, alimentación, luz, vivienda…

Nuestra Transición no fue pacífica, ni modélica, ni consensuada. Lo que supuso que en nuestra Carta Magna hubo determinadas imposiciones, que deberían rectificarse, porque el contexto hoy es otro. Como el art, 2º de la indisolubilidad de la nación española, para reconocer el hecho plurinacional. Eliminar el blindaje a la Monarquía del artículo 168 para posibilitar un referéndum sobre la jefatura del Estado. Modificar el artículo 16.3, «Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones». Un Estado aconfesional no debe hacer una cita expresa a una religión. Y eliminar la atribución en el artículo 8 al Ejército de la tutela de la «integridad territorial» y del propio «orden constitucional".

 

 

El Periódico de Aragón 1-12-2018

 

REPRESALIADOS POR EL FRANQUISMO EN ARAGÓN

Apellidos, nombre, alias... Localidad
ACHON GALLIFA ISIDORO ZARAGOZA
ALADREN MONTERDE BERNARDO ZARAGOZA
ALBAR CATALAN MANUEL ZARAGOZA / QUINTO DE EBRO
ARNEDO CALVO JUAN TARAZONA
AZORIN IZQUIERDO FRANCISCO MONFORTE DE MOYUELA

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  • Soy plenamente consciente de que estas líneas provocarán malestar en alguno. Pues qué le vamos hacer.

    Cada vez veo más lejana una solución razonable, basada en el diálogo, al problema gravísimo de vertebración de Cataluña en el Estado español. El tiempo que sirve para atemperar las diferencias, en este caso no se cumple. Muy al contrario, cuanto más tiempo trascurre más se agrava.

  • En 1926 John Keynes en el ensayo El final del laissez-faire exponía una parábola, aplicable a la situación política, social y económica de hoy. Resumía la naturaleza y las implicaciones del dogma del liberalismo económico incuestionables antes  y ahora: la irrealidad de sus presupuestos, lo destructivo de sus consecuencias, su insostenibilidad social y económica de un método basado en encumbrar a los buscadores de beneficios que tienen más éxito en una lucha sin tregua por la supervivencia, que selecciona al más eficiente eliminando al menos eficiente, y que considera los resultados así alcanzados-al margen de los costes - un bien permanente para toda la sociedad. Nos decía: “Si la finalidad de la vida es coger las hojas de los árboles a la mayor altura posible, la mejor manera de alcanzar esta finalidad es dejar que las jirafas del cuello más alto hagan morirse de hambre a las del cuello más corto”.

  • Viktor Orban

    Uno de los libros más novedosos y relevantes de política internacional, publicado en 2019, es 'La luz que se apaga. Cómo Occidente ganó la Guerra Fría pero perdió la paz', de Ivan Krastev y Stephen Holmes. Ofrece un planteamiento muy original, basado en la  trascendencia en las relaciones internacionales de la política de imitación, a partir de la cual ha irrumpido una auténtica y peligrosa marea de anarquía iliberal y antidemocrática. Ejemplos los tenemos por todas las latitudes: Orbán, Putin, Modi, Bolsonaro, Duterte, Trump, etc. Sorprende esta nueva situación de descrédito de la democracia, cuando tras la caída del Muro de Berlín su triunfo parecía incuestionable e irreversible. Basándome en el libro citado, expondré las ideas fundamentales.

  • La historia no procede linealmente. Como dijo Lenin: «Hay décadas en las que no pasa nada, y hay semanas en las que pasan décadas». Estas palabras son muy adecuadas para el momento actual.

    El covid-19 se ha transformado en el primer sujeto revolucionario no humano de la historia global. Cuando una revolución era ya una utopía, un virus a todos los efectos provocó una auténtica revolución, paralizando toda la economía mundial, trasformando las democracias en estados de excepción, sembrando el miedo a nuestra propia extinción, vaciando las calles de las ciudades y limpiando el cielo de contaminación, lo que supuso el retorno de otras especies a su antiguo hábitat.

  • Mario Vargas Llosa, gran escritor, se le podría aplicar el título del libro reciente de Ignacio Sánchez Ocaña La desfachatez intelectual. Escritores e intelectuales ante la política. Por si alguno piensa que el titulo es excesivo le recomiendo que lea de este Premio Nobel el artículo de septiembre de 2012 Aguirre, esa Juana de Arco liberal, tras su renuncia a la Presidencia de la Comunidad de Madrid. Abróchense los cinturones que despegamos.

  • En el panorama político español se usa y se abusa del término “populismo”, la palabra clave con la cual se fulmina a los adversarios,dando por hecho que todos conocemos perfectamente su significado.  Se ha convertido en una muletilla para muchos dirigentes políticos, conspicuos tertulianos y gran parte de la ciudadanía.Está de moda. Mas no solo en España, ya que surgen titulares en periódicos “El populismo mundial libra su batalla en Estados Unidos”, “EEUU cae en manos del populismo agresivo de Trump”. Susana Díaz dijo que Trump y Podemos beben de la misma fuente.

  •      En la realidad política actual son muchos los ciudadanos que creen que se ha superado la histórica distinción entre izquierdas y derechas y, por ello, en determinados sectores de opinión se alude a la contraposición entre “buenos y malos populismos”. De este modo, algunos politólogos distinguen entre los populismos democratizadores y democráticos, como los existentes en España o Portugal, y otro tipo de populismos, por desgracia emergentes, de signo reaccionario, aquellos que confunden al adversario político con el enemigo del pueblo y, por ello, los excluyen de la comunidad política, un tipo de populismo que arraiga con fuerza en las tierras regadas por la intolerancia.

  • José Cadalso publicó con el título los Eru­di­tos a la vio­leta (1772), un “Curso com­pleto de todas las cien­cias, divi­dido en siete lec­cio­nes, para los siete días de la semana, publi­cado en obse­quio de los que pre­ten­den saber mucho estu­diando poco”, cuyo título hace alu­sión al per­fume de la vio­leta, el favo­rito de los jóve­nes que en el siglo XVIII que­rían ir a la moda. El autor de las Car­tas marrue­cas arre­mete sin pie­dad –y con razón– con­tra la legión de inep­tos intro­du­ci­dos en todas las épo­cas en la Repú­blica de las letras y que “fun­dan su pre­ten­sión en cierto apa­rato arti­fi­cioso de lite­ra­tura”. Son todos ellos vocin­gle­ros de exte­rior cuyo afán no es otro que el de epa­tar con ese “deseo de ser tenido por sabio uni­ver­sal”, en pala­bras de Cadalso. Este libro tiene plena vigencia en la España de hoy, como trataré de mostrar en las líneas que siguen.