VERDAD Y MEMORIA FRENTE A VISCERALIDAD

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José Ramón Villanueva Herrero

En los momentos actuales, ante la irrupción en el panorama político de peligrosos populismos derechistas de corte autoritario, cuando no abiertamente fascistas que apelan a las pasiones y a la visceralidad en sus mensajes políticos, resulta más necesario que nunca que los sectores progresistas reafirmen su defensa de los valores de la memoria democrática que, a fecha de hoy, sigue siendo una deuda pendiente para la sociedad española.

Estamos en unos momentos de especial intensidad política, con un denso calendario electoral en el horizonte inmediato y ante el cual resulta vital hacer frente una creciente ola de involución derechista, como está dejando patente el caso de Vox, que se ha ido rearmando ideológicamente en diversas fuentes doctrinales tales como un autoritarismo de raíces (mal disimuladas) franquistas y también, no lo olvidemos, a través de un revisionismo histórico carente de metodología y objetividad, con el cual pretende inculcar su peculiar, parcial e interesada visión del mundo.

No es ajena a esta ofensiva neoconservadora la aparición de una tendenciosa reinterpretación de la historia reciente, una descarada tergiversación de la realidad histórica con una carga ideológica profundamente conservadora, por no decir reaccionaria, puesta al servicio, como siempre, de los intereses materiales e ideológicos de los poderosos. Los ejemplos son abundantes: desde el revisionismo histórico enarbolado en su día por historiadores como Luis Suarez, Ricardo de la Cierva o César Vidal, hasta el más recientemente caso de Stanley G. Payne con su última obra titulada La revolución española 1936-1939. Estudio sobre la singularidad de la guerra civil (2019), donde hace una muy cuestionable interpretación de los hechos ocurridos en aquellos años trágicos de nuestra historia reciente, comenzando por negar la condición de golpe de Estado a la rebelión facciosa del 18 de julio de 1936. Y qué decir de otros aprendices de historiador como el polémico Pío Moa o el de Fernando Paz, defensor del negacionismo ante la tragedia del Holocausto, algo que en otros países como Alemania sería un delito, ejemplo último de ese tropel de escritores y polemistas que, como diría el prestigioso politólogo e historiador Alberto Reig Tapia, se dedican a hacer lo que él denomina una “historietografía” de indudable aroma reaccionario.

En este sentido, la ofensiva de los activistas del revisionismo histórico transciende del ámbito histórico para ir calando en el campo de la clase política conservadora española como es el caso de Pablo Casado cuando desdeña la voluntad del Gobierno de exhumar al general Franco del Valle de los Caídos, o las desafortunadas y ofensivas declaraciones de la senadora del PP Esther Muñoz al criticar el que el Gobierno dedicase fondos para “desenterrar unos huesos”, en alusión a las víctimas del franquismo que yacen, todavía, en las fosas de la infamia, lo cual retrata el interés que suscita en gran parte de la derecha española la cuestión de la memoria democrática. Ante actitudes como las de Casado o Muñoz, me viene a la memoria aquella afirmación de Manuel Azaña que decía que en España arraigaban con mayor fuerza las estupideces que las acacias.

La carga ideológica que conferimos a las palabras puede, pues, articular el diálogo y la convivencia entre modelos políticos y sociales distintos, pero, cuando se llenan de tendenciosidad y engaño, se convierten en barreras infranqueables, en simas profundas que alejan a las personas, los territorios y los modelos de convivencia social. Por ello es tan importante mantener una actitud abierta, honesta, dialogante y objetiva a la hora de analizar nuestra historia y la necesidad de extraer lecciones positivas que nos sirvan, a todos, para cimentar una sociedad basada en el diálogo cívico, el respeto a la diversidad y no en odios atávicos o en mentiras y falsedades interesadas, especialmente en temas tan sensibles como es el caso de la memoria democrática, una cuestión que, a fecha de hoy, todavía no ha aceptado plenamente la derecha política española y que, por ello, sigue estando bastante descentrada, más aún tras la irrupción y la competencia electoral de Vox, opción política cargada de mensajes reaccionarios y revisionistas desempolvados de un pasado que creíamos superado.

Por todo ello, el debate profundo de ideas que debe caracterizar a toda sociedad democráticamente madura, no puede quedar desvirtuado por la utilización perversa del lenguaje y de la historia colectiva máxime cuando ello es alentado desde una pasional y demagógica visceralidad y, en consecuencia, hacerle frente supone todo un reto para historiadores, políticos y, desde luego, para el conjunto de todos nosotros, los ciudadanos de esta nuestra España plural.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 26 marzo 2019)

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