Una nueva (y más democrática) política mundial

Enviado por jrvillanuevah el Lun, 09/05/2022 - 20:49
DM

El futuro debe basarse en un liderazgo ético compartido entre todas las culturas de la humanidad

Vivimos en un mundo convulso en el que los problemas han adquirido dimensiones internacionales: economía globalizada, movimientos migratorios, cambio climático o amenazas terroristas. A todo ello hay que añadir el riesgo de lo que Benjamín Barber ha llamado «el choque de civilizaciones», autor que distingue dos modelos arquetípicos y contrapuestos que, de forma significativa denomina «cultura Mc World» y «cultura Jihad». Así, mientras la «cultura Mc World» representa el materialismo capitalista y consumista que aspira a mercados globales y a la estandarización de gustos y estilos de vida, la «cultura Jihad» agrupa a los movimientos religiosos, nacionalistas y culturales, que, como señala Antoni Comín i Oliveres, «reaccionando defensivamente ante el huracán occidentalizador, se recluyen en el integrismo». De todo ello el fundamentalismo islámico sería un ejemplo, pero no el único, puesto que Barber incluye bajo esta denominación a los grupos contrarios a la globalización capitalista y a los movimientos nacionalistas que defienden sus respectivos particularismos identitarios. Ambos modelos se combaten y retroalimentan y, como señala con acierto Barber, tan peligroso resulta para nuestros valores democráticos y los derechos de la ciudadanía el integrismo fraccionador como el globalismo capitalista ya que, «el uno mina el Estado para buscar comunidades particulares más pequeñas, mientras que el otro lo socava para promover espacios económicos más grandes».

Diálogo tenaz

Ante esta situación, no hay otro camino que el diálogo tenaz, el respeto sincero, la convivencia pacífica y el apoyo solidario entre culturas, pueblos y naciones. Y para lograrlo, varios serían los instrumentos. En primer lugar, la ONU, que debe convertirse en el eje central de esta nueva política mundial, con una autoridad moral y un liderazgo efectivo. Pero, para ello la ONU debe de acometer con urgencia una profunda reforma interior que le permita disponer de un mayor poder para así hacer frente a los grandes retos de la humanidad (económicos, políticos, sociales o medioambientales) impulsando resoluciones de obligado cumplimiento. También debe democratizar su funcionamiento interno: no resulta admisible la existencia del derecho de veto por parte de algunos países, ni que la Asamblea General no aplique el voto ponderado en relación a la población de cada Estado, evitando así que el voto de países pequeños como Andorra tenga el mismo peso que otros superpoblados, como, por ejemplo, la India.

Otro campo de actuación sería la democratización, superando intereses económicos egoístas, de organismos tales como el FMI, la OMC o el Banco Mundial, así como potenciar aquellos otros que promocionan derechos sociales y culturales (OMS, OIT, UNESCO) o socioeconómicos (FAO). No menos importante resulta potenciar el Tribunal Penal Internacional (TPI) con capacidad de actuar, incluso, contra la voluntad de sus estados miembros (recordemos que EEUU, Rusia y China no acatan sus sentencias).

La nueva política mundial

En segundo lugar, la nueva política mundial debería ser potenciada desde las distintas federaciones regionales existentes, tanto económicas como políticas, para permitir un mayor equilibrio geopolítico. Con arreglo a factores de tipo cultural y religioso, Samuel Huntington señala 9 civilizaciones diferenciadas (occidental, ruso-eslava, islámica, budista, china, hindú, latinoamericana, africana y japonesa). El mismo Huntington nos recuerda que, actualmente, en este «mundo de civilizaciones» no existe ninguna en condiciones de ejercer un liderazgo planetario, esto es, de imponerse a los demás de manera estable. Por ello, frente a pasadas hegemonías imperiales (o imperialistas), el futuro debe basarse en un liderazgo ético compartido entre todas las culturas que conforman la humanidad. De hecho, algunos políticos han planteado la creación de un nuevo G-8, cuya legitimidad radicaría en representar un liderazgo regional compartido y que, por esta razón, debería de estar integrado por EEUU, la Unión Europea, Rusia, China, India, América Latina (Mercosur), la Unión Africana y la ASEAN, la federación de países del Sudeste Asiático. A su vez, en un futuro próximo debería surgir un Parlamento Mundial como legítimo foro de diálogo entre las distintas federaciones regionales.

Frente al espectro del choque de civilizaciones, hay que construir la utopía de un futuro que aspira al desarrollo integral y universal para toda la humanidad. Por ello, el reto es trabajar desde todos los ámbitos descritos por el noble ideal de lograr la justicia económica, la libertad y la paz entre todas las personas, pueblos, naciones y culturas. La utopía es posible, pero requiere de nuestro esfuerzo individual y colectivo. El futuro de la humanidad lo merece.

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