EL LEGADO DE TONY BLAIR

Enviado por jrvillanuevah el Vie, 12/11/2021 - 11:59
política internacional

El 7 de junio de 2001, hace ya 20 años, el Nuevo Laborismo de Tony Blair obtuvo una victoria aplastante en las elecciones británicas frente al conservador William Hague. Se iniciaban así los años en los que el blairismo, un intento de “Tercera Vía” entre el capitalismo y el socialismo clásico, rigió la política de la Gran Bretaña y tuvo una clara impronta en otros partidos socialistas y socialdemócratas, como fue el caso del PSOE o del SPD alemán.

El historiador Tony Judt, muy crítico con lo que supuso el blairismo, afirma en su libro Sobre el olvidado siglo XX, que la victoria del político británico en las urnas fue posible gracias a la “triple herencia” recibida de los anteriores y nefastos mandatos de Margaret Thatcher, ya que ésta “normalizó el desmantelamiento radical del sector público en la industria y los servicios”, política de la cual Blair cantó “entusiásticas loas”. Además, Thatcher consiguió destruir (políticamente) el antiguo Partido Laborista, facilitando así la tarea de los que luchaban por reformarlo y hacerlo virar hacia el centro, tal y como hizo acto seguido Blair y, finalmente, la “aspereza e intolerancia” de Thatcher  con los críticos de su propio Partido Conservador, dejando a este “en unas condiciones que no le hacen elegible” y ello allanó la rotunda victoria electoral laborista en 2001.

Dicho esto, Judt reprochaba a Blair su falta de “autenticidad”, algo que consideraba “irritante” y que quedaba de manifiesto en su falta de oposición a las privatizaciones “porque le gustan los ricos”, algo que sería inaceptable en la ideología del laborismo clásico. Era pues evidente el contraste entre las políticas de Blair y el “Viejo Laborismo”, representante de la clase trabajadora, de los sindicatos, la propiedad estatal y las ideas socialistas.

Blair optó por apoyar su política en las ideas expuestas por Anthony Giddens en su “Tercera Vía”, la cual suponía “un compromiso cuidadosamente elaborado entre la iniciativa privada angloestadounidense y la compasión social de estilo continental”, dejando patente la obsesión de Blair por llevar a cabo un pragmatismo que fusiona el sector público y el beneficio privado. Es por ello que impulsó lo que ha dado en llamarse una “sociedad pospolítica” o “posideológica”, que es aquella que rechaza los debates doctrinales, que sólo quiere lo que funciona y en la que han desaparecido las distinciones entre izquierda/derecha o entre Estado/mercado. Por todo ello, Judt no dudó en reconocer que tenía una “baja valoración” de Blair y de su “legado”.

Blair defendía el “centrismo radical” dado que su política se basaba, en palabras de nuevo de Judt, en “el exitoso desplazamiento” de la antigua izquierda laborista “por lo que podría denominarse el centro bien-sentant, en el que una economía thatcherista retocada se combina con unos ajustes sociales apropiadamente bienintencionados, tomados de la tradición liberal”, una solución “tentadora”, pero errónea desde posiciones de una izquierda consecuente.

Así las cosas, las críticas hacia el blairismo no se hicieron esperar. Un ejemplo de las posiciones de la izquierda británica era, y es, el cineasta Ken Loach, el cual denunciaba las políticas llevadas a cabo por el Nuevo Laborismo en contraste con la tradición histórica del laborismo clásico. De este modo, en su película “El espíritu del 45” destacaba lo que supuso, tras el fin de la II Guerra Mundial, la victoria del laborista Clement Attlee sobre el conservador Winston Churchill, tras la cual “se inició una transformación del país, física y psicológicamente, que devolvió a los ciudadanos el timón de sus vidas” y ejemplo de ello fueron la creación del Servicio Nacional de Salud, la colocación de los cimientos del Estado de Bienestar, la nacionalización del transporte, el gas, los muelles, la electricidad o el agua, así como la puesta en marcha de un ambicioso Plan de Vivienda. Pero, todo ello se truncó con el triunfo electoral de Margaret Thatcher en 1979 y, a partir de entonces, su agresivo neoliberalismo hizo que el sector público pasase otra vez a manos privadas, política ésta que continuaría Blair y su “Nuevo Laborismo”. Tal vez por ello, Ken Loach, ya en 2013, clamaba que en Gran Bretaña “necesitamos desesperadamente un partido de izquierdas”.

Tras Blair, y el período de Jeremy Corbyn, que intentó retomar las posiciones clásicas del laborismo de izquierdas, su actual líder, Keir Starmer, parece querer retornar a la línea centrista que caracterizó al blairismo con el riesgo cierto de cometer los mismos errores políticos que caracterizaron a éste. De todo ello debería tomar buena nota la izquierda europea y, de forma especial Pedro Sánchez, investido con su hiperliderazgo como abanderado de la socialdemocracia, para evitar caer, como ya hizo el PSOE en el pasado, en las redes de un social-liberalismo, tal y como le ocurrió a Tony Blair y su desacreditada “Tercera Vía”, si realmente quiere ser fiel a los valores e ideales del socialismo democrático de Pablo Iglesias.

 

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 12 de noviembre de 2021)

 

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