UN ACERCAMIENTO A LA FIGURA DE BERNARDO ALADRÉN MONTERDE

La vida de Bernardo Aladrén no fue fácil. Estuvo marcada por la adversidad. En su niñez muy pronto se vio privado de su madre y con su padre encarcelado, tuvo que ser acogido en un Hospicio, con lo que esta circunstancia supone. En estos lugares no queda otra opción que luchar duro para sobrevivir, de lo contrario es factible el sucumbir. Su vida hospiciana le dejo una huella imborrable a la hora de plantear su proyecto vital. Fue encarcelado en diciembre de 1930 y dos veces en 1934. Ese sino adverso que pareció perseguirle a lo largo de toda su vida, podemos verlo en la manifestación celebrada en Zaragoza en febrero de 1936 después del triunfo del Frente Popular, en la que se vio arrollado, conmocionado con heridas en la cabeza. Una vez estallada la Guerra Civil, será uno de los primeros y más buscados socialistas zaragozanos, para ser asesinado con tiro en el cráneo. Ya muerto, tuvo la desgracia de que su parcela en el barrio de Torrero, el único patrimonio que había conseguido con todo su esfuerzo durante su vida, fuera bombardeada por la aviación republicana. Su viuda no corrió mejor suerte, ya que tuvo que ganarse la vida a duras penas realizando mandados entre las familias pudientes zaragozanas. No se merecía esto.

Con todas estas dificultades él supo ser un luchador nato. Con su escaso bagaje cultural, a través de su encomiable esfuerzo y generosidad, supo labrarse un protagonismo destacado en las encarnizadas batallas sindicales y políticas de los años 20 y 30 del siglo pasado, sin acomodarse como hacen otros muchos, tratando de conseguir un mundo mejor para todos los desfavorecidos. Por ello se vio privado de uno de los bienes más queridos para él: la libertad. En el primer caso por su defensa del régimen republicano y en le segundo por su defensa a ultranza de la clase obrera.

Fue un hombre discreto. No quiso nunca primeros planos. En sus escasas fotografías se nos muestra tímido, como no queriendo salir. Mas fue siempre el hombre de sindicato y partido, trabajador incondicional.

Fue un hombre que luchó a muerte por sus ideales de justicia, libertad y solidaridad. Por ellos sacrificó todo. Ellos le llevarían a la muerte cruel e inmisericorde un triste día del mes de agosto de 1936. Al conocer su desesperada viuda el trágico desenlace, como nos cuenta su amigo Arsenio Jimeno, anduvo vagando sin rumbo por las calles de Zaragoza musitando con infinito pesar, la cósmica tristeza de los niños desesperados: «¡Mi Bernardo¡ ¡Mi Bernardo! ¡Mi Bernardo!».


 

Cándido Marquesán Millán