José Ramón Villanueva Herrero
(publicado en: El Periódico de Aragón, 21 junio 2026)
En estos tiempos en que estamos asistiendo a cómo los grupos de ultraderecha lanzan incendiarios mensajes contra la inmigración, contra todas esas personas que, huyendo de guerras y miserias, llegan a Europa buscando un futuro mejor, hay que oponerse frontalmente a esas soflamas de odio xenófobo desde posiciones no sólo democráticas sino, también, desde un elemental sentimiento humanitario.
Para hacer frente a este embate reaccionario, bueno es recordar la historia reciente de Europa que, tal y como señalaba Denis Peschanski, hemos de tener en nuestra memoria que el S. XX fue en nuestro continente “un siglo de las guerras y los desplazamientos forzados de poblaciones”. Ello pone de total actualidad el tema del “diálogo sobre los refugiados”, el cual es mucho más que un discurso sobre los derechos humanos ya que, como nos recordaba el citado autor, “interpela al pasado para comprender la complejidad del presente”.
Repasando nuestra historia europea, debemos recordar que, durante la I Guerra Mundial (1914-1918), en el frente occidental el avance alemán de agosto de 1914 provocó el éxodo a Francia de la quinta parte de la población de Bélgica. De igual modo, en el frente oriental 8 millones de civiles huyeron de las zonas de combate. A ello hay que sumar el éxodo y genocidio de los armenios perpetrado por Turquía en 1915, así como los desplazamientos forzados de la población civil tras la derrota de Alemania y el Imperio Otomano en 1918 y el posterior trazado de nuevas fronteras.
No menos dramática fue la II Guerra Mundial (1939-1945), ya que supuso la segunda ola desplazamientos masivos que se inició cuando 450.000 republicanos españoles y brigadistas internacionales buscaron refugio en Francia como consecuencia de la derrota de la España leal ante las armas de las tropas franquistas apoyadas por la Alemania nazi y la Italia fascista. A esta tragedia siguieron otras como el éxodo, las deportaciones y el genocidio sufrido por el pueblo judío u otras menos conocidas como el que cerca de 100 millones de personas se vieron forzadas a desplazarse en China ante la ocupación japonesa o que, al finalizar la II Guerra Mundial, se produjeron múltiples repatriaciones y expulsiones en diversos países, tanto si se trataba de los vencidos como de vencedores de dicha contienda.
Tampoco debemos olvidar los desplazamientos forzados ocurridos en la URSS estalinista desde los años 30 o los ocurridos en la China maoísta a principios de los años 60. A ello hay que añadir que, tras el hundimiento de las grandes potencias coloniales, se produjo el desplazamiento de otros 5 millones de personas que, en el caso de Francia, tras la independencia de Argelia, supuso la repatriación de 840.000 personas a la antigua metrópoli.
Más reciente tenemos en la mente conflictos más recientes como la guerra en la antigua Yugoslavia (1991-2001) o la de Ruanda (1994), conflictos éstos en los cuales se produjeron actos de genocidio y matanzas masivas las cuales generaron, de nuevo, flujos masivos de poblaciones.
Dicho esto, tengamos presente que en un reciente Informe del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), se nos advertía de la existencia de 60 millones de personas desplazadas en el mundo, cifra que bate tristemente, y con creces, a las causadas desde el final de la II Guerra Mundial.
Una vez apuntados estos datos y hechos históricos, tristes, dramáticos y lacerantes, y, enlazando con la situación actual, Peschanski no duda en señalar que, “si comparamos las políticas de acogida de los Estados democráticos en los años 30-40 a las de hoy, nos llama la atención las correspondencias”. Y es que, en ambos casos, en el pasado y en la actualidad, las derechas reaccionarias vaticinaron “graves riesgos para las sociedades de acogida, un debilitamiento económico y social de estas sociedades, lo que se traduce en un cierre de fronteras y de corazones”. Por ello, el problema es que no se trata solamente de la actitud de determinados gobernantes, sino que cuenta con el preocupante apoyo de determinados sectores de la población. Y ese es el peligro: que avancen las políticas y actitudes de repliegue identitario y que ello debilite las referencias éticas de nuestra sociedad democrática.
Frente estas supuestas “amenazas” con las que atemorizan las políticas reaccionarias y xenófobas, bajo la perversa consigna de la llamada “prioridad nacional”, a la cual se ha opuesto con rotundidad León XIV en su reciente viaje a España. Por otra parte, hay que valorar los aspectos positivos que ofrece la inmigración pues, como declaró recientemente Luis de Guindos, nada sospechoso de izquierdista pues fue ministro de Economía en los gobiernos de José María Aznar y de Mariano Rajoy y que actualmente es el vicepresidente del Banco Central Europeo, “En España el proceso inmigratorio, que es imprescindible, está tirando de la actividad económica”, una afirmación cierta pero que, contra toda evidencia, sigue siendo negada por las posiciones xenófobas de la extrema derecha.
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