José Ramón Villanueva Herrero
(publicado en: Nueva Tribuna, 3 de enero 2026)
Oswald Spengler, con su visión cíclica y reaccionaria de la historia, en su libro La decadencia de Occidente (1918-1923) dejó escrita una escalofriante premonición que anunciaba la llegada del fascismo:
“El siglo pasado [XIX] ha sido el invierno de Occidente, la victoria del materialismo y el escepticismo, del socialismo, del parlamentarismo y del dinero.
Pero en este siglo [XX], la sangre y los instintos recuperarán sus derechos […]. La era del individualismo, del liberalismo y la democracia, del humanitarismo y la libertad, están llegando a su fin. Las masas aceptarán con resignación la victoria de los césares, de los hombres fuertes y les obedecerán”.
En el momento en que Spengler escribía tan amenazante futuro, Europa acababa de salir de la devastación que supuso la I Guerra Mundial (1914-1918) y era cuando empezaba a germinar la semilla del fascismo en Italia y Alemania. Es por ello que el historiador Ángel Alcalde Fernández considera que, en aquel contexto de “frustraciones y desconfianza hacia los valores de la propia civilización occidental”, es lo que explica el surgimiento de los movimientos totalitarios:
“el caldo de cultivo sobre el que creció el fascismo, que debemos insertar en el clima cultural de disolución de las certezas, de crisis del liberalismo y de la inseguridad que sentían, sobre todo, las clases medias; su ascenso sólo fue posible en esa crisis de la conciencia europea”.
Lo que sucedió después es de sobra conocido: Mussolini se hizo con el poder en Italia en 1922, Hitler llegó a la Cancillería del Reich en 1933, sin olvidar tampoco que Franco se convirtió en “Caudillo” de España en 1936, iniciándose así una sangrienta guerra civil y una dictadura de cuatro décadas.
Tras la II Guerra Mundial (1939-1945), derrotadas las potencias fascistas, la democracia volvió a recuperar su espacio en Occidente, rompiendo así el fatal maleficio de Spengler. No obstante, hubo una excepción: la España franquista que, pese a su afinidad con la Alemania nazi y la Italia fascista, y aunque no participó oficialmente en la contienda, su supervivencia política se vio beneficiada por la geoestrategia de la Guerra Fría y el anticomunismo liderado por los Estados Unidos: eran los años en los que el dictador Franco era considerado como “el vigía de Occidente” por su anticomunismo.
En las democracias europeas, también en España tras la recuperación gradual de las libertades tras la muerte de Franco en 1975, estamos asistiendo en la actualidad a un preocupante resurgir de actitudes autoritarias y partidos que, en mayor o menor grado, son herederos de los viejos fascismos que asolaron Europa en el pasado: es lo que Josep Ramoneda definió con acierto como “formas de avance del autoritarismo post-democrático”. Y es que, a partir de los años 90, estos partidos ultras se han ido consolidando en el escenario político europeo con el riesgo que ello supone para nuestros valores y nuestras democracias.
Como señalaba Carmen González Enríquez, estos partidos ultras y neofascistas han logrado introducir en la agenda política temas como la inmigración, la integración de la población musulmana o la delincuencia que, los partidos tradicionales “preferían relegar a espacios menos visibles”. Son, por ello, “partidos monotemáticos y de denuncia que canalizan la protesta ante el sistema político”.
Por otra parte, como ya advertía en 2019 el historiador Mark Bray, en estos tiempos “los fascistas no desfilan brazo en alto con atuendo militar, sino que visten como cualquiera y forman parte de las instituciones, pero comparten valores con los que arrasaron Europa en los años 20 y 30”. Bray, autor del libro Antifa (2017) que él define como “manual antifascista de nuestro tiempo”, nos recuerda la capacidad del neofascismo para transformarse y “normalizarse en la sociedad” y, por ello, “el mayor peligro” es que, gradualmente, están logrando introducir sus postulados en el debate político.
Otro motivo de preocupación en este rebrotar de los grupos y actitudes ultras es, como señalaba la psicóloga social Gemma Altell, el comprobar, con sorpresa, cómo compiten algunos partidos de la derecha democrática tradicional (léase el PP en el caso de España), “por ocupar un espacio electoral cada vez más retrógrado”. Y, por ello, sorprende y preocupa cómo estos partidos que propugnan recortes de libertades y de derechos individuales están logrando con ello crecientes réditos electorales.
Por otra parte, estos grupos ultras, como señalaba el ya citado Mark Bray, se benefician de un pretendido “victimismo” ya que, “el fascismo lleva sintiéndose víctima toda la vida” pues se consideran víctimas de la Unión Europea, víctimas de las políticas de las políticas de género o víctimas de la llegada de inmigrantes. En esta misma línea, el historiador Tony Judt, en su libro Sobre el olvidado siglo XX (2008), considera que el programa de los nuevos fascismos “constituye un prolongado grito de resentimiento por los inmigrantes, por el desempleo, por el crimen y la inseguridad, por Europa y en general por todos los que han provocado la situación”.
Los mensajes ultras de rechazo a la inmigración, defensa a ultranza de la identidad nacional, supremacía del hombre blanco heterosexual y lucha frontal contra lo que consideran ataques a los valores tradicionales, están condicionando cada vez más las posiciones de las derechas democráticas conservadoras. Y es que, citando de nuevo a Mark Bray, “Hoy convivimos con un fascismo de amplio espectro”, pero “todos ellos comparten ideas afines con la raza, la sexualidad, el autoritarismo y el culto a los símbolos nacionales”. Por ello, como ya advertía Madeleine Albright en su libro Fascismo: Una advertencia (2018), esta amenaza neofascista “hay que tomársela en serio antes de que sea demasiado tarde”.
Hay que tener presente que el actual auge de los movimientos neofascistas ha sido propiciado, en gran medida, por las consecuencias de un neoliberalismo sin alma, como ya señalaba Juan Manuel Aragüés en su artículo titulado “De polvos y lodos” publicado en El Periódico de Aragón el 7 de septiembre de 2018, en el que señalaba que, las políticas neoliberales, “al desproteger por completo a la población y precarizar la vida de las personas, fomentan un miedo e inseguridad que llevan a cierta gente a abrazar posiciones de extrema derecha”. Y, para frenar esta amenaza neofascista que cada vez es más evidente, la unidad de las fuerzas progresistas no sólo es necesaria, sino también imprescindible, pues, como nos recordaba de forma contundente Juan Manuel Aragüés, “Quizá la izquierda, toda ella antifascista, sin duda debiera caminar conjuntamente hacia un horizonte antiliberal, para hacer frente, a la vez, a un neoliberalismo depredador y a su hijo más nefasto, el fascismo”.
Todas estas advertencias y reflexiones nos poner alerta ante estos neofascismos emergentes, pues nos va en ello el futuro de nuestras democracias.
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