Perversas equidistantes

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 22 de marzo 2026)

Mauricio Macri, quien fuera presidente de Argentina entre 2015-2019, acuñó la teoría de “los dos demonios”, la cual tenía como objetivo la igualación de culpas y responsabilidades entre víctimas y victimarios de la cruel dictadura militar argentina de 1976-1983. De este modo, Macri planteaba que “es cierto que hubo hechos muy graves de los represores”, para añadir, acto seguido, que “también habría que revisar los hechos cometidos por los grupos de izquierda”, una equiparación tan forzada y arbitraria como tendenciosa, ya que con ella Macri pretendía equiparar ambas violencias y, con ello, justificar el golpe militar, visto como algo “necesario” ante la violencia izquierdista. De hecho, la “teoría de los dos demonios” se ha convertido en una estrategia de la derecha para captar adeptos entre los sectores de la juventud, para dirigir su orientación política (y su voto) hacia posiciones nítidamente derechistas cuando no abiertamente de ultraderecha.

Enlazando con este panorama, en España, desde la irrupción política de Vox, ocurre algo similar dado que dicho partido transmite una imagen condescendiente y blanqueadora de lo que supuso la dictadura franquista que, sin embargo, está calando peligrosamente en un amplio sector de la juventud, que, pese a no haber vivido ni sufrido bajo la dictadura franquista, tienen una imagen benévola de la misma, simpatizan con ella a la vez que cuestionan determinados valores democráticos. Una situación lamentable que puede poner en riesgo los cimientos de una democracia que estos jóvenes se encontraron gratuitamente, sin valorar el esfuerzo, sacrificios y dolor que costó lograrla.

Volviendo al caso de España, el historiador Josep Fontana nos recuerda que plantear la historia de los momentos previos al estallido de la guerra tras el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 “como la de un enfrentamiento de violencias de uno y otro bando, que habrían conducido inevitablemente a la guerra civil, es una falacia inadmisible”. Y más aún, Fontana deja claro que, frente a quienes pretenden extender la idea de que hubo dos bandos, igualmente culpables de la tragedia, con una responsabilidad idéntica en aquel enfrentamiento fratricida: “lo que hubo desde el primer momento, fue el choque entre un gobierno legítimamente elegido que se esforzaba en llevar adelante una política, harto moderada de transformación de la sociedad española y unas fuerzas decididas a liquidar violentamente este intento, y acabar de paso con la democracia”.

Por todo lo dicho, no hay equidistancia posible ni admisible. Y, en esta misma línea, Daniel Feierstein nos recuerda, incidiendo en el caso español, su rechazo total a esa tendenciosa equidistancia, y advierte del “riesgo que implica equiparar las acciones de quienes llevan un plan sistemático de destrucción de quienes se resisten a ese plan sistemático de destrucción”, dado que “esta equivalencia es muy dañina para la sociedad porque pone en un plano de igualdad lo que de ninguna manera puede ser igual”.

El historiador Hubert R. Southworth, en su libro El mito de la Cruzada de Franco, nos recordaba que “durante cuarenta años, los españoles fueron obligados a tragarse una falsa historia de su país, y los efectos secundarios de una dieta tan asquerosa difícilmente pueden desaparecer en unos meses”. De igual modo, el historiador Francisco Espinosa, en su libro Morir, matar, sobrevivir, incide en las ideas anteriores cuando denuncia las pretensiones de quienes divulgan “esta idea de la guerra civil como desastre inevitable” que “conlleva a la culpabilización colectiva”. Por ello, la perversa idea de la equidistancia, tampoco tiene justificación ética puesto que bajo ella subyace un intento de “equiparación”, de reparto de culpas que, en definitiva, exime desde posiciones de la derecha más reaccionarias, a las dictaduras y a sus crímenes.

 Aquellos años, de triste recuerdo, aquellos tiempos de criminalidad sistemática, es algo que deberían conocer las jóvenes generaciones para que no sean contaminadas por visiones nostálgicas y tendenciosas de nuestro pasado traumático. Y es que, según una encuesta del CIS de enero de 2025, el 38% de los jóvenes españoles menores de 24 años, no tendrían inconveniente en vivir en un régimen “poco democrático” a cambio de una supuesta “mejor calidad de vida”.  En consecuencia, el sistema educativo debe de ofrecer una visión objetiva y crítica de nuestra historia reciente, basada en el respeto a los valores democráticos y a los derechos humanos, llevar a cabo programas de formación para el profesorado, actualizar contenidos temáticos en Secundaria, Formación Profesional y Bachillerato y ello, en materia de memoria democrática, resulta tan urgente como necesario.

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