La guerra de España (1936-1939): Un conflicto internacional

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: Nueva Tribuna, 21 julio 2026)

Los historiadores Ángel Viñas y David Jorge, en su trabajo Introducción al estudio de la internacionalización de la Guerra Civil Española, publicado en la obra Guerra Civil y franquismo. Una perspectiva internacional editado por la Universidad de Zaragoza en 2016, nos ofrecen una visión actualizada de un conflicto que, siendo fratricida, traspasó en efectos y consecuencias, nuestras fronteras.

Ciertamente, como señalan dichos autores, la Guerra de España de 1936-1939 “estuvo lejos de ser una mera contienda entre españoles” ya que, los recientes avances historiográficos han puesto de relieve “el papel absolutamente clave de los vectores internacionales” en diversos aspectos del mismo.

En primer lugar, analizan aspectos novedosos en relación con la preparación del golpe de Estado del 18 de julio de 1936 destacando la ayuda de la Italia fascista a los monárquicos de Renovación Española (RE) desde, probablemente, los comienzos de la conspiración militar en marzo de 1936, tal y como lo evidencia la firma de contratos por parte de los monárquicos españoles con el régimen de Mussolini para la adquisición de material de guerra moderno y que llevan fecha del 1 de julio de 1936, esto es, 12 días antes del asesinato de José Calvo Sotelo, hecho que el franquismo siempre presentó como detonante de la sublevación golpista. De hecho, la implicación de la Italia fascista contra la República, fue constante desde el mismo momento de su proclamación en 1931, como ha podido demostrarse tras la desclasificación de los documentos del Ministero degli Affari Esteri italiano y que culminó con una intervención militar masiva durante la guerra, la cual llegó a alcanzar los 80.000 combatientes encuadrados en el Corpo di Truppe Volontaire (CTV) de la Italia fascista.

En consecuencia, esta apelación a la ayuda exterior por parte de los conspiradores, los mismos que a su vez denunciaban las supuestas (e irreales) maquinaciones soviéticas durante la primavera de 1936 para promover en España una revolución comunista, demuestran, como señalaban los citados autores, que “lo que estaba detrás era, pura y simplemente, un golpe de Estado internacional”, lo cual consideran un “descubrimiento historiográfico” ya que ello supone ampliar la perspectiva de la intervención italiana en España que sería anterior, como tradicionalmente se indicaba, al 28 de julio, “fecha del sí oficial de Mussolini al general Franco”, al igual que destacaría más, si cabe, el papel “clave” de la intervención alemana: cobertura aérea para transportar al sur de la península a las tropas sublevadas en Marruecos y a la decisión de Hitler de enviar a la Legión Cóndor en apoyo de los sublevados, responsable de la destrucción de la villa vasca de Guernica.

Otro aspecto objeto de nuevas investigaciones es el de la guerra y de su desarrollo, de la cada vez mejor conocida participación de la Alemania nazi y de la Italia fascista a favor de los sublevados contra la legalidad constitucional republicana. A estos apoyos a favor de los sublevados hay que sumar el que les ofreció el régimen dictatorial de Portugal, sobre todo en el ámbito logístico y diplomático. Además, la sublevación liderada por el general Franco contó con el apoyo propagandístico de la gran mayoría de los países latinoamericanos, excepción hecha de México y Colombia.

Tampoco debemos olvidar, como acertadamente señalan dichos autores, el “dogal” que supuso para la República acosada por los fascismos el Comité de No Intervención el cual “sustituyó sin atisbo alguno de legitimidad a la Sociedad de Naciones como teórico organismo garante del Derecho Internacional”.

 Frente a todo esto, la República contó con el apoyo ofrecido por la ayuda soviética, la cual evitó la previsible derrota de ésta en un primer momento y que se produjo tan sólo dos meses después de la que los rebeldes recibieron de las potencias nazi-fascistas, ayuda que brindó Moscú “sólo tras la constatación del total abandono de las democracias occidentales” hacia el gobierno legítimo republicano. Tampoco hay que olvidar otros apoyos internacionales como el que le brindaron a la República, a título personal, los 35.000 voluntarios de las Brigadas Internacionales procedentes de medio centenar de países diferentes, así como la que califican dichos historiadores de “tan valiente como limitada” ofrecida por México, sin olvidar la labor diplomática neozelandesa, un tema prácticamente desconocido hasta ahora. Todas estas ayudas evitaron la “absoluta soledad” de la democracia republicana española, abandonada por unos regímenes homólogos europeos, que, bajo la farsa de la No Intervención, incumplieron el Pacto de la Sociedad de Naciones, “cuya letra no dejaba margen a interpretaciones: ante una agresión internacional contra un Estado miembro del organismo, todos los demás debían acudir en su ayuda”.

Frente a la deliberada intención de considerar y reducir a la Guerra de España como una simple “guerra civil”, la realidad de los hechos nos demuestra que se trató de un conflicto internacional, aunque, indudablemente, tuviera raíces endógenas. Por ello, la dimensión global de la contienda española se conoce cada vez mejor gracias a los fondos archivísticos internacionales y su progresiva desclasificación. De este modo, los archivos británicos, especialmente los del Servicio de Inteligencia, el MI6, ofrecen datos sobre la connivencia de las autoridades de Londres con el golpe de Estado, así como del papel de éstas en la rápida puesta en marcha del Comité de No Intervención, que fue letal para la República. También resulta de interés la información ofrecida por los archivos de la NKVD soviética, los servicios secretos de la extinta URSS y, pese a ello, en algunos archivos extranjeros “todavía prevalecen importantes capas de misterio”, pues tampoco se ha podido estudiar en profundidad el papel de diversos países latinoamericanos en relación con la Guerra de España.

Esta situación contrasta, como denuncian Ángel Viñas y David Jorge, con “las injustificables restricciones al trabajo en los archivos nacionales” tal y como ocurre con el cierre del archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación o con la negativa a la desclasificación documental de los fondos del Ministerio de Defensa, o con otros archivos de difícil consulta como los relacionados con la Inteligencia Militar y del Alto Estado Mayor depositados en Ávila y no digamos lo referente al archivo personal del general Franco.

Pese a todos estos avances, no exentos de dificultades, resulta destacable la utilidad de estos nuevos estudios y enfoques en relación a la Guerra de España por dos razones: en primer lugar, porque narran con rigor unos hechos históricos sistemática e interesadamente deformados a lo largo de los años por el franquismo y sus nostálgicos seguidores así como por el vergonzoso papel de las democracias europeas que abandonaron a la República y, en segundo lugar, porque ayudan a la normalización de una España que todavía no ha asumido colectivamente las sombras de su pasado reciente.

Pero, para lograr ambos objetivos, resulta necesario que la memoria democrática entre en las aulas, que los manuales de historia de la ESO y del Bachillerato aborden el tema de la Guerra de España “con el detenimiento, la profundidad y el rigor requeridos por el mayor trauma colectivo” de todos los tiempos de la historia de España, tarea en la cual deben de jugar un papel divulgador y honesto tantos los medios de comunicación con las nuevas tecnologías, en la medida en que éstas pueden jugar un papel de “herramienta fundamental para la democratización y transmisión del conocimiento”, como hacían bien en recordarnos Ángel Viñas y David Jorge.

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