José Ramón Villanueva Herrero
(publicado en: El Periódico de Aragón, 24 agosto 2026)
El libro del economista Thomas Piketty titulado ¡Viva el socialismo! Crónicas 2016-2020, nos ofrece una recopilación de sus artículos publicados en el diario Le Monde y en los cuales, nos propone lo que él considera “elementos para un socialismo participativo” como alternativa al sistema de economía ultra liberal actualmente imperante. De hecho, Piketty piensa, con razón, que “el hipercapitalismo ha ido demasiado lejos” y está convencido, él que en la década de 1990 se consideraba “liberal”, de que “hay que pensar en la superación del capitalismo, en una forma de socialismo, participativo y descentrado, federal y democrático, ecológico, mestizo y feminista”. Es por ello que considera que el socialismo “sigue siendo el término más apropiado para designar la idea de un sistema económico alternativo al capitalismo”.
Así las cosas, piensa que hay que ir construyendo la alternativa, el socialismo participativo, porque no basta con “estar en contra” del sistema vigente, sino que hay que estar “a favor” de propuestas alternativas porque, “se ha convertido en un lugar común decir que el sistema capitalista actual no tiene futuro, ya que profundiza en las desigualdades y agota el planeta. Esto no es falso, pero a falta de una alternativa concreta, el actual sistema tiene todavía muchos días por delante”.
La propuesta de Piketty parte de una idea central, la de que en las sociedades democráticas actuales no basta con la igualdad de oportunidades de cara al acceso a la educación, incluida la Superior y las prestaciones que ofrece el Estado Social para lograr la igualdad real, sino que tienen que ser repensadas “la totalidad de las relaciones de poder”. Es por ello que propone dos cuestiones tan concretas como importantes: en primer lugar, un mejor reparto del poder en las empresas por la vía de la implantación de sistemas de cogestión que permitan la representación de los trabajadores en los Consejos de Administración de las grandes empresas, siguiendo los modelos de signo socialdemócrata existentes en Suecia o Alemania y, en segundo lugar, una profunda modificación del sistema tributario y de herencias para “promover una mayor distribución de la propiedad” gracias a la aplicación de una sólida política de fiscalidad progresiva y de la implantación de una “herencia mínima para todos”, lo que ha dado en llamarse “herencia universal”, pues considera que estos conceptos son los cimientos sólidos para construir “una sociedad justa”.
De este modo, los pilares del socialismo participativo propuesto por Piketty, además de la igualdad educativa, del fortalecimiento del Estado Social y de la distribución permanente del poder y la propiedad antes indicados, se articularía en torno al concepto de “federalismo social”, entendiendo por tal la defensa de un nuevo internacionalismo, compatible con las situaciones concretas de cada país, basado en un sistema económico alternativo y un modelo de desarrollo sostenible tendente a lograr la justicia económica, fiscal y ambiental. Este federalismo social supone un modelo de desarrollo cooperativo, basado en valores universales como la justicia social, la reducción de las desigualdades y la preservación ambiental del planeta. Para lograr estos objetivos, las asambleas transnacionales deben de contar con poderes reales, con políticas fiscales y de justicia climática comunes y con la capacidad de sancionar a aquellos países que alienten el dumping fiscal y climático.
Este modelo alternativo de socialismo participativo debe de tener un fuerte componente feminista y por ello, resulta inaplazable el avanzar en actuaciones tendentes a la paridad de géneros tanto en empresas, como administraciones públicas, universidades o parlamentos.
Además, el nuevo socialismo participativo, consciente de la realidad multiétnica de nuestras sociedades en el actual mundo globalizado, tiene que ser “mestizo” y, por ello, evitar cualquier tipo de discriminación étnica o racial y, de este modo, salvaguardar los valores propios de una democracia plena de los embates a los que están siendo sometidos por las políticas de las extremas derechas, xenófobas, racistas e intolerantes.
Dicho esto, y a modo de conclusión, Piketty nos advierte que el socialismo participativo no vendrá de arriba, de que “una nueva vanguardia proletaria venga a imponer sus soluciones”, sino que el verdadero cambio sólo puede venir de “la reapropiación por parte de los ciudadanos de las cuestiones e indicaciones socioeconómicas que nos permitan organizar la deliberación colectiva”.
Piketty nos plantea una pregunta-clave: “¿Es posible volver a dar un significado positivo al internacionalismo?” y él mismo nos responde de forma rotunda: “Sí, pero sólo si damos la espalda a la ideología del libre comercio absoluto, que hasta ahora ha guiado la globalización y si adoptamos un nuevo modelo de desarrollo basado en principios explícitos de justicia económica y climática”. En consecuencia, afirma de forma rotunda que “la experiencia histórica demuestra que el nacionalismo sólo puede conducir a exacerbar las tensiones desigualitarias y climáticas y que el libre comercio absoluto no tiene futuro. Razón de más para empezar a pensar ya en las condiciones de un nuevo internacionalismo”. Todo un reto que merece la pena asumir.
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