Inmigrantes

José Ramón Villanueva Herrero

(publicado en: El Periódico de Aragón, 10 octubre 2026)

La cuestión de la inmigración y sus consecuencias resulta un tema de candente actualidad en las sociedades occidentales y, por supuesto, también en España. Su resolución, de forma correcta e integradora, pone a prueba los cimientos de nuestra convivencia democrática a la vez que debe de ser un freno ante las demagógicas soflamas de la extrema derecha, tema éste cada vez más preocupante.

Frente ante las actitudes ultras, que tanto desprecian al inmigrante, bueno sería que leyeran algunos textos de los humanistas españoles del s. XVI que, desde un profundo sentido cristiano, trataron con respeto y sentido evangélico, la cuestión de cómo tratar a la población indígena en las tierras americanas descubiertas y colonizadas por España. Recordemos algunos datos.

Durante la conquista de México (1519-1529), se planteó una intensa polémica sobre la “humanidad” o “inhumanidad” de los pueblos indígenas del antiguo imperio azteca y, con ello, se pretendía dar respuesta a tres cuestiones: si los indios eran capaces de asumir la nueva cultura de los conquistadores españoles; si los indios eran capaces de recibir la religión cristiana y, en tercer lugar, una cuestión esencial cual era determinar si todos los hombres son iguales por naturaleza. En este último punto, mientras Ginés de Sepúlveda en su obra De las causas justas de la guerra contra los indios defendía la superioridad de la cultura hispánica, “según el cual lo superior debe gobernar a lo inferior” y garantizar “el derecho de guerra contra los indios y la superioridad española ante ellos”, se alzó, en contraposición a esta visión, la figura y el pensamiento de Fr. Bartolomé de las Casas (1474-1566), quien fuera llamado “el apóstol de los indios”.

Fr. Bartolomé de las Casas, nombrado en 1515 “Protector Universal de todos los indios” por Carlos I, tenía una visión mucho más moderna e igualitaria a la hora de entender la cuestión indígena y cuyo pensamiento quedó plasmado en su obra Historia de las Indias. En ella, afirma con total rotundidad, la igualdad de todos los hombres, bien fueran indígenas o españoles, pues, como él decía, “todos poseen una misma raza, una misma voluntad y un mismo derecho a la libertad”. En consecuencia, si se aceptaba que los indios eran iguales a los españoles, ello tenía dos importantes consecuencias:

1.- La conversión de los pueblos indígenas al cristianismo no podía hacerse por la fuerza, pues ello, según el fraile dominico, era un sacrilegio.

2.- la guerra contra los indios, y por lo tanto la conquista, no tenía justificación legal. Y más aún, Las Casas pensaba que los conquistadores españoles habían incumplido las tres causas que justificarían una guerra justa: “los españoles habían atacado a los indios; los españoles mismos, al proceder con violencia y sin caridad, hacían impensable y aún sacrílega la conversión; eran los españoles los que habían venido a quitar la tierra a los indios, y no al revés como en el caso de los sarracenos”.

         De este modo, como señala Ramón Xirau en su libro Idea y querella de la Nueva España. Las Casas, Sahagún, Zumárraga y otros (Madrid, 1973), Bartolomé de las Casas “había contribuido a dar los fundamentos necesarios para la creación de un derecho natural a las naciones”. De hecho, como vuelve a decirnos Xirau, “antes de que lo declararan las constituciones modernas, los misioneros españoles y los teólogos de España – de Vives a Suárez – afirmaban la igualdad de todos los hombres, y lo que es más importante, la libertad natural de los hombres todos”.

La lucha de Bartolomé de Las Casas durante casi 50 años contra la esclavitud, su defensa de la dignidad humana de los indios americanos, hizo posible que en 1542 se promulgasen las llamadas Nueve Leyes de Indias, en gran parte inspiradas en el pensamiento de quien fue llamado “Apóstol de los indios” tras la amplia difusión que tuvo su célebre obra Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552).

Bartolomé de Las Casas, al igual que los humanistas de su tiempo, como era el caso de Erasmo, Tomás Moro, Vives y Francisco de Vitoria, pretendió llegar a la forma más pura y evangélica del cristianismo y, para ello, la defensa de la dignidad e igualdad de todos los hombres era esencial. A ello dedicó toda su vida. Estas afirmaciones deberían de hacer reflexionar a los racistas y xenófobos que desprecian, cuando no criminalizan, a la población inmigrante que llega a nuestras tierras buscando un futuro mejor, igual que hicieron generaciones de españoles en otros tiempos huyendo de la miseria o de las guerras.

Loading